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Franela
( Pablo Franchi – ARG )

 

     Acercándose, a una cuadra, el micro se ve vacío; levanto el brazo e intuyo entrecerrando los ojos una multitud frente a la puerta trasera dispuesta a bajar en la parada. Al detenerse el micro, sin embargo, nadie desciende.

     Pago mi boleto y paso. En el primer asiento, detrás del conductor, un pequeño hombre de barba me estudia con cuidado. Ropa ajada y sucia, un par de bolsas de supermercado a sus pies semidesnudos, tan grasientos como su cabello.

     Levanto la vista: en el último tercio del micro se agolpan, con cierto ordenado criterio de urbanidad, unas veinte personas. Así logran aislarse del pestilente olor que despide el vagabundo.

     Permanezco de pie junto al viejo desafiando con mirada furiosa y decepcionada a la masa del fondo. Ellos sólo observan. “Manga de animales”, pienso, “esto es fruto de la sociedad, no del individuo, tal vez este pobre hombre...” y el pobre hombre me interrumpe con voz suplicante.

     -¿Una franela, jefe? –dice abriendo levemente una bolsa; la voz le temblaba-. Un pesito nada más.

     -No, mi amigo, le agradezco–no me aparté de su lado.

     -¿Seguro, jefe? –me imploró.

     -No, gracias, mi amigo.

     Levantó las cejas y los hombros, aspiró fuerte por su nariz ruidosamente resfriada y escupió furiosa y puntualmente sobre uno de mis zapatos de nobuk.

     Cuando subió la parejita, todos los del fondo, con nuestros zapatos relucientes y nuestros trapitos amarillos asomando por los bolsillos, esperamos con cierto maligno deseo que esos muchachitos de mirada culpadora no compraran la franela a la primera.