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APAGÓN EN LA CIUDAD

( Aymer Waldir Zuluaga Miranda – COL )

 

 

 

 

Recuerdo el día que te encontré, mi madre me había regalado un medallón de plata. Lo utilicé como talismán para ahuyentar la soledad y vamos que me ayudó, porque encontrarte, con tu traje gris, en esa confusión fue tan maravilloso como frotar la lámpara de algún genio atrapado. Quedaba sólo una estación hasta Wall Street, me entretenía mirando como se deformaba todo afuera por las rayadas ventanillas del vagón, el subway estaba a punto de entrar a City Hall, pero justo antes la luz roja nos detuvo.  Quienes venían conversando, callaron un instante, para reanudar de inmediato con mayor volumen. Se apagaron las luces y el silencio fue rey, al volver a encenderse, iluminaron una situación tensa y unos rostros adustos que se refugiaban en su rutina, unos tras el periódico, otros, tras unos lentes oscuros, los demás, tras sus palabras, charlando.  Entonces sobrevino el segundo apagón, que ahogó todas las frases pronunciadas. Quedamos en absoluta oscuridad y silencio hasta que nos interrumpió esa voz descarrilada, que a través del megáfono, indicaba que hacer. Minutos después, salí de allí caminando detrás de la luz roja de la linterna del operador hasta la estación de City Hall, seguí mi trayecto hasta Wall Street donde casualmente te encontraría, miré mi reloj con calendario: marcaba las cinco de la tarde y treinta y nueve minutos del 14 de agosto de 2003, era jueves y Nueva York estaba apagada.

La mujer se levantó y fue a ducharse. Antes de salir se puso varios trajes frente al espejo y finalmente se quedó con uno gris. Anduvo haciendo ademanes de elegancia mientras se maquillaba, al poco rato se puso los zapatos de tacón, cogió una cartera tipo sobre y luego de suspirar varias veces y rezar una oración, salió a la calle. El ascensor del que descendió, dejó de rehenes a sus nuevos ocupantes. Ella caminaba con paso enérgico mientras la ciudad se apagaba. Todos los aparatos que dependían de la electricidad dejaron de funcionar, la confusión empezaba en las calles, y la mujer de gris avanzaba por la babel de hierro. Al cruzar la calle, el chirrido de llantas, el ensordecedor claxon y los insultos no detuvieron su andar apresurado. Un hombre joven se puso a su lado arrebatándole la cartera, después de forcejear un poco, el ladrón y su botín se perdieron corriendo entre cientos de personas que comenzaban a hacer lo mismo.  Ella avanzó, decidida hacia Wall Street, sin reparar que el reloj de una de las tiendas que era asaltada, marcaba las cinco de la tarde con treinta y nueve minutos. Una sonrisa se dibujó en sus labios cuando distinguió al hombre del medallón de plata que venía aturdido y extrañado, mirando su reloj. Se puso a su lado y le dijo coquetamente que lo esperaba hacía años. A lo lejos, una radio sintonizaba un programa donde la voz  del presidente Lyndon Johnson sonaba intentando calmar a los habitantes de la gran manzana, era el martes 9 de noviembre de 1965.