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La dueña de los sentidos

( Fabio Pelosi ITA- La padrona dei sensi - trad. Cinza Rizzotto )

 

 

 

Cada día recorría esa calle, el maldito rectilíneo que llevaba a la estación.

Desde allí sólo se podían entrever las luces de Detroit, los ríos y el olor a pasta, allí era donde se bailaba.

Daba vuelta en ese chatarra, un Cherokee de mil tornillos, desde que se me había ocurrido de vender coches.

Se trataba de ocasiones, lo que más deshechos de Detroit, mas yo los tenía que colocar en ese suburbio, y lo conseguía fenomenal; era el mejor.

Elliot estaba allí abajo, como siempre, en el taller, dándole a fuerzas a una testarada humeante, pero era como cuando me martilla el cerebro: tan sólo tenía que llenarlo de cerveza para no oírlo, y eso también me salía fenomenal.

Tarde o temprano yo también llegaría a Detroit, en una berlina negra del sesentayocho, con un sol en su cenit que crearía reflejos en la cabeza de león plateada de mi bastón.

No es que necesitara de ese traste, pero lo consideraba como algo distintivo, que le sentaba muy bien a mi figura.

 

Hubiera tenido que arrebatar su presencia, trillar camino como un sabueso, mas luego huir lejos, traicionando el instinto de buena husma.

Joder... no era difícil notarla: estaba allí, estaba allí en algún sitio, esperándome, dejando que fuera yo quien la encontrara, y se lo sabía que no habría huido.

Y hela por may quién sabe dónde, metiendo reyertos como se plantan semillas de jengibre, en algún lugar esperando a que me hiciera presente.

Tenía paciencia, habría esperado, era la Dueña de los sentidos.

En la esquina de la quinta calle noté un resplandor, que pronto se hizo luz espesa, como el sol entre las persianas, siempre cerradas por supuesto.

Pisé el freno, maldije su belleza, su poder sobre los instintos de un hombre.

Habría podido machacarle un pie, volcarla lejos, pero no, empecé a sudar y me volvió a picar la urticaria; había engordado, respiraba más corto y me arrimé.

Subió al coche y enseguida aromas y fragancias azotaron narices y sensores de la mente.

Su fascinación llenó el habitáculo en ruinas y me sentí como un mirlo sin alas; la vi, impasible, mirando adelante.

Un perfil de Oriente se iba dibujando en las sucias ventanillas del coche, un dibujo de tintas egipcias se descerraba en labios de un rubor indio.

Estaba excogitando algo, me tenía que hablar.

En fin, dió media vuelta con la mirada, no parecía interesada en mi aspecto, pero igual me miró y dijo: “De vez en cuando tendrías que pensar en ti, Jason, tienes una conciencia que desde hace tiempo está gritando en vano …”

“Esto está bien…¿A qué viniste, a darme en pleno?”

“No me haría falta eso, tengo más cosas que hacer …”, añadió quitando la mirada con natural superioridad.

“Contigo tengo una cuenta abierta, ¿lo sabes, no?”, continuó.

“No que no lo sé.”

“Ves, Jason, todo tiene un límite, y contigo también lo que parece huirse”, dijo con calma aparente, mientras empezaba a alisarse las uñas con una lima que yo ya me imaginaba entrando despacio en mi barriga y que esperaba fuera bien limada, tal que todo pudiera terminar pronto.

“Te permití hacer lo que quisiste de tu mente y de tu cuerpo” dijo observándome con una mueca en los labios.

“Quise que el dueño fueras tú, pero estás en deuda.”

“¿Piensas darme miedo? Yo, Jason Barlow, no preciso de tu voluntad.”

La Dueña de los Sentidos se rió entre los labios cerrados y cerró los ojos.

Parecía que estuviera imaginando algo, o tal vez sólo se estaba cabreando.

“¿Te acuerdas de Nick Ventura?” me preguntó.

“Ya... el pobre... creo que enloqueció por…”

“¡Idiota! Fui yo quien se retomó la razón y ese terminó como un perro. Ventura había ido más allá, yo sólo retomé lo que era mío, Barlow,“ añadió sacudiendo la cabeza, y del pelo se desprendió un perfume a tierra y madera de sándalo.

Nunca entendí lo que quiso decir, pero empecé a estremecerme, me sentía cada vez más pequeño; a su belleza sólo le tenía par su crueldad.

“Creo que pronto se acabarán tus días, Barlow”, siguió, desdeñosa, “te tengo ganas, de lo que podrías hacer quiero decir”, concluyó clavándome su mirada.

Lo tengo que admitir: notaba que estaba perdiendo el control: podrías perder la cabeza por una como ella, pero yo empezaba a tener miedo y fingí distraerme.

“Me acuerdo de algo de mi pasado, pero me cuesta”, aludí casi temeroso.

“Tienes límites, y lo sabes; quisieras más pero no me lo quieres rogar” rebatió, altanera.

“Lo haré sólo si te desaparecerás o si perdiera la cabeza como Nick”, la acosé, con la esperanza de verla ceder algo.

“Sólo eres lo que yo tiré, quisiera seducirte y luego pisotearte como una fruta verde”, siguió.

“Y verme chorrear como hiciste con Warren, ¿verdad?”, le pregunté con rabia.

“Ya... alisarme la piel con su sudor fue divertido, aun más tenerlo hecho polvo, sin sangre en las venas: lo hice un pingajo, ¿verdad?”, me miró orgullosa, como si quisiera un gesto de aprobación por lo que había hecho.

“Warren fue desafortunado, eso es todo lo que creo”, añadí lacónico.

“No, ¡cabezota! Rechazó la locura en cambio de su querer, y acabó bien en el empedrado, sufrió poco, se merecía más.”

“Creo que estás loca” me dirigí hacia ella con desprecio.

 Y ella : “Es bonito creerlo..”

“¿Y serlo?”, le pregunté de remate.

 “Piensa en cómo echar menos sangre cuando te convertirás en un inútil”, me pujó la mujer fatal.

“Tu lengua te envolverá, estoy seguro, tendrás algo para morder, tú misma, te tragarás suero y hiel, te lo juro” seguí con mis amenazas.

“Esa hiel te hará falta cuando desearás veneno para morir y verme pasar lenta por tu barriga. Querrás paciencia, mas yo ya la habré bebida a tu salud, ¡Barlow !”

“Resistiré hasta el aburrimiento…”

“Tú nunca sentirás aburrimiento, cariño, sentirás tu corazón ahogarse en la cerveza y querrás tumbarte sin fuerzas, haré de ti lo que quiero.”

“Ilusiónate, Dueña de los sentidos! Tu belleza jamás probará tu poder!”

“El poder ya está conmigo, como tu juicio, que estoy volviendo a tener poquito a poco.”

Hablaba sin parar y veía el nexo lógico de mi discurso huyendo como un conejo, delante de mi Cherokee.

Empalidecí, tanta rabia que sentía....

“Tienes miedo, Barlow, y me tienes ganas.”

“Prefiero beberte y patearte como la última de las latas, sólo eres una ilusión, non creo que existas.”

Mi cara se torció, casi sentí mi cuello volando, un diente me rebotó en la boca.

Me soltó un puñetazo en plena cara y casi ni cuenta me di.

“Si fuera una ilusión, no estarías saboreando tu propia sangre, ¡tocino!”, apenas pude escuchar.

Hubiera querido reaccionar pero no pude, estaba demasiado lejos y mis brazos estaban doloridos.

“Siento que dentro de un rato entraré en ti, soy la Dueña de los sentidos.”

“No tendrás más que deshechos, los míos si quieres”, contesté.

“Esos también los tendré, no te preocupes, pero de ti probaré lo que se me dará la gana.”

“No lo harás.”

“Te ensuciaré en lo profundo, hasta hacerte desear huir. Querrás huirte, Barlow, pero no creo que lo lograrás.”

Luego, suavemente, la mujer fatal se rozó el pecho con una mano.

 “Este pecho te amamantó y tú bebiste ávidamente, te acuerdas, ¿cerdo de un Barlow?”

“Te veré desaparecer entre mis dedos, dueña de la nada. Como terminó Vinc entre tus manos, supongo…”

“Ah, Vinc… ese. Creía vivir para siempre, le negué la felicidad de pensarlo, acorté más y más sus ganas de existir: estoy segura de que deseó volver a verme para pedir que lo matara: bueno, lo hice, eso es todo, le estrangulé fingiéndome un negro cabreado y sin piedad”, siguió la pérfida; parecía de hielo.

“Tuvo una riña y…”

“Sí, claro, pero sin motivo. Yo lo quise”, me interrumpió mientras intentaba protestar.

“Te estás hinchando de rabia, Barlow, estoy segura de que me quisieras ver tirada, ¿no es así? Te volverías loco por tenerme así como soy, guapa y cruel, pero no creo que puedas querer, yo actúo en ti como una vieja borrachera, sin escrúpulos”, prosiguió la maldita.

“¿Estás pensando en cómo huir? ¿En cómo matarme? Ahora estás aquí, cariño, y no te podrá pasar nada más que desaparecer entre mis labios.”

“No me vas a tener, yo quiero quien no me desea”, la acosé.

Luego, como si jamás hubiera hablado, me dijo: “Tú eliges cómo morir.”

Ya se había acabado; la Dueña de los sentidos era resoluta, su firmeza de hielo, los ojos no mentían.

Tenía que hacer algo.

“Déjame entrar en tus sueños, me lo debes antes de que me muera”, aludí.

La petición la afectó, no se esperaba tanta pretensión.

Se quedó algún momento entre si, y luego asomó una sonrisa intrigante.

“Vale, si de veras lo quieres, dejaré que pase eso.”

 

Con cuidado apoyé mis cosas en la cómoda. Noté un nudo en la garganta, una lazada cada vez más inaguantable.

Empezaba a creer que la Dueña de los sentidos me habría matado en el sueño, en el fondo esperaba eso: no era cobardía sino simplemente mucho miedo…

Quién sabe qué habría pasado en sus sueños.

Me tumbé en la cama, asomé un silbato, mis cosas seguían allí, ahora mis costumbres me rodeaban, me preguntaba si no era víctima de un destino surreal.

Los parpados cayeron sin vacilar y fui raptado por ella, por sus sueños.

 

El día era claro, nítida la vista de las alamedas, con una luz difusa que embellecía los movimientos de los abetos que el viento dictaba.

Los colores tersos: cada cosa tenía contornos precisos, formas perfectas.

Era consciente de haberme lanzado en su sueño, sin embargo no estaba alborotado, más bien estaba consciente de tener poderes, sí limitados pero existentes.

Las voces de los que estaban cerca de mi me alcanzaban retorcidas, perturbadas, como un sobrepujarse de sílabas y notas musicales; frecuentes carcajadas llegaban a borrar hasta lo que acababa de oír hace un momento y me concentré en el fuerte aroma a canela y azúcar que venía de mano izquierda: una marea de gente, niños, mayores, chicos, había sitiado los carritos repletos de alfeñique, que bajaba, como planta trepadora, hasta casi rozar el suelo.

Todos parecían chapuzarse en las olas cristalinas de las golosinas aumentando cada vez más como espuma.

Advertía en la garganta una sensación placentera: aun sin devorarlas, me estaba saciando de esas chucherías.

Empecé a advertir la exigencia de tocar todo lo blando que estuviera a mi alcance: la espalda de un gato atraído por mis mocasines, la brillante melena de una niña hermosa, una manada de velludillos disfrutando de la brisa de un torrente poco lejos, y mi cara, suave e hidratada como nunca.

Era en sus sueños que tenía que actuar, sólo allí tenía margen de éxito: tenía que salvarme de todo eso y la inconciencia de lo onírico me podía ayudar.

Desde aquí, ella no ejercía ningún control sobre mi y aunque lo lograra no lo podía hacer del todo.

Tenía que darle a su locura, cuya forma extrema y racional consistía en sus dos únicos amantes: tal Manuel, un portugués con quien había compartido una pasión frenética, hecha de posesiones morbosas y largas temporadas de abandono; y tal Itzik, judío de lengua Yiddish, con quien el amor se había vivido con mucha espiritualidad.

Tenía que lograr aniquilar a los dos.

 

La entrada era la típica de un hostal. Más adelante un banco detrás del que dormitaba una mujer algo mayor, la cabeza echada para atrás. De vez en cuando se reía entre sueños y su esténtor se mezclaba con los sonoros ronquidos que producía.

No hice más que tirar para el ante.

Tenía que alcanzar a Itzik, era una de mis esperanzas y me lo tenía que creer.

Llamé a la puerta, no sabía si estaría allí pero lo esperaba; oí pasos detrás del umbral, luego el silencio.

La puerta se abrió por un palmo, el espacio necesario para entrever una cara morena, pelo rizado, párpados espesos y pesados: supe que era él.

“¿Quién eres?”, me preguntó descortés.

“Soy Barlow.”

“¿Qué haces aquí? ¿Estás loco?”

“Ábreme, te tengo que hablar.”

Una vez adentro, me dieron curiosidad unos objetos y símbolos que podía ver alrededor. “¿Esto qué es?”, le pregunté refiriéndome a una especie de cuerno colgado de la pared.

“Es un shofar.”

“Ya…”, contesté perplejo.

Luego había tres monedas, en una mesa, que debían de ser muy antiguas, en las que se representaban un candelabro de siete brazos, un cedro y una palmera.

“¿Quién te dejó entrar?”, me preguntó Itzik.

“Bueno, tú mismo…”

“No aquí, quería decir…”, siguió el judío.

Fingí no entender y me senté en un silloncito.

Los ojos de ese hombre estaban raptados por algo; la pupila temblaba, cercada por el amarillo del bulbo.

Su expresión era indescifrable. La mirada huía y yo no sabía en dónde concentrar mis ojeadas.

“¿Cómo puede ser que te lo haya permitido?”, prosiguió Itzik.

“Difícil que no lo sepas”, repliqué.

“¿Por?”

“Tal vez porque tu mente es artificio de toda esta situación, tú eres quien me quiere aquí”, seguí.

“¿Yo? ¿Aquí?”

“No me hubieras abierto, hablado, mirado”, le puje.

“¿Pero qué es lo que pretendes? No me das miedo, te estás afanando y te quieres pirar”, trató de atemorizarme.

“Ahora seguro que no, sé demasiado de ti.”

“Buff… ¿Amenazarme? ¿Eso es lo que quisieras hacer?”

“No creo que me baste con amenazarte, sólo pienso que a ti, Itzik, te burló alguien que te robó lo que creías fuera amor”.

“Eres listo, igual que yo”, siguió el judío.

“Será, pero Manuel consiguió pintarte en mi. Y lo podría hacer con cualquier otro. Y además robó algo que es tuyo.”

“¿Qué?”, me preguntó sorprendido.

Miré a mi alrededor, como buscando inspiración, pero bien me sabía lo que tenía que decir.

Me encendí un cigarro y le ofrecí uno a el. Lo rechazó. Su mirada era fija y parecía esperar una respuesta.

“Habla o te morirás antes”, amenazó.

“Manuel tiene al viejo y no creo que lo soltará fácilmente”, contesté.

(El viejo en el sueño tenía que ser la parte para guardar, una referencia de la  que la Dueña de los Sentidos no podía prescindir. El que de sentidos había vivido y que ahora con ellos estaba en paz.)

“Estás mintiendo”, me acosó.

“Si ya se lo sabe todo el mundo”, repliqué.

Itzik fue a la ventana y se asomó: emblemáticas eran las miradas que se cruzaban: de ludibrio, irrisorias.

“Barlow, no te engañes, no te librarás de esto”, encrueleció el judío.

“¿Y por qué tendría que hacerlo?”

“Porque quisieras huirte del sueño”, insinuó Itzik.

“jamás podría, el sueño soy yo”, repliqué.

“¿Crees que te esté guiando la razón?”

“Quizá no mi razón, pero mi fuerza será lo que aquí no está.”

“¿Qué querrías, Barlow ?”

“Nada más que lo que ya espero, y por supuesto que no te voy a decir de qué se trata”, corté rápido.

“Igual puedes no decirlo, mas no tendrás nada, nada más que una ilusión”, concluyó perentorio Itzik.

“¿Crees ganarle a Manuel ?”, le pregunté.

“¿A Manuel? Ese es lo que rechazo, lo que mi querer tira, igual que ella hará contigo.”

“Será, pero el tiene lo que no tienes tú, y a ella la tuvo antes que tú, la Dueña de los Sentidos primero fue suya.. te la regaló vacía de besos, áspera a las caricias, libre para denegar, para hacértelo a ti. Permitió que ella contigo no fuera más que la mujer ya vivida por la mente y el cuerpo de otro. Manuel es todo eso, Itzik, y tú eres esto”, sentencié.

“Déjalo Barlow, creo que dentro de poco te ahogarás en los humos de mi rabia.”

“Esos humos te vuelven ciego. Eres un loco en las manos de otro, Itzik.”

“Llévame donde Manuel y vivirás”, refunfuñó el judío y yo, asomando una sonrisa de complicidad, le devolví con la cabeza un gesto elocuente.

 

El paisaje era el típico extremeño; estábamos en el punto más occidental de Europa: Cabo da Roca.

Un fuerte viento me atropelló dejándome medio tambaleando. Teníamos que subir un poco más para alcanzar una casita que parecía destacar, entre ráfagas, en el indescifrable azul del cielo, estribando sobre alfombras de calizo amarillo, con el rojo de la vegetación que a manchas parecía ofrecerse al sol que las había erosionado espasmódicamente.

Más allá, el desplomo; la impotencia frente a ello quitaba el aliento, con la mar embotando fuerte la violencia del viento entre las olas y los rebufos espumosos.

En el patio no había nadie, ni la sombra de un ser viviente. Me deslicé en el interior de la casa y me sorprendió un desorden antiguo.

Todo se había dejado al azar y en los cristales sucios de las ventanas se habían quedado las marcas de los chorros de la mar, acompañados por las ráfagas.

En una mesa unos libros esparcidos; eran lo que más recopilaciones de rimas de de Castro, y de más poetas que con él se habían formado, Brandao, Barreira y no me acuerdo quién más.

Emblemático el hecho que a la base de esos escritos hubiera la imitación del simbolismo y que la locura tuviera en eso un papel de primera.

La Dueña de los Sentidos no dejaba nada al azar, ni siquiera en los sueños.

Por fin entreví una silueta, más allá, en un claro detrás de la casa.

Era el viejo. Se balanceaba en una silla que crujía, aspirando tabaco cuyo humo lo devoraba el viento, cada vez más fuerte. Pero él lo resistía, agarrando con una mano el gorro de viejo pescador y con la otra haciendo señas como para animar alguien a seguir en lo que estaba haciendo: se trataba de un niño, que en el sueño tenía que seguir jugando sin parar ni un momento.

De vez en cuando el viejo se detenía, y de esos descansos profundos y de las miradas solemnes hacia la mar, percibía la secreta importancia que en el sueño tenía esa figura, que tal vez lo regulaba todo, aunque sin tener el poder de cambiar las cosas.

 

“Barlow, ahora me tendrás que devolver tu vida. ¿Por qué lo trajiste aquí?” era la voz de Manuel.

Profunda, ronca al punto que parecía salir de un abismo. La piel levemente embellecida por un toque de ámbar que le daba aun más carisma a esa figura esbelta y enhiesta.

Su mirada sombría, acentuada por el color oscuro de los ojos.

“Me tengo que salvar el pellejo”, contesté mirándole fijo a la cara.

Como si no hubiera hablado, quitó su mirada de la mía y se puso a observar atentamente a Itzik.

Este hizo como para recoger la mirada de desafío enderezando los hombros.

Ahora sólo se podía escuchar el sonido de la mar y los silbidos de un viento más y más impetuoso estremeciendo aun más las almas ya en revuelta.

No sabía hacia qué iba, pero algo sí tenía que pasar.

“¿Sabes que vivimos juntos, tú y yo?”, dijo Itzik.

“Se me olvidó cuando tu orgullo enfiereció contra mi querer”, contestó Manuel.

”Nunca habrías creído en ti mismo si no hubiera estado yo”, precisó el judío.

“¿Tú? Pero si siempre tuviste miedo a mis gestos, a un ímpetu o un rayo que te abriera el alma” añadió, casi irónico, Manuel.

“Tuve miedo al vigor que estaba naciendo y muriéndose en nuestras mentes”, admitió Itzik.

Manuel le observó y, como si estuviera a punto de reprocharle algo, le dijo: “Nunca tuviste el valor de seguir las fuerzas que iban naciendo en ti.”

“Para no morirme tras un torpe estallido de sentidos.”

“Los sentidos, los sentidos... en ti sólo son cristales de piedra opaca para llenar los vacíos de la razón.”

“¡Inmensos rayos de luz que perseguías del alba al anochecer...! Eso es lo que reinaba en mi ser”, gritó Itzik.

“La quisiste para sotraerte a su codicia”, acusó el judío después de una breve pausa en la conversación. Empezaban a hablar de la Dueña de los Sentidos y el tono del habla aumentó de ritmo.

Manuel pareció casi despertar de un entorpecimiento repentino: “Sí, para mofarse de ti cada vez que sus labios rojos y voraces plasmaban mi ímpetu.”

“La tuve con el ardor de uno favorecido por el destino. Mi vida tomaba cuerpo en sus planes”, siguió Itzik.

”Ella para ti es la nada. Buscas esa paz que sólo él te puede dar, pero jamás la tendrás”, siguió el joven ibérico tras haber indicado al viejo con una señal repentina de la mano.

“Quisiera que el último relámpago te silbe entre el corazón y la mente, Manuel.”

“Que el grito del trueno sea para ti afán de fuga, de aquí, del sueño, Itzik.”

Sus amenazas eran lo que de verdadero podía ocurrir en el sueño.

De repente, en un cielo ya lóbrego, un relámpago alumbró todo el paisaje circunstante y el trueno que le siguió hizo temblar a lo bestia los cristales de las ventanas.

Parecía que todo se tuviera que derrumbar y advertí una fuerte sensación de desbandada.

Manuel e Itzik estaban allí, tumbados de un lado con los brazos todavía tendidos adelante como pidiendo socorro.

No me había dado cuenta de nada por lo fuerte y espectacular que habían sido el relámpago y el trueno. Manuel e Itzik, los únicos dos amantes de la Dueña de los Sentidos, los que representaban su locura, la parte extrema y más racional.

Ambos se habían muerto, matados por su propia locura homicida.

 

Tumbado en la cama, casi me despertó el fuerte olor de mi sudor.

Abrí los ojos, miré alrededor y con gusto volví a ver mi habitación. Fuera todavía era de día, pues no había dormido mucho; moví los pies, rodeé las muñecas, abrí y cerré la boca chasqueando la lengua.

Tenía que huir de esa cama, tenía que estar seguro de que seguía vivo, de que aun lo podía hacer.

Bajé a la calle y todo seguía en el nombre de la normalidad. Ninguna seña de lo que me había pasado y al hecho de que la Dueña de los Sentidos me quisiera cargar.

De lejos noté una persona avanzando hacia mi: una figura encorvada, pero de paso suelto.

El viejo tenía su gorro de pescador bien tendido en la frente, se detuvo frente a mí y me observó; me sentía en aprieto y no sabía qué decirle.

Él fue quien tomó la palabra: “Fuiste listo en ponerlos el uno contra el otro. Con ellos, se murió ella también, y normal que así fuera. Disfruta de la vida, colega”, concluyó dándome una manada en la barriga y se desapareció entre los vapores de la testarada a la que Elliot seguía dándole fuerte.