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LA FIESTA DE LOS ÁNGELES
( Marco Milani ITA – LA FESTA DEGLI ANGELI – trad.
Eva Barberà del Rosal )
¿- Pero por dónde voy? - estalló Franco al enésimo vuelco del coche cuando se hundía también por enésima vez. - A dónde voy a ir a parar?! -
Aminoró la marcha, fue hacia la derecha y se paró sobre el arcén de la carretera, si se podía llamar así, una planicie rociada de grava y de piedras de terribles dimensiones.
Miró por los alrededores como si buscase algo que fuera la pieza clave de este rompecabezas. Un detalle, cualquier cosa. A la izquierda se vislumbraba una extensión inmensa de girasoles y a la derecha campos de maíz aún por crecer. Solamente se podía ver esto.
- Creo que me he confundido posiblemente de calle, puerca ruina cerda. - Lo dijo un poco a medias, entre lo que fuera muy irónico y aquella conmoción más espontánea. Según las señales o indicaciones se debería encontrar en el centro de un país de al menos dos mil almas, cosa que no se explicaba indudablemente, a menos que no fuesen todos Pitufos, y entonces probablemente podrían estar escondidos dentro de los campos de enfrente ya fueran girasoles como maíz.
Habiendo determinado volver hacia atrás y continuar derecho por la calle principal, afrontando así la cara del tipo que lo hizo acabar allí en medio, con sus indicaciones de atajos seguros; con cuatro maniobras y algún improperio por medio logró invertir la marcha.
Todos estos inconvenientes deberían asimilarse con filosofía, como se suele decir, más bien, habían sido ya prevenidos, de acuerdo como fue denunciado por el mismo periódico, o más apropiadamente “asestado”: Usted conducía bebido más de ciento y pico kilómetros para finalizar, si hubiera conseguido llegar, en un pueblecito de Padua para entrevistar a un viejo, seguramente esclerótico y visionario, y por qué no alcoholizado también que dijera haber visto un Ovni o algo así de este género. En redacción no fueron muy precisos.
Arreglándoselas mejor en el asiento para no sobresaltar demasiado escapando de los inevitables hoyos, realmente del pensamiento, que en cuánto a juzgar por amortiguadores aquel coche, su coche, hacía de ello justamente asco. Ya era casi hora de cambiar de auto.
No había recorrido todavía unos doscientos metros, cuando a causa de un estallido el coche derrapó. Después de un instante de pánico logró frenar, y después de algunos vuelcos causados por el pinchonazo, se paró, y comenzó a gritar como un loco.
Ningún consuelo esta vez, todo era demasiado duro para él, también y sobre todo porque se acordó de repente que la rueda de recambio no estaba en el coche. Hace al menos un mes se había prometido a si mismo hincharla, pero siempre lo posponía.
¡- Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! - Se bajó del coche cerrando la puerta con violencia. Vio que el neumático delantero de la rueda izquierda estaba sobre la tierra y le dio una patada. ¡- Idiota tu también! Qué rueda más asquerosa. -
Se percato que cerca de la llanta había un clavo hundido, de aquellos hermosos grandes y enmohecidos para coger el tétanos con sólo mirarlos. Dijo gritando enfadado. ¡- Okkei! - respiró profundamente - Ningún problema. Una llamada al servicio vial y haré dos servicios en uno: recuperación del coche y además todas las informaciones que me sirvan. - Pensar en positivo era uno de sus puntos sólidos y firmes.
Extrajo del bolsillo de su chaqueta el teléfono móvil, última moda, supermini y ligero como una pluma, toda una joya tecnológica. Lo encendió con el interruptor, al principio lo había apagado para evitar molestias en el camino, mientras se concentraba controlando y guiado por las indicaciones viales, luego marcó el 116.
- Y vaya con la línea, carajos contigo!... - Lo sacudió y se preparó para volver a marcar el número. Señal acústica señal acústica. ¡- Mierda! Está descargado. - Una minúscula inscripción bat en negro sobre un fondo verde relampagueó algunas veces antes de que el teléfono muriera inexorablemente. - Y no, no puedes. Me has costado un montón, bestia infernal de aparato del c... Va béh! Ya lo he entendido todo. -
Y de esta manera volvió a meter el móvil en el bolsillo, cerró el coche con llave y se encaminó a lo largo de la calle llena de hoyos, sin haber oído nunca hablar de asfalto por allí.
Con anterioridad no se había dado cuenta de que había una casa, quizás la única en toda aquella larga calle. Recorrió acerca de un kilómetro, probablemente algo más, cuando a su izquierda vio los tallos delgados de plantas de maíz en época de crecimiento.
Una callejuela debía haber aquí en medio para llegar a aquella casa bendita. Caminó durante otro par de minutos y vio la senda. Se adentró por ahí maldiciendo un callo que tenía debajo del pie, que lo hacía cojear ligeramente. - Con la poca suerte de toparme con un perro. Aquello grande, enorme y baboso. - añadió torciendo la nariz ante la mínima posibilidad - Libre y sin bozal, que apenas me ve empieza a correr detrás de mí gruñendo. Sabes qué alegría. -
En cinco minutos alcanzó un minúsculo corral y tocó el timbre de una casita vieja y decadente, que parecía que estaba habitada. Esta vez ningún perro por suerte. Había en aquel lugar cierto sentido del orden. Hierba no muy crecida, un montón de leña bastante arrinconada. Macetas de flores que estaban alineadas cerca del muro por orden de tamaño, decreciendo hacia la ventana.
Una cortina se apartó de la ventana a su izquierda y a través del vidrio opaco por los años, se vieron dos ojos vivos encuadrados en un rostro delgado y arrugado. Después de unos segundos la puerta se abrió lentamente chirriando y apareció una viejecita menuda con una sobrerropa larga y unas babuchas en los pies, iba completamente ataviada de negro.
- Buenos días señora. Disculpe si la molesto, pero se me ha pinchado una rueda, la delantera - indicó la dirección con el brazo tenso - si pudiera utilizar su teléfono para llamar a la asistencia vial le estaría muy agradecido. Naturalmente le pagaría por la molestia. - Como se esperaba por todo lo nefasto que había sido el día lógicamente la viejecita no tedría teléfono en casa.
- Sr. ta - corrigió con un tono de voz tenue y mas bien bajo.
- Sr. ta, sí. Perdón.-
- Incluso venga. Sr... -
- Tosi. Franco Tosi. Soy periodista y vengo de Milán para entrevistar a una persona. - dijo apresuradamente. Ser periodista a veces ofrece alguna ventaja.
La viejecita, a pesar de la edad, se presentaba indudablemente como inteligente y aguda.
Lo precedió a paso rápido y lo condujo hasta delante de un teléfono con teclas. “Y también bastante en forma” se mostró muy atenta ciertamente.
¿- Le apetece un té frío, Sr. Franco? - Le preguntó mientras él marcaba el número. - El país está a diez kilómetros y por ello tendrá que esperar un poco. -
Franco sonrió y aceptó agradecido por la gran amabilidad que mostraba su huésped.
Realizada la llamada, le agradeció con sinceridad, confirmando la afirmación anterior de quererle pagar por la molestia que le había acarreado, pero fue un gesto en vano, ya que la mujer se manifestó inamovible no queriendo aceptar de ningún modo remuneración alguna. Lo invitó sin embargo a sentarse en el sofá cerca del teléfono y se alejó.
Volvió con una tetera colmada de té, dos tazas y algunas galletas sobre una bandeja que parecía de plata, y si no lo era al menos brillaba así. Las galletas tenían el típico aspecto de aquellas caseras, diferente forma unas de otras, pero muy atrayentes.
Él la llamó por su nombre, Agnese, y le contó sus últimas desventuras un poco para iniciar y encaminar la conversación y dar así tiempo a la espera del socorro.
¿- Y está aquí por el encuentro? - intervino ella, variando completamente el discurso.
¿- Cómo? -
- Le he preguntado si está aquí por el encuentro. Un periodista no se pone nunca en marcha por ninguna causa insignificante. - repitió.
- Estoy aquí para entrevistar... espere que le digo el nombre, lo he escrito en alguna parte. Pudiera ser que me dijese usted hasta donde puedo localizarlo. - se metió una mano en el bolsillo derecho de los pantalones y sacó un papelito arrugado. - Rainiero... Rainero Walter. ¿Calle Matteotti veintiuno... Pero con qué me encuentro? -
- La Fiesta de los Ángeles. Si tiene que hablar con el viejo Walter, está muy relacionado con la Fiesta de los Ángeles. También si hubiese tenido que entrevistar a otra persona, hubiera sido por motivo de la Fiesta de los Ángeles. Es la única cosa que mueve al país, su eterno letargo. - añadió cándidamente.
- No. - afirmó sorprendido alargando los brazos. - No sé absolutamente nada. Pero si quiere decirme algo... -
- De todos modos no le habría llamado otro sino el viejo Walter. Pobre hombre, tiene problemas serios de memoria. A veces no recuerda tampoco cualquier cosa que ha hecho antes de una hora, y es capaz de repetir las mismas cosas durante todo un día como un disco rayado. -
La anciana fijó su mirada en la de Franco. - No le creerá nadie, dijo a continuación, en el caso que quisiese escribir un artículo y contarlo a todo el mundo. Sabe, también los han fotografiado, pero luego al revelar las fotos los negativos no salieron. No es la primera vez. -
Carajos con los Ángeles, pensó. La vieja Agnese me parecía una personilla cuidadosa y equilibrada y sin embargo...
¿- Sin embargo qué? - ella dijo aprovechando aquel momento de distracción. ¿- Has pensado que yo era cuidadosa y equilibrada y te contradices? -
Franco se sintió con todo esto mal. - Pero... no he abierto la boca... yo -
La viejecita menuda le sonrió amablemente. Su mirada era como un dulce que encuentra un gatito rebotado delante de la puerta de casa. - Hay tantas cosas en este mundo que no conoces, hijo mío. -
¿- Me has leído el pensamiento? -
- Usted ciertamente. ¿Lo encuentra... extraño? - Agnese habló con él ahora manteniendo ese tono maternal que había asumido gradualmente.
No es posible, Franco pensó. Estoy montando el número, debe ser el stress...
- No es el stress y no está montando el número - enseguida la anciana insistió sin darle tregua - tómelo como una evidencia. Algo anómalo ciertamente, un regalo más que como la madre naturaleza, si quiere, pero realmente una evidencia y ya basta. -
Franco se sintió con esto bastante confuso. La anciana expresó un “qué” hipnótico, con un tono convincente, bueno y extraño, al mismo tiempo y de un modo definido.
¿- Quiere saber de los Ángeles? - le acosó de nuevo atrapándolo de repente.
- Sí. - La respuesta le vino automática. Su boca permaneció abierta al mismo tiempo que articulaba en la misma posición.
- Está bien. De cualquier modo sabe que, nos crea o no, no logrará probar nada en el primer caso, y no verá nada tampoco en el segundo. Siempre ha sido así. -
Franco gesticuló moviendo arriba y debajo la cabeza de un tirón. Su estado mental le sugirió que era mejor escuchar la historia de Agnese que tanto pensar. Las decisiones serían propuestas después.
La vieja comenzó a narrar con una voz sosegada y agradablemente entonada.
- Cada año aquí en este país tiene lugar la Fiesta de los Ángeles. Se inicia a medianoche del Solsticio de verano, el veintiuno de Junio, y continúa avanzando hasta por la mañana.
No se desarrolla particularmente en el país, aunque de aquí a allí la distancia es casi la misma. Continúe por esta calle, después de cuatro o cinco kilómetros doble a mano izquierda para luego subir. Cuando vaya por aquella calle principal, poco antes de llegar al centro hay una callejuela más estrecha que ésta. Hacia la derecha no está asfaltada, como casi todo el resto. Se cansa uno de ver como va brotando la hierba, pero el que busca encuentra, como dice un refrán, y una vez entrando en ella continúa recta por un trozo y luego va en ascenso. Las dos te llevan a un cerro que en una línea aérea distará ocho kilómetros más o menos, y sobre él hay una villa con un parque pequeño además muy bonito y florido. Allí todos los años, como antes dije, los Ángeles se juntan y organizan una fiesta por la mañana, libres de toda limitación terrenal. Parece que llegan a unirse cientos de ellos, pero es difícil reconocerlos, porque ellos se camuflan como uno de nosotros, y logran ocupar la villa sin hacerse notar. Verdaderamente no sé cómo alguno ha sido reconocido, aunque no siempre la verdad, y algún otro más se ha visto escapar de nosotros volando. Quizás la entrevista que tiene que hacer no concierne tanto a un avistamiento Ovni, aunque algunos de ustedes hayan anunciado su “liberación”. -
- No me parece haber hablado nunca de avistamiento Ovni. - Franco objetó interrumpiendo el discurso.
¿- Siempre es necesario hablar de las cosas para saber de ellas? - La expresión de Agnese relució con una tranquilidad que desarmaba.
¿- Y luego? - Calló Franco con la pausa de la anciana, no restándole nada que refutar.
-Y luego basta ya, eso es. Ha llegado el coche de asistencia vial. - Se escuchó el ruido de un frenazo y el distinguido balbuceo de un motor diesel, y todo fue como romper un hilo. Franco se despertó mas bien por un hechizo con las prisas por volver a partir.
- Bien Agnese... - Inició la frase con notable incomodidad sacando la cartera. - insisto. Quiero compensarte por la molestia. -
Ella se acercó y le puso las manos sobre las suyas, absortas con el asunto de los billetes, lo paró y dijo: - Déjalo estar. Un té en compañía y dos charlas entre amigos, con esto tengo más de lo que se puede pedir. – Sonrió. - Eres un buen chico. Recuerda una cosa: los hechos son reales, pero otra cosa totalmente distinta es demostrarlos. Sin ser algo objetivo no puedes hacer absolutamente nada. Y cuando se trata de algo “diferente” -subrayó la palabra - entonces tampoco una demostración concreta sirve para nada. No te dejes influenciar y sigue lo que te dicta el corazón... y quizás también tu estrella. -
Por enésima vez permaneció sin palabra y bastante trastornado debido a lo anormal del diálogo. Franco se dejó acompañar a la puerta, murmurando un casi “gracias” apenas distinguible. Se volvió para mirar el coche de asistencia vial amarillo y azul con la inscripción RACE-116 en la puerta, e hizo una señal al chofer. Se volvió para buscar a Agnese, pero ésta ya no estaba allí, y la puerta de la casa estaba cerrada. No había hecho el menor ruido, cuando fue el coche de asistencia vial el que con su tronar crepitante de motor diesel lo invadió todo.
La bocina del coche de asistencia vial lo volvió a llamar, y una vez turbado, se encaminó rápidamente a subir en la cabina junto al chofer.
Fueron suficientes tres horas largas para recuperar el coche, llevarlo al taller del país, y de alguna manera arreglar la rueda además de hinchar el recambio.
Entre tanto Franco, se informó sobre dónde podía localizar a Walter Rainiero, puesto que se olvidó de pedirle a la vieja Agnese que se lo recordase; garabateó una especie de mapa del lugar con los puntos principales de referencia que le interesaban: La casa de Walter Rainero, que estaba a una distancia de un par de kilómetros de la parte opuesta en dirección a su llegada, demasiada distancia para ir andando a hacer la entrevista. El centro del país con sus dos carreteras principales que se cruzan en “x” con una pequeña plaza en medio. La casa de la vieja Agnese tan extraña y simpática, y por fin la colina de los Ángeles con un acceso de dos calles.
La historia lo estaba atrayendo, aunque también se podría exagerar como si se tratase de algo todavía más sobrenatural. Quizás no sea bastante jugosa para un artículo de portada, pero unas cuantas líneas en las páginas de las curiosidades le habrían dado a su bolsillo un poco de dinero, y a lo mejor si quedaban bien, se realizarían una serie de artículos sobre este tema. Las noticias de aquel tipo despertaban la curiosidad de más gente de cuanto pareciese, lo sabía por experiencia personal. Estaba muy absorto en ello, tremendamente interesado y animado a seguir adelante.
Alguna voz de entre los lugareños lo habían captado ya. Chismes parecidos a los secretos de estado, voces en tono bajo que resurgían en la presencia del “Extranjero” que vagaba por el país, medias frases soltadas aquí en una extraña y total agitación, que crecían en ascenso. Todos sabían pero nadie hablaba abiertamente. Merecía la pena saber de ello sobre todo por parte de un buen periodista, e intentar además descubrir algo.
Llamó por teléfono al periódico de un bar, ya que su teléfono móvil estaba en el coche cargándose.
De vuelta al taller engatusó al mecánico mientras esperaba, intentando sacar alguna información, pero un muro habría sido ciertamente más locuaz y quizás también más inteligente.
Hacía poco que habían tocado las cinco postmeridianas cuando, de humor negro remontó en su coche, después de haber sufrido una sangría en la cartera para pagar los trabajos de este. Con la misma cantidad habría podido comprarse por lo menos un tren con ruedas nuevas. Al cabo de diez minutos Rainero se había acomodado ya sentado en una mesa, con cocina casera, un vino ante él que no tenía nada que envidiar al gusto del ácido muriático.
Walter Rainero aparentaba al menos unos setenta años. Mostraba claramente malestar en presencia de Franco. Se percibía notablemente que quería hablar, pero se comportaba de un modo titubeante, el típico titubeo de quien quiere decir algo sin pasar por ignorante, estúpido o papanatas, y no sabe por dónde empezar.
Haciendo alarde de su profesionalismo en su carrera de periodista, Franco le ofreció la mayor comodidad que pudiese, y después de alguna frase muy cortés y un mínimo de estímulo Walter comenzó cauto con su historia; al principio de un modo un poco inconexo, nervioso y lleno de pausas, después y paulatinamente más seguro y preciso en los detalles, convencido en la exposición y convincente en la argumentación.
- Ha tenido lugar hace dos días. Fue por la tarde a las siete, exactas. Estoy seguro en cuanto a la hora, apenas miré el reloj porque estaban tocando las campanadas aún en el país. Acabé de zapar el huerto y me fui a casa para refrescarme, porque estaba sudado y lleno de polvo, después de toda una tarde no encontraba el momento justo, cuando con el rabillo del ojo vi algo sobre la casa. No sobre el techo, sino sobre el aire, hacia arriba. Me parecieron dos pájaros grandes, ¡pero qué dos pájaros! Eran demasiado grandes. El suceso me pareció enseguida anómalo debido a aquellas dimensiones. Si antes distraídamente, no le hice caso, un momento después tuve curiosidad y quise saber de qué raza eran aquellos pájaros. Miré hacia arriba y los vi. Eran hombres con alas. -
El viejo paró de hablar y Franco observó, seguramente para analizar la reacción.
Este permaneció serio y siguió demostrando interés exhortándolo a retomar la narración -
Interesante. Había captado algo con esto. - Echó el anzuelo con la frase que ya había sido aceptada en otras ocasiones. - Continuó incluso con la petición, si había algo más. -
No, no le rogué que me lo repitiese.
¿- Increíble verdad? Hombres con alas. Estaban desnudos, con alas blancas y grandes, y parecía que estuviesen hablando entre ellos como si estuviesen paseando por una plaza. Se escuchó una especie de campanillas al fondo. Las alas se movían lentamente, estaban... suspendidos en el aire. Los perseguí durante al menos cinco minutos, luego desaparecieron entre casas y árboles y ya no los volví a ver. Anduve también por la planta baja de la casa, más tarde por la ventana del desván, pero no los he vuelto más a ver. Me sorprendió, de veras. Me bebí un par de vasos de vino para reestablecerme. Quizás fueron también cuatro o cinco los vasos, no importa, no estaba borracho cuando los vi. Después quizás... seguro, pero al principio no. Puedo ser exacto en mi declaración. -
El hombre, Walter, se dirigió ahora hacia Franco, de cuya reacción dependía indudablemente el modo de continuar con su contacto. O habría continuado como un río de caudal lleno ante un público receptivo, o se habría escudado tras el más completo silencio ante un comportamiento incrédulo o poco claro.
Franco apuntó todo rápidamente en un bloc de notas, las partes esenciales principalmente. Terminó de escribir las últimas palabras y dio la vuelta a la hoja. Un ligero picor sobre la base del cuello lo incitó a prestar más atención. No había creído nunca en lo sobrenatural pero... era una cosa que percibía. El viejo no estaba mintiendo. No le parecía ni estúpido ni tampoco un caso de alucinación, y además existía un no sé qué que impregnaba toda la zona. Era como si alguno hubiera dejado por ahí toneladas de un gas particular y el ambiente resultara saturado. ¿Se olía esto y se captaba su intensidad? ¿El que fuese una cosa tanto preocupante como excitante, daba motivos para que se complaciese en descubrir algo anómalo, algo... diferente? ¿- Qué dirección tomaron los Ángeles? - se calló.
- Hacia... - el viejo se bloqueó. Hasta ahora la palabra “Ángeles” no había sido nunca usada, ni en un tono más extraño. ¿- Usted sabe algo, de verdad? - Walter cambió el tono. Ahora se parecían más a un par de amigos que de pequeños creían en las brujas y ya de adultos y después de muchos años de cruda realidad, descubrían que aún creían.
A la pregunta Franco no contestó pero señaló un sí afirmativo, moviendo la cabeza.
- Fueron hacia la colina, a la villa, indudablemente a la Fiesta de los Ángeles. - Hizo una pausa reflexiva de al menos unos segundos antes de retomar. - He pensado en ello después... por este motivo he llamado por teléfono. Mi memoria es así, va y viene. Es la edad, me dice siempre el médico. ¿No es para reírse? Cuando mi cabeza funciona, estoy convencido de no tenerla, y cuando no funciona estoy convencido de todo lo contrario. Yo no vivo aquí hace mucho tiempo, un par de años sólo. La casa era de mi hermanastro, me la dejó cuando murió. Había oído hablar muy poco del país de los Ángeles y de la Fiesta, porque me parecía que eran diálogos que debían ser mantenidos entre los lugareños, y últimamente he oído algo más. Quizás empiecen a considerarme uno más. En todo caso he oído hablar... no vi nunca nada de esto, a diferencia de otra gente. Es diferente la diferencia entre oír decir y ver. Es diferente, y mucho. Quizás no deba, pero ya he llamado por teléfono y he hablado sobre los Ángeles que existen aquí. No pensé que viniera nadie. -
Franco hizo una sonrisa. ¿- Sabe algo más de esta fiesta? - Preguntó, continuando con una letra cursiva inteligible tan sólo para pocos.
- Casi nada... -
Franco percibió lo mismo, pero en grandes líneas, aquello que la vieja Agnese ya le había referido con anterioridad.
¿- Por qué llamó por teléfono? -
La pregunta dejó perplejo a Walter.
- Entiendo - hizo Franco por explicarse mejor - el motivo real. ¿Quiere dar a conocer a todos la existencia de los Ángeles, o lo retiene un fenómeno que quiere estudiar, o desea eliminar un peligro u otra cosa cualquiera. Por qué? -
La respuesta fue un - no lo sé - y después de una pausa añadió: - Miedo. Tal vez. -
¿- Tiene idea del motivo por el que esta noticia no ha dado todavía la vuelta al mundo? Y es que se trata de una noticia bomba. Alguien me dijo que nunca lograré probar nada, aunque consiguiera ver y comprender algo. -
Walter no le supo contestar. Para Franco estaba claro que había llegado el momento de despedirse, pues el argumento se había terminado. Ningún otro comentario, ninguna petición, ninguna promesa. Un hasta luego intercambiado por ambos en el umbral de casa, conviniendo en un “adiós”, un “hasta nunca jamás volver a vernos”. Era normal.
Franco estaba en el coche, iba en dirección hacia el centro del país.
Muchos pensamientos lo tenían en un estado de confusión del que no lograba liberarse. Una idea en particular se abría paso a empujones en aquel barullo, y se resistía a toda tentativa de ser anulada.
Su parte pensante más prudente le propuso callarse allí, sugiriéndole que el encargo había sido llevado a cabo, y con esto pudo escribir no uno pero sí dos artículos, lo que le habían dicho primero Agnese y después Walter, uno sobre los Ángeles y el otro sobre el avistamiento; de tal forma que podía estar de vuelta y sin romperse el cerebro inútilmente.
Su parte menos racional, la instintiva salvaje y curiosa le decía que llegase a la villa espoleándolo con indagaciones.
Fuera de lo común pero verdadero; era una de las pocas veces que esta segunda parte estaba a punto de lograr tener ventaja. No era por temor o por pereza, pero no merecía realmente la pena. Esta vez no obstante se trataba de una de las pocas ocasiones en las que el asunto parecía interesante.
Faltaba poco para la calle excavada que conducía a la casa de la vieja Agnese, y luego continuaba a la colina de los Ángeles. Todavía vacilante a la hora de tomar la decisión, aunque solamente era una pro-forma de tipo psicológico. Ya en el cruce dobló bruscamente en el último instante rozando el arcén de la carretera.
- Bien, ahora se baila. - Fueron las únicas palabras en voz alta de todo el trayecto. El hecho de hablar solo no le resultaba muy satisfactorio, por ello paró en la base del cerro en medio de algunas hileras de vid dispuestas en el centro de un campo de girasoles.
- Sitio indicado para esperar la oscuridad y luego partir. Mientras tanto algunas llanuras poco iluminadas se podían ver al azar. - Con este buen propósito bajó del coche, y buscó la linterna en el maletero. Según como iba avanzando el día era mejor controlar si funcionaba y con esto esperar. La encontró y la probó. Todo va bien, al menos esta linterna.
Se sentó en el coche suspirando. Era el primer momento de un poco de relax. Miró la hora en el reloj del salpicadero. Diecinueve y treinta. Había dejado la habitación de Walter Rainero alrededor de las dieciocho y media, después de haber estado juntos durante una hora larga. No tuvo que esperar demasiado para entrar en acción, una hora y media o tres cuartos de hora máximamente.
Entrevió la villa y le pareció desierta, pero ese sexto sentido tan famoso se hacía más intenso cuando le delataba la presencia opresiva de alguien más. Suspiró de forma bella apoyando los hombros en el respaldo y extendió la cabeza hacia arriba, de tal forma que observaba el horizonte. Los raros zarcillos entrelazados en medio se tumbaban desordenadamente sin lograr alcanzarse entre hilera e hilera. El cielo estaba límpido, azul estriado de blanco de vez en cuando con alguna nubecilla inconsistente. La primera nota roja de abajo le hizo presagiar un inminente y tranquilo ocaso de final de Primavera.
Permaneció así, en estado contemplativo. La intensidad del día y el calor comenzaron a hacerse sentir en el primer instante de verdadero relajamiento, el cual se concedía después del madrugón matutino, el viaje y el resto.
- Todavía una media hora después y más tarde... - se dio cuenta que estaba abandonando rápidamente el mundo real hacia otro dónde se vaga con los ojos cerrados. ¿Era realmente que estaba cansado? ¿Logró preguntarse antes de dormirse, o fue... cualquier otra cosa?...
El despertar fue brusco.
Un sonido agudo aunque lejano le hizo sobresaltar, penetrando en el aislamiento creado por un sueño profundo.
Estaba oscuro. Se dio cuenta prácticamente en seguida, y miró el reloj del salpicadero del coche. La sensación de haberse quedado adormecido por un instante era completamente descontada. Medianoche.
El “Periodista” se apoderó casi en seguida de la entidad de Franco, desbancando todo lo demás. El “casi” era una caterva de improperios lanzados mentalmente por un buen profesional como lo era él, para no provocar rumores.
Salió del coche y se dirigió hacia la calle, dio unos pocos pasos bordeándola y alguno más en la sombra posiblemente. La luna y las estrellas eran bastante sustitutas dignas de las farolas.
Con la mente desocupada intentó inútilmente descifrar sonidos y ruidos que provenían del cerro. Llegaban seguro de la villa. Algo estaba sucediendo y él lo había descubierto. Había dormido profundamente para no darse cuenta de nada, pero ya no podía recriminarse nada.
Pasados unos doscientos metros y después de una curva a mano izquierda ascendiendo, pudo ver la construcción de perfil. Todas las ventanas estaban iluminadas, nada antinatural, únicamente un gran derroche de electricidad.- Se pondrá contenta la compañía de la electricidad cuando envíe la correspondiente factura a pagar. - pensaba Franco, haciendo una mueca o gesto con la boca, como una ligera sonrisa.
Continuó subiendo y se puso a meditar sobre toda la historia de los Ángeles. Empezó a hacerse la idea de que fuese solamente una tontería en la que estaba perdiendo el tiempo además, yendo a investigar a una fiesta mundana de empresarios y advenedizos, que beben como esponjas y esnifan quilos de coca, con guarnición de canapés de caviar y prostitutas de clase. Retomó la subida y llegó, después de la última curva a unos cincuenta metros del límite de la propiedad.
La villa más o menos de dos plantas, con una entrada central. En cuanto a esto último existían dos puertas por planta con un balcón respectivamente. Había tres ventanas a la derecha y otras tres igualmente a mano izquierda, también luces interiores, todas encendidas, que amplificaban los rasgos extraños del exterior iluminados por un blanco resplandeciente de por sí, haciendo destacar en aquella mezcla de sombras y formas geométricas, que se formaba en la intersección de todas aquellas proyecciones.
Un pasaje ancho alrededor de cuatro metros, limitado por un par de pilones de piedra, desde donde se veía un muro bajo de un metro escaso, era el único acceso que se aseguraba, e iba directo a la puerta principal, después de atravesar unos sesenta metros de grava blanca y gris. En el exterior no existía fuentes luminosas. Se adentró en el camino y se paró después de dos pasos para observar cuidadosamente.
Ahora sucedía, una cosa extraña. Ningún automóvil ni ningún otro medio de transporte se podía observar en aquel aparcamiento que había surgido de una forma vegetal no muy comprensible, al menos en esta condiciones de oscuridad. A lo mejor están aparcados en el otro lado, supuso, pero sabía que no era así.
Continuaba escuchando un gran murmullo, mucho más fuerte, pero todavía inaprensible. Parecían en todo caso voces, muchas voces agudas y sobrepuestas. No había ningún síntoma de movimiento, se manifestaba un estatismo general por doquier fuera de lo normal.
Le vinieron a la mente casi todos los títulos de las películas de Hitchock, y se detuvo un instante más en las imágenes rememoradas de “Pájaros”. Mirlos, palomas y sus colegas halados infestaban el cielo como una invasión de saltamontes. En la escena se veía mientras tanto un par de ellos que estaban despegando, desde un simple merodeo en el aire hasta hacerse en el vuelo de una vez enloquecidos por la velocidad. Bajando se agrandaban, pero no sólo por el acercamiento. Sus dimensiones continuaban aumentando, y dos palomas, ¿palomas? se transformaron en dos hombres desnudos con alas grandes y blancas adheridas a la espalda, que se movían vibrando. Casi estaban por encima del propietario cada una de estas alas, pues eran más grande que él. Los oyó trinar con sonidos cristalinos, y mientras estuvieron a punto de atraparlo, la imagen se desvaneció. Quizás el miedo le recordó inconscientemente que estaba delante de un chalet con un “tiempo congelado” y no en una película.
“¡¡Tiempo congelado!!” La idea que emanaba lo llevó tan sólo a verificar mirando el reloj, aunque éste prosiguió con su trabajo señalando como avanzaban segundos, minutos y horas. Otra desilusión en aquella situación irreal, la cual desenvolvía la dirección de su pensamiento, que arriesgaba su propia transformación en un ser asustadizo neurótico sin ninguna idea sobre cómo llevar a cabo la investigación a partir de ahora. Él como periodista profesional se enfrentaba contra este grave problema.
Repentinamente se percató de un olor especial, aquella presencia olfativa casi tangible que se hallaba en toda la zona, pasando desapercibida tal vez por la costumbre; le hizo inhalar intensamente con el olfato como si se tratase de una simple apreciación de un cambio de estación.
Intentó catalogarlo, pero no conocía aquel olor. Su sistema lo archivó entre los nuevos, y mientras tanto un impulso interior bajo forma de “bocina” le incitó a apartar todo temor e impedimentos que lo mantenían al margen, decidiéndose a entrar en aquella casa finalmente. Fue de una vez por todas a ver qué misterio había dentro, ángeles o no, Hitchcock o no.
Se encaró en el último trecho y se paró delante del portón de entrada, dándose cuenta de que aquel olor le estaba como invadiendo la mente, quitándole lucidez y atención. Continuaba oyendo ese murmullo de voces, pero ahora parecían más lejanas.
Buscó el interruptor del timbre riéndose cuando pensaba en un querubín con el arpa, que se presentaba suspendido en el aire y que lo invitaba a entrar después de haberle abierto la puerta. Le anunció: “Franco Tosi, periodista. Sin invitación no puede probar nada. Acomódese.”
¡- Despierta lelo! - se dijo sacudiendo la cabeza. - No es momento ahora de tonterías. -
Respiró profundamente, pero se sintió con falta de claridad y cohesión mental, su cabeza le funcionaba tan pesada como después de una borrachera. Con un esfuerzo, no de una manera indiferente, se concentró en el acceso notando la asimetría de los dos postigos. Estaba abierta.
Se acercó a la puerta y lentamente la empujó haciendo una grieta, entonces trató de mirar dentro, y no vio otra cosa que un rincón de una habitación iluminado. Continuó por un pasaje mayor, metió la cabeza por allí incautamente, pensando que en un estado de total normalidad él no se hubiera comportado así, de esa manera tan poco inteligente; pero ahora se trataba de otras circunstancias. Estaba ebrio, justamente como después de ingerir alcohol u... “oxígeno puro”. He aquí la idea que vagaba entre las paredes de su cráneo sin lograr interconectarse, oxígeno; respirarlo tienes los mismos efectos que una borrachera. ¿Qué sería la causa de su estado eufórico actual? ¿Alguien...?
Su pensar quedó concluido con un “borrón y cuenta nueva”.
Estaba seguro de que la habitación se encontraba vacía, y de este modo entró en aquello que no era sino una habitación vacía y perfumada... Era como si el suelo se hubiera volatilizado junto con la habitación anexa. La sensación de vacío bajo sus pies duró un instante, sustituida por una idea de ligereza extrema y que le empujaba hacia delante. Luz blanca, tenue y burbujeante simultáneamente. Se encontraba inmerso en suspensión.
Las voces se encontraban ahora amplificadas alrededor de todo este escenario, pero no tenían una dirección ni tampoco un significado claro. Franco quedó fascinado e hipnotizado, y después de un momento prolongado se sintió parte de ello, integrado hasta la médula en aquella cosa que no se sabía qué era ni de donde venía, o si era algo cuantificable, clasificable o no.
Todo le resultaba familiar, hasta demasiado. Era una sensación que le venía desde dentro, en alguna rescisión de aquella alma quizás mucho más vieja que su propio cuerpo. Una envoltura, le pareció adecuada la definición, sintiéndose como un hombre dentro de la carcasa de un coche que está a punto de ser aplastado y prensado por un demoledor de coches.
Habiendo dejado al periodista fuera del chalet, siendo este reemplazado por otro. ¿Humano? Puede ser... pero indudablemente diferente. Conocía esta diferencia, porque se le había declarado en toda su memoria ancestral.
Era como si un viejo cajón se estuviese abriendo lentamente y dentro, objetos muy viejos depositados, se recondujesen, uno cada vez volviendo así a su mente, su recuerdo con su historia relativa. Una historia agradable o menos, particularidades de la vida pasada que estallan en la memoria como fotogramas de una película y que hacen en todo caso acabar en una sonrisa.
Y de este modo, instante tras instante, recuerdo tras recuerdo, Franco se encontró con Ángel entre los Ángeles.
La colina relucía de rayos claros que se difundían en el cielo como los resplandores de un crepitante fuego blanco.
Ya pasaba de medianoche, y la vieja Agnese echó la cortina de la ventana, pensando que debía acostar ya sus ancianos y pesados huesos también.
Su tisana estaba prácticamente lista, cuestión de que sonasen los primeros segundos del temporizador del hornillo. Le esperaban algunas páginas de un libro, acostada en la cama, y luego derecha hasta el alba de un sueño mágico reparador. Hasta un poco más tarde, ya que su reloj biológico marcaba las diez como la hora de despertar. Diez minutos más tarde y estaba ya bajo las sábanas metida.
Tomó de la mesilla de noche un libro desgastado, muy desgastado, se lo puso en el regazo, con la intención de leer en la cubierta oscura hecha no se sabe donde, pero verdaderamente bastante raída.
¿Cuántas veces lo he leído? Se preguntó. Tantas. En su vida “tantas”, respondió, esperando poder leerlo más veces aún.
“LAS HABITACIONES DE DZYAH - Traducción del texto latino de...”, el resto fue borrado por la censura y era ilegible. El título, escrito con letras argentadas, también estaba casi borrado, pero era comprensible por entero. Un marcalibros y un listel destacaba en la mitad del volumen.
Abrió el texto por la señal del marcalibros y se puso a leer una página amarillenta con los bordes matizados en gris desde el punto en el que se había quedado. La luz del tragaluz daba una señal de bajada de presión, luego, después de un par de rápidos resplandores, retomó su carácter normal en cuanto a gas...
“... y en esta habitación DZYAH en la cual contempla los Ángeles; en el último peldaño de la jerarquía tenemos a los Ángeles olvidadizos, los que saliendo de su cielo reservado, no logran retener la memoria del lugar, vagando en fin extraviados por los mundos sin que tampoco los Ángeles del penúltimo cielo logren que la recobren de un modo u otro. Este es el primer recuento...”
Había sido una jornada larga para ella. La vieja Alice se durmió con el libro apoyado en su regazo, mientras fuera en la colina, relámpagos de luces blancas parecidas a los estallidos iluminaban silenciosamente esa característica típica de un cielo nocturno. Todo esto continuaría hasta el alba, cuando el sol con sus primeros resplandores en el horizonte habría decretado el fin, también para este año de la Fiesta de los Ángeles.