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Gélida Mensajera de la Noche
( Pedro Sánchez Sanz ESP )
A Laura y Giancarlo
El coche tomó una nueva curva alejándose de los sucios reflejos de los canales. Atrás quedaba el pequeño puente que parecía debilitado por el paso de los años y de las aguas, aguas que habían perdido su brío y que descansaban entre manchas verdes de légamo, bajo una capa de polvo y desperdicios que le conferían un aire de rincón desolado. Otros reflejos más vivos salpicaban los cristales del coche mientras avanzaba por las amplias avenidas, y yo, acomodado en el asiento trasero, me dejaba acariciar el rostro por esas luces cambiantes; rótulos y anuncios que parpadeaban, farolas lánguidas, guiños de semáforo, destellos de otros automóviles, que me ofrecían un collage nocturno, mientras ellos dos charlaban animadamente delante de mí, él con aire despreocupado, a pesar de llevar bien aferrado el volante y la vista puesta en la carretera, ella acompañando cada palabra con un gesto de sus manos, una sacudida de su pelo castaño, una risa irónica o una exclamación de sorpresa. Me despegué de la ventanilla para atender a la conversación en la que estaban enfrascados mis amigos. Eran pareja, muy jóvenes aún, pero con una sólida relación de varios años que les daba el derecho a lanzarse torpes reproches y a construir un sueño de futuro en común, compartiendo quimeras, preocupaciones, grandes proyectos, pequeños logros, hijos quizá. A mí me gustaba escucharlos, a pesar de haber quedado relegado a un segundo plano, mientras los otros dos se lanzaban a una ronda de complicidad, ternura velada y recuerdos varios. Justo cuando el coche rodeaba el arco de Porta Romana, con su discreta majestuosidad, ella espetó a su compañero:
- ¿Es que no piensas decirme adonde me llevas esta noche?
- Es una sorpresa, ya lo sabes. Si te lo digo ahora el efecto no sería el mismo.
- ¿No se te habrá ocurrido reservar mesa en un restaurante caro para celebrar mi cumpleaños? Sabes que me siento muy incómoda en ese tipo de locales.
- ¡Noooo! Ten paciencia, ya llegamos.
El coche había enfilado Vía Muratori, una amplia avenida flanqueada por bien cuidados edificios de los cincuenta, de sobrias fachadas, fruto de la reconstrucción acelerada después de la guerra, edificios que habían albergado durante medio siglo a la burguesía de Milán, lugares cómodos, seguros, hogares de donde habían salido cachorros bienpensantes como estos dos que ahora, entre embelesos y muecas de fingido fastidio, hacían recuento de algunos pasajes -frías jornadas de escuela, besos furtivos- de su corta pero intensa vida en común.
- ¡Mira! - dijo ella señalando hacia un pequeño edificio de gris uniformidad- Es nuestro instituto, ¿te acuerdas?
- ¡Como para olvidarlo! ahí te conocí - y dio a sus palabras un tono ambiguo, a lo que ella respondió con un amago de bofetada y un contenido ¡idiota¡ que traslucía que había encajado bien la insinuación.
En la radio, una voz cascada de locutor cuarentón y dinámico intentaba irrumpir en el juego de tira y afloja de la pareja con cuñas publicitarias y canciones algo rancias pero entrañables que empezaban a ser una precisa banda sonora para la situación. El conductor aminoró la velocidad y comenzó a escudriñar a ambos lados de la calle, no demasiado animada, por encontrarnos a mitad de semana y a una hora temprana, a pesar de estar a finales del verano. Ella, tamborileando con los dedos sobre el salpicadero de plástico, preguntó ¿Qué buscas? - Calla y lo verás - ¿Es ese sitio misterioso adonde me llevas? - insistió ella. No respondió él a su segunda pregunta, pero hizo un gesto negativo con la cabeza, más convenciéndose a sí mismo de que no estaba en la calle adecuada que atendiendo al interrogatorio de su novia.
- ¿Te acuerdas de ese chico del instituto que era tan raro?
- ¿Cuál de ellos? Los había a miles.
- No exageres. Ese que llevaba unas gafas enormes y los pantalones muy estrechos.
- ¿Ese lelo que se enamoró de ti?
- Ese lelo fuiste tú, él no estaba enamorado de mi.
- ¡Pero si te recitaba poemas por los pasillos! ¿Cómo eran esos versos que te enviaba todos los viernes en una hoja arrugada? Era un poema de Quasimodo o de Ungaretti ¿no?
- Gélida mensajera de la noche.
- ¿Qué? - paró ante el semáforo en rojo.
- Se llamaba así, y era de Montale, creo, o de Pavese.
- Sí, y a él le llamábamos el Patoso, ¿te acuerdas? porque se le caía todo y no daba pie con bola. ¿Cuál era su nombre, Amerigo, Emilio?
- Amedeo, Amedeo Malagutti, creo que su familia era del sur. ¿Qué habrá sido de él?
- Habrá vuelto a Nápoles, pobre diablo, y será jefe de mantenimiento en una central nuclear, y cualquier día hará que saltemos todos por los aires, y quedaremos sepultados, como en Pompeya, y el muy idiota vendrá a leernos poemas a nuestro funeral - los tres nos reíamos con ganas, tanto, que no vimos que el semáforo cambiaba a verde y el conductor del coche que nos seguía pitó impacientemente, así que riéndonos aún, y agachando la cabeza como niños cogidos in fraganti en una travesura, nuestro coche giró a la izquierda para recorrer Vía Tiraboschi, que se mostraba limpia y despejada como las otras que acabábamos de dejar atrás. Creo que es aquí, dijo él oteando la gran plaza que se abría ante nosotros un par de manzanas más adelante. ¡Sube el volumen, súbelo! - pidió ella apremiante ante los primeros compases de una canción de finales de los setenta que escapaban de la radio. Yo asistía cómodamente a esta representación, como un convidado de piedra, pero no me sentía fuera de lugar, a pesar de que mis amigos parecían haberse olvidado de mí ante la presencia aún más imponente de sus recuerdos.
- ¿Te acuerdas de esta canción? La cantábamos en las fiestas de fin de curso.
Él puso atención a la voz ronca y untosa de la cantante, que atacaba el estribillo: Dammi un cielo a metá, sí, dammi un cielo a metá questa sera, ahora acompañada por la voz emocionada de su pareja que se golpeaba las rodillas con las palmas abiertas, Dammi un cielo a metá, sí, dammi un cielo a metá e vedrai que mi basta... na na na na na na, ¿no te acuerdas de esta canción?
- Sí, me suena.
- Te suena. ¡Pero si es Anna Oxa! Dábamos saltos como posesos y sudábamos hasta deshidratarnos cuando sonaba en las fiestas.
- Pues es un poco hortera.
- ¡Tú sí que eres hortera! - dijo ella algo dolida por su falta de entusiasmo y complicidad. Durante un tiempo estos compases llenaron su vida de adolescente modosa de palabras que la hacían por un momento más combativa, menos conformista, de un ritmo que la hacía sentirse única por unos escasos minutos.
- Creo que son aquellas luces de la esquina - él no se desviaba de su verdadero objetivo. Yo por mi parte me recliné en el asiento y me dejé arrastrar por las últimas notas de la canción que ya cedían su lugar al locutor visiblemente emocionado con sus propias añoranzas. Ella quedó pensativa, intentando asir imágenes que le llevaban en volandas a sus dieciséis, a fiestas caóticas, escarceos amorosos llenos de pudor, borracheras mal llevadas, discusiones con su padre acabadas en llanto, en definitiva, a la inoperancia de esa inocencia que les había ido abandonando poco a poco y sin aviso.
Sin duda habíamos llegado a nuestra meta, y eso se reflejaba en la sorprendida mueca de ella, que había reconocido el lugar, ¡Pero si es la Taberna Cubana! - ¿Te gusta mi regalo? - Mucho, mucho -repetía con lágrimas a ras de pestañas - La última vez que vinimos fue hace unos 5 años, para el cumpleaños de Fabio, ¿te acuerdas? Fabio se subió encima de la mesa a bailar salsa y casi nos echan del local.
Él intentaba aparcar junto a la acera, enfrente del bar entre risas y emociones recuperadas. Algunos jóvenes bien vestidos se agolpaban ante el local, entrelazadas las manos algunos, fumando otros, grupos animados que aguardaban el visto bueno del portero comentado la última película que habían visto o las peripecias del primer empleo; todos bajo un neón con un gran cigarro habano y una palmera que anunciaba en rojo y verde que el Caribe también existía en el corazón de Milán. Al abrir las puertas del coche una ráfaga de aire fresco inundó la parte de atrás y un escalofrío me recorrió la espalda por unos segundos, lo que ellos tardaron en cerrarlas. Yo me quedé inmóvil, viendo cómo cruzaban la calle cogidos de la cintura y se alejaban del auto, de mí, de los chicos de ayer, con sus incertidumbres de hoy, y cómo, felices por unos instantes, se sumergían en la ilusión de creer que aún podían luchar juntos contra el mundo, de revivir a esos niños mimados sin preocupaciones que reían sin parar de chistes sin sentido. Yo, paralizado, pegué la cara al cristal y los vi mezclarse entre los que esperaban pacientemente su turno para entrar. La puerta se abrió y los primeros pasaron, envueltos en una ola sinuosa de música caribeña. Yo busqué con atención a mis amigos con una súplica colgada del rostro y de pronto no pude reconocerlos, todas las caras me eran completamente desconocidas. ¿Por qué me habían dejado plantado dentro del coche?, ¿qué hacía yo en ese lugar remoto? Miré a mi alrededor y todo me pareció ajeno, algo difuminado, incluso fantasmagórico. Giré de nuevo la vista hacia la puerta y mis amigos, junto a los demás, habían desaparecido, no podía verlos. Ni siquiera podía ver ya mi reflejo en el cristal.