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Ironías de la vida (y de la muerte)

( Pedro Sánchez Sanz ESP )

 

 

La señorita X, que está en la flor de la vida, quiere cortar esta flor de juventud que la adorna, ejercer de jardinera letal por una vez, una primera y única vez. La señorita X es desgraciada. Desde que tiene uso de razón ha sido una romántica empedernida, no puede evitarlo. Quizás sea eso que llaman Destino, un destino plagado de sueños imposibles, hilvanados con un finísimo hilo de suspiros y desvelos, un ir y venir al espejo, donde ya no reconoce su rostro, sólo intuye el vacío que la rodea y la inunda: una vida que languidece ante la lluvia tras el cristal.

 

La señorita X quiere poner fin a esta vida que no es vida, pero sus manos, que son blancas como la inocencia, son cobardes como los desertores. Sus manos son las de una niña que escribe con letras que son pájaros, pájaros que recorren el cielo asustados, sin rumbo.

 

Ella piensa todos los días en el suicidio como la mayoría de las jóvenes piensan en el vestido que han de lucir por la mañana ante las visitas o por la tarde camino del teatro. Para ella el suicidio es el vestido que tendrá que llevar en su último acto social. Sabe que no será capaz de cortar esa flor de invernadero que es su corazón atenazado. Desesperada por esta espera de la que ya no espera nada, acude a unos amigos de la alta sociedad a quienes, en alguna sobremesa de tertulia regada con coñac, había oído comentar con toda naturalidad que existe una persona que está dispuesta a acabar limpia y discretamente, es decir, de una manera burguesa, y por un módico precio, con la vida de aquellos que no son capaces de atentar contra sí mismos.

 

Así que resuelta, por primera vez en su vida, se encamina a casa del señor Y, que la recibe con una amplia sonrisa de jugador de casino seguro de su buena suerte y con un gesto envuelto en agua de colonia. Una vez expuesto su desesperado caso, el señor Y, con otra amplia sonrisa, de jugador de tenis triunfante esta vez, desliza entre sus manos una tarjeta con un número de teléfono, con un gesto que es igual al beso de Judas Iscariote, un judas envuelto en un traje de buen paño: el enemigo disfrazado de amigo, o viceversa.

 

La señorita X, resuelta y decidida por segunda vez esta semana, hace acopio de fuerzas y marca los números de la tarjeta como si conectara con el teléfono rojo de su autodestrucción. Concierta una cita con su verdugo, que tiene una voz neutra, burocrática, y una vez colgado el auricular, desconcertada ante la situación, rompe a llorar desconsolada, pero a la vez aliviada porque al fin podrá llevar a buen término el proyecto de su vida que no es otro que su proyecto de muerte.

La señorita X tiene una cita con la guadaña, o con la guillotina, o con la bala, o con la navaja de afeitar o el cianuro, porque aún no sabe cual será el método para segar su triste vida, el día A, del mes B, a la hora C del presente año.

 

Una vez allí, en la escena del crimen futuro, entre las últimas cuatro paredes que la verán palpitar por última vez, se sienta frente a frente con el que va a librarla de su agonía de niña doliente y soñadora. En medio de la sala, descansa una silla de alto respaldo, con un reposacabeza lateral acolchado y de altura regulable, donde se ha practicado a la altura de la sien, de cualquier hipotética víctima, un agujero perfecto, el vacío donde el señor de bigote alicaído y cano, de dientes amarillos y arrugas alrededor de los ojos, introducirá el cañón de su pistola. Ella reposará la cabeza suavemente, como fatigada después de un largo paseo infructuoso. El cañón de la pistola está rematado por un silenciador, porque la muerte requiere del silencio para ser digna, y además no conviene llamar la atención de los vecinos del inmueble, ya que, como es bien sabido, ningún buen hijo de vecino comprende ni perdona la cobardía de los suicidas.

 

El pago se efectúa de una manera profesional, sin acritud, a pesar de la oscura relación que une al servidor y al cliente. El verdugo le pregunta si ha traído la cantidad acordada y ella deposita sobre la mesa todos los ahorros de su corta vida. La mayoría de la gente pasa años guardando parte de su peculio para poder elegir los detalles de su última morada, los encajes y estampaciones de su último vestido. La señorita X, adelantándose al protocolo del más allá, ha reservado su dinero para poder elegir el cuándo y el cómo. Lo que ocurra con su cuerpo después de su muerte no le interesa, es más, ya no le incumbe, porque ha vendido su vida, y también su muerte.

 

Una vez acomodada en la silla, parecida a otras sillas tristes de salón, similar a otras sillas de salas de conciertos, o a esas sillas destinadas a las visitas impertinentes de la tarde, pero con un propósito más ominoso que cualquier otra silla, el verdugo retoma el tema del pago.

 

No satisfecho con la cantidad abonada, el hombre de dientes amarillentos, que ha visto temblar los lívidos labios de la joven, que se ha deleitado con el gesto de sus blancas manos recogidas junto al pecho palpitante, con el brillo de su cuello de gacela expectante ante el cazador, requiere como parte del pago gozar de su cuerpo de carne trémula e inexplorada antes de que desaparezca: en resumidas cuentas, penetrarla antes de que la penetre la bala. Ella, horrorizada ante la mirada concupiscente y la sonrisa lasciva, ante las arrugas que se estrechan alrededor de los ojos del verdugo, se levanta de la silla y escapa de la sala sin ni siquiera recuperar su dinero.

Lo que ocurra con su cuerpo justo antes de morir sí le incumbe, quiere morir sin tacha, inmaculada como sus manos. El pudor y el sentido del honor, tan exacerbados en las muchachas románticas, la salva de su muerte programada, la devuelve a una vida que detesta. Así, entre suspiros y desvelos, volverá la señorita X a las veladas ante el cristal perlado de lluvia y a buscarse sin cesar en los espejos.