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Un fantasma romano

( Pedro Sánchez Sanz ESP)

 

 

 

Las fuertes manos de Servio patinaban sobre su espalda untada de aceite de oliva, y el aroma de la lavanda con que estaba perfumado le llegaba en oleadas cada vez que los dedos acerados pero hábiles del liberto recorrían su torso desnudo. Sintió una punzada en el hombro izquierdo cuando Servio atacó la parte alta de la espalda, ablandando la tensión de sus músculos con los pulgares, presionando durante unos segundos allí donde encontraba un nudo, haciendo que se quejara de dolor.- !Ten más cuidado¡ Conoces tan bien mi cuerpo que a veces lo tratas con demasiada familiaridad, Servio.

- Lo siento. Pero el dolor es tan sólo una señal de que tu cuerpo necesita de mis cuidados.

 

Sabía muy bien que el liberto tenía razón. El dolor no era más que un mal menor, un incómodo trámite para que su cuerpo cansado, que ese hombre bajito y fornido se ocupaba de mantener en forma, pudiera rejuvenecer un poco cada día.

- Servio, he observado que desde hace días los esclavos andan revueltos, y los sirvientes me evitan y cumplen mis órdenes a regañadientes. Te pago para que mantengas a cada uno en su sitio, además de para que me recompongas el cuerpo - Servio escuchaba atentamente a Marcio Albinovano mientras marcaba con el codo un surco sobre sus riñones - Dime Servio, ¿qué ocurre?

- La servidumbre está nerviosa, señor. Dicen que han visto un aguilucho sobrevolar el atrio de esta casa. Pero no deberías hacer caso a rumores de esclavos.

- No me digas lo que debo o no debo hacer, Servio, y afloja tus dedos, que ahora son como tridentes de gladiador. Además, tú ya no eres un esclavo, y te pago para que seas mis ojos y mis oídos en esta casa, entre otras cosas.

 

Servio había sido liberado de su esclavitud hacía unos siete años, cuando sacó a su amo de las aguas del puerto de Ostia, salvándole de morir ahogado en aguas pestilentes. A pesar de ser un hombre libre, había decidido seguir al servicio de Marcio Albinovano y su familia, pues le pareció más fácil y más rentable vivir a sueldo de amo conocido que sobrevivir en el infierno de algún negocio de dudosa reputación y constante incertidumbre, como una casa de apuestas, o regentando una taberna en la que lidiar diariamente con la soldadesca borracha.

- Servio, esa muchacha que peina a mi esposa... ¿cómo se llama?

- Barine- Es tu sobrina ¿verdad?- Sobrina de mi mujer. Pues se comporta de un modo muy extraño.

- Palidece y sale huyendo despavorida cada vez que se cruza en mi camino.

- Tiene tan sólo doce años, señor, y es muy impresionable.

- Es una descarada, deberías llamarla al orden. Y ahora, mi fiel Servio, cuéntame ¿qué ocurre en esta casa mientras estoy en el Senado y mientras duermo?

- Algunos esclavos afirman haber visto a un hombre, un espectro dicen, pasearse por las dependencias portando una máscara de difunto.

- ¿Un desfile de manes?¿en mi casa? !Pero qué tonterías son esas¡ Y dime, de quién es la máscara que porta?- Barine, la sobrina de mi mujer, dice que era tu vivo retrato y que la máscara reflejaba el horror de la muerte ¿Comprendes ahora su reacción?

- !Malditos esclavos, con sus supercherías de bárbaros y sus sueños ridículos¡ Debería arrojarlos a todos al Tíber. ¿Y qué más? Porque la visión de una niña alocada no es suficiente para crear tales desórdenes domésticos.- Bueno, la servidumbre está asustada, hablan de malos augurios, creen que una gran desgracia se cierne sobre tu noble casa,... especialmente sobre tu persona.- !Sandeces, Servio¡ Y sigue masajeando, que descuidas tus deberes.

 

Boca abajo como estaba no podía ver el aire de preocupación que se había prendido en el rostro de su leal servidor. Sus ojos se posaron sobre la pintura de Vesta flanqueada por dos lares que presidía el jardín. Marcio pensó que debería ofrecer un pollo sagrado a los dioses del hogar, a pesar de no dar crédito a las patrañas salidas de boca de cocineras alcahuetas y jardineros ociosos. Sin embargo, el pequeño sacrificio ayudaría a aplacar los ánimos de la servidumbre y esto, junto a unas severas palabras por su parte recordándoles sus obligaciones, debería bastar par devolverlos a su hacendosa y sumisa existencia de siempre.

 

Servio se afanaba sobre su carcasa de senador maduro y experimentado, aunque sus manos se deslizaban con menos soltura. La piel había absorbido la mayor parte del aceite y el liberto, cometiendo una nueva torpeza, presionó con más fuerza de la debida, y quizás de la necesaria, en mitad de la espalda, provocando la airada protesta de Marcio Albinovano.

- !Pero es que quieres arrancarme el corazón¡ Está visto que hoy estás dispuesto a romperme algún hueso. Me temo que todas esas habladurías sobre espectros que se pasean y pájaros que nos acechan han hecho mella en ti, Servio.

- Lo siento, Marcio Albinovano, te prometo que será la última vez que tengas motivos para quejarte de mí.- Eso espero. Aleja cualquier preocupación de tu mente y termina tu trabajo, Servio, tengo que ir a la Curia. Esta tarde mis enemigos lanzarán envenenados discursos para desprestigiar mi gestión. Pero no conseguirán nada, pues no tengo nada que reprocharme, y la retórica es una espada sin filo para cortar una reputación intachable. ¿No lo crees así, mi fiel Servio?

Mientras alzaba el puñal, que había mantenido oculto bajo unos paños, le pareció que una sombra de águila se proyectaba sobre la pared norte del muro del jardín, y al dejarlo caer certeramente sobre la espalada confiada del senador, respondió: ¡Por supuesto!