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EL FESTIVAL ALIENÍGENA

( Giovanni Agnoloni ITA – Il festival alieno – trad. Cinzia Rizzotto )

 

 

 

La multitud estaba comprimida en un espacio vacío, una especie de llanura en el medio de una selva. La gente iba desplazándose silenciosa de un farol para otro. El cielo, de una oscuridad espesa: las pequeñas luces de un millón de estrellas, solas, no hubieran podido bastar para alumbrar la zona.

Ese era el gran problema de los habitantes de Vega: les hacía falta la luz del día para poder vivir. Cuando anochecía, estaban obligados a dormir, porque sólo con los ojos cerrados podían sobrevivir en la oscuridad. Sólo en ocasiones muy especiales, como la de esta noche, se atrevían a salir después de la puesta de su sol y después que el color verdastro de la atmósfera se había convertido en un negro profundo.

Cyrus estaba entre ellos, en una de esas ocasiones. Él venía de la Tierra. Era el emisor de la Federación Mundial, que lo había elegido para visitar el sistema vegano, con el fin de estudiar el modo de vida de sus habitantes. Y es que de hecho la vida en la Tierra empezaba a hacerse difícil, sobre todo a causa de la violencia y de la ignorancia. Mas muchos pensaban que la exploración del espacio podía enseñar algo bueno para cambiar el mundo. Y Vega había sido su primera elección.

Cyrus era un antropólogo, y los profesores más estimados consideraban que sus conocimientos fueran el mejor medio para acercarse a otra civilización del espacio. Además, precedentes contactos radio demonstraban que los Veganos eran bastante parecidos a los terrícolas, con la excepción de una virtud especial que sólo ellos tenían: leían los pensamientos.

Pues, como decíamos, esta era una noche especial: más precisamente, una de las dos ocasiones anuales en las que los Veganos se enfrentaban a la oscuridad para tomar parte en un muy especial festival de música. Los sonidos producidos por enormes maquinarias creadoras de música, llenaban el aire con extrañas vibraciones, cuya función era la de mantener activa su capacidad de leer los pensamientos.

Cyrus no les había ocultado el motivo de su llegada, también porque sabía que hubiera sido inútil: de toda manera lo habrían entendido. Pero claro que no se había atrevido a esperar que le permitieran participar en ese evento extraordinario, que en teoría se hubiera tenido que guardar secreto. De todo modo los Veganos eran gente abierta y habían acogido a Cyrus con entusiasmo. Sólo le habían aconsejado que se pusiera tapones especiales en los oidos, para la ocasión, o se habría hecho sordo.

Había una pantalla, en un rincón. Muchos individuos estaban reunidos frente a esa que enseñaba la realización de un dibujo. En la Tierra esos se hubieran llamado comics, pero aquí todos parecían tomárselos muy en serio. Tenían pinta de figuras tridimensionales, dibujadas en las caras de un cubo. Las historias así se creaban sin cesar y fluían como algo a medio camino entre un dibujo animado y una película.

Al comienzo a Cyrus ese espectáculo le pareció interesante, pero al rato se le hizo algo aburrido. Tal vez le hubiera hecho falta alguna compañía, ya que estaba solo. Pero no podía decir sentirse solo. Más exactamente, estaba perdiendo el interés hacia la parte de la arena en la que se encontraba. Quizá sólo se tenía que mover a otro sector. A su alrededor había música por todas partes y él la podía visualizar como una serie de ondas. Caminar a través de ese espacio cóncavo era como nadar en un mar de aire; los tapones en los oidos eran su “bombona de oxígeno”. Por ellos no podía oir la música, pero le gustaba tratar de imaginar como los Veganos habrían de sentirse. Parecían todos tan lejanos, igual de lo que pasa en la Tierra con muchos drogadictos. Pero ellos parecían felices de veras, y no sólo eufóricos.

Cyrus intentó portarse igual que ellos, siguiendo el río de música material. El segundo farol lo habían colocado en otro rincón, apenas más allá de una pequeña colina. Allí subió y de la cumbre miró hacia abajo. Podía ver algo como una barra. Estaban poniendo pequeñas latas con un hilo saliendo del fondo, la gente las compraba y luego conectaban la terminación del hilo con un enchufe que tenían emplantado en el codo derecho. Cyrus se preguntó qué podía ser aquello. Miró a su alrededor buscando alguna explicación y cruzó la mirada de una mujer vegana. Sus ojos eran dulces, aunque algo perdidos, y le inspiraban un sentido de soledad y ternura. Se le acercó y le preguntó:

“¿Qué es lo que le ponen allí a la gente?”.

Ella asintió suavemente, luego le indicó la zona de la barra. En fin habló con una voz que se parecía a una caricia. Cyrus podía oirla también a través de los tapones en los oidos: ¡tan sutil tenía que ser su consistencia!

“Esas latas,” dijo, “contienen nuestro deseos para el semestre que viene. Cada vez que recargamos las baterías con esta música, podemos comprar un deseo. No necesariamente se trata de lo que nos esperaríamos, sin embargo siempre es algo bueno. ¿Y tú, tienes algun deseo?”.

“Tengo muchos,” contestó Cyrus. “Pero no soy vegano, soy terrícola.”

Ella no pareció sorprendida: ya lo sabía, porque le podía leer en la mente.

“¿Pero los terrícolas no veis cumplirse vuestros deseo, normalmente?” preguntó.

“Cuando insistimos mucho, en fin podemos lograrlo, si tenemos suerte, pero en nuestro planeta en ningun bar te ponen latas de deseos” contestó Cyrus.

“¿Qué te parece si pruebas una de las nuestras?” invitó la mujer.

“Claro que me gustaría. Pero no sabría donde enchufarla,” observó.

“Tu crees que sea así,” objetó la mujer vegana.

“No, mira mi codo izquierdo. No tengo enchufe, como ves.” Y se lo enseño.

“Claro, tienes razón,” reconoció ella. “Pero puedes tener uno, si te dejas llevar por la música. Luego aparecerá..”

Cyrus se quedó asombrado: “¿Cómo puedo escuchar esta música si me tengo que quedar con estos tapones metidos en los oidos para aguantarla?” preguntó.

“Yo no dije que la tengas que escuchar. Sólo tienes que dejarte llevar por ella. Como estabas empezando a hacer antes de dirigirme la palabra.”

Y Cyrus entendió. Sin ni pensárselo, la tomó de la mano y empezaron a bailar juntos. No, más bien estaban flotando en la música, como ángeles en un paraíso alienígena. De esta manera Cyrus se sentía diferente. Sabía que seguía siendo un terrícola, pero también había asimilado algo del vivir vegano.

“Ahora controla el codo,” lo invitó la mujer. Él lo hizo. Ahora el enchufe estaba allí, materializado en su codo derecho. A Cyrus le faltaron palabras para expresar su asombro.

“No hace falta que hables,” le aseguró. “Ya estás preparado para tomar una lata.”

A Cyrus le entró miedo. Nunca había tenido una verdadera oportunidad de elección en su vida en la Tierra. Ni tampoco la tenía ahora, efectivamente: tan sólo habría recibido un deseo que probablemente no correspondería con ninguna esperanza suya. Pero sabía que de toda forma le pasaría algo agradable, porque la mujer vegana asó le había dicho, y confiaba en ella. Sin embargo advertía una especie de repulsión instintiva hacia ese experimento. No quería que se le privara de la facultad de elegir el rumbo de su vida. No quería convertirse en uno de esos alienígenas recargados semestralmente, que no tenían un verdadero objetivo en su vida y aceptaban cualquier cosa que les pudiera pasar. Era verdad: no había tenido grandes oportunidades en la Tierra, pero igual había conseguido hacerse un camino en la vida, logrando por lo menos algo parecido a lo que deseaba. Así se había convertido en el antropólogo terrícola más importante, aunque hubiera preferido tener una familia. Mas sentía haber tenido éxito en su trabajo. Y su deber era el de entender las tradiciones diferentes, y no confundirse en ellas.

Se lo pensó durante algunos segundos, mientras notaba la mirada de la mujer clavada en él. Estaba consciente de que ella podía leer sus pensamientos, y también del hecho que no quería interferir en sus decisiones. En fin, decidió correr el riesgo. Después de todo, su nueva amiga le había dicho que este tipo de experiencia no le podría afectar de ninguna manera. Dió media vuelta hacia ella, que entendió sus intenciones. Juntos llegaron a la barra y ella le compró una lata: “Un pequeño detalle de mi parte,” dijo.

“Gracias,” contestó, tomando el extraño objeto. Metió la terminación del hilo en el enchufe de su codo derecho y cruzó los dedos.

Un momento después ya lo había entendido todo. A su alrededor ya no había música, ni festival, ni multitud bailando. Sólo naturaleza, luz del sol y el perfil lejano de una ciudad. Esa era la Tierra, el lugar que todos los Veganos secretamente deseaban. Y Cyrus se dió cuenta de que su planeta se podía cambiar sólo partiendo de si mismo.