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TOMASSO
( Marco Milani ITA – TOMMASO – trad. Eva Barberà del Rosal )
Tenía quince años cuando experimenté los albores de mi primera casa infestada de fantasmas.
El encuentro con su ocupante no fue nada trascendente, una vez superado el trauma inicial obviamente. El encontrar a Tom, el espectro del muchachito de doce años muerto cuatro años antes en el cuarto de estar de la planta baja, dio paso a mi dichosa carrera, desde entonces ambientada con casas habitadas por inquilinos “particulares”, cientos de ellos visitados por mi; encontrando tipos de lo más dispar.
A propósito me llamo Antonio, tengo treinta y cinco y estoy a punto de jubilarme. Definitivamente. Un cáncer en el pulmón izquierdo me ha hecho ir tirando hasta hace tres días. A la espera de la opinión del médico, ahora el tiempo me regala sus horas. Bueno, venga.
Volviendo a retomar el tema de aquella casa, tengo que decir que no había una puerta con cierre al entrar, sino sólo dos ases de madera carcomida, que cruzadas y clavadas sin cuidado por la parte externa, no impedían a un quinceañero delgado como la empuñadura de una escoba colarse sin problemas.
Tenía un poco de miedo, poca cosa, no por el espectro de que se hablaba por ahí en el país, sino porque no quería que alguno me viese entrar en la casa y llamase a los Guardias civiles, qué se sabe; no estoy acostumbrado a este tipo de visita carente de espíritu. En Occhiobello, un pueblecito del Mediano Polineso, la gente, como en todos los países, se resuelve uno solo los problemas aunque no debiera, y si mi mismo padre hubiese tenido que venir a “retirarme” cerca de una estación de polizones me habría matado como si mi cuerpo se tratase de un tonel una vez juntos nuevamente en casa.
Yo vivía en el país vecino, y lo que me empujó a ir en bicicleta durante cuatro kilómetros hasta aquella vivienda medio en ruinas fue un artículo de un viejo periódico de mi padre. Raro que no supiese nada del asunto.
Debería tener mi edad y en estos casos las habladurías circulan. Pero fue en el periodo en que estuve de vacaciones con mis tíos en Cuneo, y quizás alguien se olvidó de decírmelo una vez de vuelta, también debido a que estuve fuera durante un mes bastante bueno. El artículo en la página número tres de una ‘Gacetilla Rovigo’, hablaba de él, de Tomasso, once años, muerto mientras estaba en casa de la abuela Matilde.
La abuela acudió al gentío de la “Fiesta de la Unidad” para bailar divirtiéndose al ritmo de una Mazurca, y él prefirió quedarse en casa para hacer sus tareas. Sus padres estaban separados desde hace poco, y en una de las pocas veces de las que se mantenían en paz, acordaron dejarlo por algún tiempo en casa de la abuela materna.
El padre se refugiaba momentáneamente, tal vez detrás de alguna jovenzuela del este o cubana, mientras que la madre trabajaba como barman y camarera en un local de una fracción del país.
Colorido morado y esquimosis enormes en la garganta, lo dieron por alguien estrangulado y en espera de autopsia. La abuela se lo encontró cuando llegó a casa; estaba en el cuarto de estar de la planta baja y con un libro de matemáticas abierto al lado de los pies.
Entré en casa con la hoja del periódico llena de polvo y con la ingenua sencillez de un sin barba y millones de granujas; le pregunté a mi madre si se acordaba de Tomasso, y si habían después descubierto quien lo mató.
Después de un instante de extravío, debido mas bien a la crudeza del argumento, conforme a la trama del asunto, mi madre me aclaró diciéndome que no se sabía nada más, y que no se había encontrado al asesino. Las sospechas caían sobre el padre, pero éste había estado durante tres días con una “prostituta drogado”. Mi madre, después de meditar y reflexionar cambia el término por “mujer de pocas esperanzas”, de todos modos no podía haber sido él. El caso quedaba irresoluto.
De vuelta a casa, estaba cayendo apenas la tarde cuando, después de haber mirado a lo largo y a lo ancho y no viendo a nadie, me entrometí creyéndome razonablemente convencido de posibles pruebas. Polvo y telarañas que parecían del dueño, y un par de cucarachas se escabulleron por algunas grietas de la pared, bajo en el pasillo, unos instantes después de haber percibido mis primeros pasos titubeantes hacia el interior.
Entré por la primera puerta a la izquierda, y me encontré con una cocina deshecha, de la que sólo quedaban el lavabo y un par de colgantes, decolorados en gris por la decrepitud del tiempo. Al final del local a la derecha había un arco con una abertura un par de metros de ancha, que daba al cuarto de estar, donde tuvo lugar el homicidio. Así fue narrado en el artículo del periódico.
A paso lento y mirando a mis alrededores curiosamente, llegué hasta el centro de la habitación vacía. Se filtraba suficiente luz de los postigos de rutas por la ventana; para poder ver sin dañarse los ojos, dando una luminosidad general a nivel de penumbra.
A duras penas percibí sobre el suelo los restos de los marcas próximas al pequeño cadáver señaladas con yeso blanco. No esperaba que estuviesen tan desplazadas hacia la pared izquierda.
Nadie a parte de los investigadores volvió a aquella vivienda, la abuela fue a vivir con una amiga y murió después de seis meses. Quizás de angustia.
Un nudo en la garganta me hizo tragar, y me acerqué más de cerca para observar inclinándome. Una imagen como un relámpago se imprimió en mi retina haciéndome sobresaltar y caer hacia atrás aterrorizado por la sorpresa y el miedo. Me sentí pequeño, y dos manos grandes y peludas aparecieron en aquel instante a pocos centímetros de mi garganta, desapareciendo enseguida, después de haberme hecho caer y quedando duramente sacudido sobre el suelo mi hueso sacro.
Así me quedé, con la habitación vacía delante, con las vértebras doloridas y una molesta picazón en la nariz debida al polvo respirado.
Saltando de un brinco retomé las riendas de la situación y seguí sin reflejar lo que el instinto me sugería: irme de allí lo más deprisa que pudiese. Un sentimiento de terror me invadía en las tripas, dándome una sensación de calor que quería salir fuera de mi barriga.
Fui corriendo a la cocina, y después de haberme apretado mucho a la curva correspondiente con el arco, llegando a rozar el muro de separación, tuve el segundo accidente contemporáneo al golpe.
Vi las manos pegadas a mi garganta, con brazos de cíclope, con un trasero unido al tórax, todo revestido por algo absolutamente negro. Me cubría la vista completamente.
La aparición duró un instante, junto a la paliza que sentí en la cabeza. Fue como si la cabeza estallase y antes de pasar al momento oculto del inconsciente, se diese cuenta de haber sacudido la cabeza contra un muro.
No logré calcular el tiempo que había transcurrido antes de recobrar el conocimiento, pero afuera ya estaba oscuro. La luna con sus rayos lograba iluminar muy débilmente la habitación, y sólo después de acostumbrar los ojos a esta luminosidad, pude ver en la oscuridad, logrando dar forma a la ventana y a las líneas principales de las paredes.
Antes de dar cualquier noticia decidí reordenar mis ideas y replantearme con un mínimo de coherencia, intentando comprender qué me había sucedido, desterrando momentáneamente en un rincón aquel dolor, que tuve al despertar para que no fuese demasiado fuerte.
El cerebro estaba empezando a triturar lleno de ritmo y terror, ansiedad y ganas de desaparecer de aquel sitio, irrumpiendo con ímpetu, haciendo saltar músculos y nervios como si estuviesen atravesados por una corriente eléctrica, provocando el bombeo de mi corazón como un pistón de todoterreno.
Me paré petrificado contra la pared. En la práctica no me moví aún del sitio donde se me dio la paliza en el cráneo, percibiendo una luminosidad inconsistente y humosa que parecía casi salir del suelo al fondo de la habitación. Me contuve, quise gritar, cuando me acordé de que en aquel mismo sitio estaban las señales de yeso, y por tanto murió allí el niño de once años, Tomasso.
Con la misma densidad la forma blanca e impalpable de una nebulosa que gradualmente se transformaba en un contorno humano en miniatura, se volvió cada vez más recortada y distinguible en detalles. El miedo es obvio, afirmó, pero verlo no era la que infundía terror, más bien hacía expulsar de dentro algún sentimiento que tendía hacia lo bueno, lo curioso y lo lastimoso.
No sabría decir con exactitud si era una cosa espontánea o inducida por la aparición misma, pero la forma más próxima reconocida no era la de un cuerpo de un hombre en la escala del uno al dos, como parecía, sino la de un niño alto que no llegaba a un metro. Inspiraba dulzura. Y luego habló con un tono oscuro e irreal que expresaba distancia, aunque permanecía siempre la voz de un niño de once años.
El rostro de la fotografía que vi en la Gacetilla era igual que Tomasso.
- Hola Antonio, yo soy Tom... Tomasso, pero para los amigos Tom. Te esperaba. -
- Ho... ho... hola. - Me costó trabajo responder y no logré pronunciar palabra.
- Me imagino que será algo extraño para ti, - continuó - pero no debes preocuparte. Sólo te pido que escuches mi historia, luego serás libre para irte y... decidir. -
¿- Decidir? - me pregunté. Realicé bastante esfuerzo para mover la cabeza de arriba abajo. Sentí un poco de sudor resbalar por debajo de las ingles.
- Gracias Antonio. Entonces...
“¿- Prefieres que me vaya yo, estás seguro de que no quieres venir? -
- Sí abuela. Mañana tengo un examen de matemáticas y es mejor que estudie un poco. - El muchachito apoyó el libro en la mesa y le sonrió amablemente. Se levantó del sillón y desapareció.
- Vuelvo alrededor de las once. ¿Quieres que te traiga algún dulce? - Le cogió la cabeza con ambas manos y le dio un beso en la frente.
- Sí, gracias, - dijo él - algo de postre no se puede negar nunca, especialmente si la propuesta le nace a la abuela. - añadió.
- Bien, entonces yo me voy. -
- Adiós abuela. - La despidió siempre sonriendo con una señal con la mano observándola encaminarse hacia la cocina y luego a la salida.
Le había contado una mentira, al menos en parte, y lo sentía. Tenía que estudiar, cierto, pero no mucho, pero a él no le gustaba ese jaleo de gente de mediana edad sobre los cincuenta más o menos, bailando.
En primer lugar subió a su habitación para leerse el último álbum de tebeos de “Mister No”, luego habría bajado y habría dado un repaso rápido al Zwiner, aquel volumen grande como una nave, exactamente al capítulo de las ecuaciones de primer grado. La tarea del día siguiente era la última, ya que faltaba una semana para el fin del año escolar. Y así lo hizo.
Después de una media horita fue de nuevo al cuarto de estar para coger el libro de texto.
No pasó mucho tiempo cuando Tomasso oyó tocar a la puerta. Quién podía ser por la tarde a aquella hora? Bastaba con ir a ver. Si fuese una de las amigas de la abuela ella le habría dicho cuál era el lugar justo para reunirse.
¿- Quién es? -
- Don Mariano. Hola Tomasso. -
- Buenas tardes. Espere un momento que le abro. - Era la última persona que se podría haber imaginado que vendría a buscar a su abuela. Abrió la puerta y Don Mariano apareció como una mole, sombreado por la sombra por la luz de la farola de la calle.
El efecto fue un poco brusco. Parecía aún más grande porque Tomasso se había olvidado de encender completamente la luz de la entrada y la sombra del cura quedaba alterada.
¿- Puedo entrar? -
- Sí, entre. Pero si usted busca a la abuela no está. -
- No importa... - dijo con un gesto benévolo el hombre de Dios - pero puedo decírtelo a ti mientras tanto. - continuó - Cuando tenga la ocasión hablaré con tu abuela. - Entre tanto entró y avanzó hacia la cocina iluminada.
¿- Qué estabas haciendo? -
- Estudiaba. -
- Bien. - Vio el libro abierto sobre el escritorio del cuarto de estar, y se dirigió hacia él como interesado. Tomasso le bailoteaba por detrás con ansia de que el cura dejase el mensaje ya para su abuela y se fuese. A pesar de sus buenas maneras aquel personaje siempre vestido de negro no le había sido nunca precisamente simpático. Siempre le había parecido así... como falso.
El cura observó el libro durante un par de segundos. - Matemáticas. - refunfuñó con voz arrepentida y con esto percibió Tomasso en él un cambio, la sonrisa se convirtió en una raya recta, pasó a la seriedad y los ojos le parecieron más grandes.
- Esto es una de las cosas que lleva a que el hombre se olvide de Dios. - el tono le recordó a Tomasso a aquel de los charlatanes de la televisión.
¿- Lo escuchas? - apuntó con el dedo puesto en las oreja con un gesto teatral - lo llaman fiesta, pero sólo es una de las muchas madrigueras del pecado. - Miró a Tomasso como para lanzarle una terrible advertencia, y su cara se sonrojó.
Éste no abrió la boca, se encontraba bloqueado por la fuerte presencia del hombre vestido de negro, y no sólo por esto.
¿- Tu abuela está allí, verdad? -
Tomasso permaneció inmóvil, tenía miedo. Mucho. Aquel hombre que estaba ante él parecía loco de furia, estaba muy furioso.
- Y el matrimonio. ¡En qué se ha convertido el matrimonio! - Entonces gritó, voceó y gimió. ¡- De la creación de vida por Dios a una suciedad asquerosa de seres más animales que hombres y tú!... eres hijo del pecado ¿Dónde están tus padres, eh? - Lo agarró por los bracitos delgados y se ensañó con él a patadas.
- Buen ejemplo de familia la tuya. ¿Y tú cómo te comportarías cuando fueses mayor? ¡El mal engendra mal! ¡Y todavía más mal y para frenarlo... hace falta troncharlo! -
La forma en que lo retorcía le hacía daño realmente, pero no tuvo el valor para gritar. Estaba aterrorizado. Aquellos dos ojos estaban ardiendo de locura y a pocos centímetros de los suyos. Un hedor ácido de vino vulgar salía de la boca del cura, el cual le estaba echando el aliento al pequeño en la cara. Tuvo ganas de vomitar pero se contuvo.
De súbito el hombre que representaba a Dios en la tierra dejaba esa tarea ahora para agarrar con fuerza el cuello de Tomasso. La sorpresa y la rapidez del gesto no le dejaron suficiente tiempo para reaccionar.
¡- Tú eres el mal! No tienes derecho a vivir. Tú eres el fruto del mal... Tú eres el fruto del mal...
Tú eres... el fruto... del mal... -
Le faltaba el aire pues lo estaba estrangulando. Tomasso pataleaba violentamente, se levantó del suelo y fue precipitadamente hacia el escritorio, tirando por los aires el libro de matemáticas.
Todo era un confuso, la lengua se le salía por la boca y sintió que los ojos se le hinchaban como para estallar. Miró por último, las manos que apretaban como dos sombras claras y una masa oscura delante de él que se volvió negra, negra. Luego... la nada.”
- Gracias por haberme escuchado. - Tom o mejor dicho su fantasma me sonrió dulcemente y desapareció deprisa.
Tuve una vuelta inmediata y bastante brusca a la realidad. La tenue luz lunar relampagueaba a través de la ventana desgarrada, y la cabeza me daba vueltas con pensamiento y fuertes y penetrantes punzadas.
El miedo se me había quitado un poquito y había surgido en mi el sentimiento de rabia respecto a aquel cura asesino y chiflado que me hizo estallar en un grito prolongado, fuerte y violento. Lloré y noté un pequeño charco por debajo y por encima de mi pie derecho. No lloré mucho. Lloraba por Tom y su triste historia y pensaba también en otros como él, inocentes, que podían haber soportado tales vejaciones tales y demás peores.
Salí de la casa para volver a la mía. Allí no tenía nada más que hacer y en la calle tomé la decisión que cambió mi vida. Reconocí al cura homicida, que había cambiado entretanto; indagué a fondo en el asunto y al final logré encerrarlo, por éste y otros delitos. Aquel día era el cinco de Mayo y también el día de mi decimoctavo cumpleaños.
El resto de mi vida lo pasé tratando de remediar los errores padecidos por estas almas afligidas que debido a que experimentaron una muerte violenta, no eran capaces de abandonar el lugar y las posesiones terrenales al final, para poder descansar eternamente en paz.
Evidentemente “en el más allá” se corrió la voz, y a cada nuevo amigo incorpóreo se le bautizaba según el nombre que elegía Tom. Atrapa-hombres.
¿Un poco irónico como apodo, verdad? También es verdad que la película “Ghostbusters” se ha estrenado después de algún año.
Naturalmente no podía vivir del aire, y cuando me di cuenta estaba en la bancarrota, entonces me visitó en sueños Tom, que siempre con su dulce y familiar sonrisa me soplaba el ganador de fútbol o de las carreras de caballos. Siempre con disimulo por supuesto.
Ahora que estoy en mi recta final, espero poder volver a ver a mis amigos incorpóreos, y debo decir que estoy contento con dejar este mundo habiendo hecho por lo menos algo útil.