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Conversión de San Efisio y Batalla
( Aymer Waldir Zuluaga Miranda – COL )
Mi nombre es Efisio, y algunos me anteponen santo, lo que me da lustre y color. Mi historia inicia en el siglo XIV cuando, en conflicto, fui capturado por Spinello Aretino y reducido mi espíritu a mil quinientos metros cuadrados, en Pisa, Italia. Desde mi confinamiento, pude ver la imponencia de los edificios de la plaza, la grandiosidad de la República Pisana, la manera en que los artistas iban reinterpretando las formas. Desde allí, testimoniaba con la mirada las decoraciones de las estructuras basilicales romanas y me asombraba ante el regreso del uso del mármol. Doy fe, pues, de las reelaboradas estructuras arquitectónicas y decorativas difundidas en el mundo islámico que en la ciudad están y que a la distancia de una mirada contemplé durante mucho tiempo, con la ilusión de alargar un brazo para tocarlas.
Desde una esquina de mi encierro, era fácil embelesarme observando la cúpula de la Catedral y las columnatas internas, o los arcos agudos de la galería del bautisterio y del camposanto; me ubicaba allí y abría los ojos dejando que las imágenes me penetraran como hace el sol en los vitrales. En ese breve espacio vagué, hasta que un cegador y ensordecedor ataque aéreo, durante la Segunda Guerra Mundial; me llevó al claustro del cementerio.
El tiempo y la intemperie me gastaron al unísono, la pintura al óleo donde estoy capturado se vio aún más dañada por los esfuerzos fallidos de restauración, cuando fuimos retirados de las paredes y pegados a lienzos. Oscureciendo mas mi desgracia, el pegamento orgánico usado para endurecer, dañó pigmentos de las pinturas y resistió todos los esfuerzos para removerlo. Los intentos vanos de usar solventes químicos me tornaron aún más opaco.
Hace dos meses llegaron los restauradores de arte, con su cultivo de ávidas bacterias. Su hambre me va expurgando de impurezas, y ya ha revelado las coloridas vestimentas de los ángeles que trazó Arentino para mi compañía.
Siento el recorrido de las pseudomonas cumpliendo su misión, que me va renovando como baño de burbujas tras extenuante jornada. Aliméntense bien, queridas mías, pues siglos de mugre nos cubren a todos tras las guerras.