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Maruzza Musumeci, Andrea Camilleri

Alessandro Vitali

 

 

 

una breve historia, de sabor fiabesco, que hechiza.

 

Como, entre los otros, en El rey de Girgenti, en este nuevo cuento Camilleri se hunde en el pasado de su tierra, Sicilia que fue ya de Verga y Pirandello, devolviéndonosla vívida por la usual lengua fuertemente dialectal, densa de música y ritmo, qué paulatinamente se convierte en olores, colores, magia y sentimientos fuertes, instintivos, experimentados con una ineluctabilidad y una espontaneidad típicamente campesina. En una dimensión, es decir, que no es aquella de la realidad de hoy, pero de un lejano y mítico universo ancestral en que todo pudo ocurrir.

También que Gnazio, hijo de jornaleros, inmigrado en América en fin vuelto a su tierra, con un profundo y instintivo miedo por el mar se enamorara y decidiera pasar toda su vida con Maruzza, mujer por mitad sirena y envuelta de un azar mágico, stregonesco.

Al criterio de los cuentos más clásicos, Camilleri, nos quiere transmitir una "moral", si el autor mismo me permite este término. Una moral compleja y al mismo tiempo llena de poesía, qué toca directamente las cuerdas de la emoción.

La narración de la vida de Gnazio y de su familia, en efecto, si de un lado es presentada con continuas referencias a la circularidad típica de una realidad campesina en cuyo mucha parte en la decisión de las suertes de los protagonistas es confiada a fuerzas externas en el surco de la clásica lógica de los vencidos, qué vive los grandes cambios de la primera mitad del novecientos padeciéndolos y sin alguna posibilidad de protagonismo, de incidir de algún modo, arrancados de aquella lógica de progreso que casi parece no rozarlos, a pesar de, en particular el hijo Cola el que llegará a ser un astrónomo de adulto, nos viven dentro. Del otro en la sencillez con que es vivida y en la libertad, se podría afirmar casi emancipación consciente, con cuyo son tomadas las elecciones que la suerte les permite de hacer, nos devuelven la cifra de individuos los que, quizás mucho más que en la realidad de hoy, acaban de para asumir una estatura, un tipo de centralidad activa en los hechos que atraviesan y viven en primera persona.  

Y he aquí que entonces se pone posible también que dos almas tan opuestas, como un ser de "tierra", Grazio, y un ser de”agua”, Maruzza, se encuentren, se quieran y se respeten, en la comprensión de las recíprocas diferencias, por toda la vida. Y todavía, las diferentes calles que cogerán a los hijos Cola y Resina, Calorio y Ciccina, todos fuertemente casi impregnados por una armonía y espontaneidad capaz de desplazar al lector.

Entonces, una moral por nuestra sociedad en que el diferente es señalado con el dedo, hecho culpable por el solista hecho de provenir de un país lejano y de la cultura diferente o de tener la piel de otro color. Una sociedad que en su tecnología y en su progresso, quizás, ha vuelto de muy atrás cuánto a nivel de conciencia y de cultura a diferencia de su efectiva percepción. Una crítica a el medioedad temido a las puertas del que Camilleri tiene, como en un hilo que liga mucha parte de sus obras, siempre claramente condenado la violencia y la falta de sentido (en estos dos aspectos respetando la lección de los dos maestros de él quizás principalmente queridos, Sciascia y Pirandello).