www.domist.net/esp cuentos fantásticos

LA VERDADERA HISTORIA DE A.D.
( Marco Milani ITA – LA VERA STORIA DI A. D. – trad. Eva Barberà del Rosal )

 

 

 

Se estaba preguntando porqué nunca hubiera sido tan estúpido entrar en aquella gruta censurada, infestada por los murciélagos y además llena de humedad que le calaba hasta la profundidad de los huesos.

- Con cara de curiosidad y con pruebas de ánimo. - Se presentó con una sola antorcha medio consumida en los meandros de aquella especie de laberinto natural bajo la montaña a la búsqueda de un legendario paseo por los infiernos.

- Estúpido tarambana altanero. - se repetía. Sólo para darse aires con aquellos aristocráticos estirados que no consideraba después de todo como amigos... tenían dinero, cierta cantidad, pero solamente eso. Tanto dinero como ignorancia, y bastaba poco para imaginarlos en determinados ambientes.

Era toda una serie de tediosos pensamientos, mientras avanzaba lentamente por aquellos pasajes enredados a la búsqueda de nada preciso; quería demostrar que podía afrontar aquello que otros por miedo no osaban intentar. Pensamientos interrumpidos pero improvisados... primero el terremoto, luego el derrumbamiento.

 

La situación en la que se encontraba por pura iniciativa no le gustaba para nada. Sentirse atrapado en el corazón de la montaña a causa de un derrumbe se estaba revelando letal para su estabilidad emotiva.

¿- La claustrofobia? ¡Cosa de señoritas! - Cuántas veces lo había repetido para causar una fuerte impresión en los otros y engreírse haciéndose el más fuerte, atrevido y valiente. El nudo en la garganta no quería deshacerse, mientras el hielo de un escalofrío, a lo largo de la espina dorsal, siempre le recordaba que tenía encima una buena dosis de miedo y además frío.

La antorcha apenas emanaba resplandor, mucho menos impávido de lo acostumbrado, con el mismo conocimiento de causa ahora se daba cuenta del suplicio que habían experimentados otros burlados por padecer claustrofobia por causa de un forzado encierro. El deseo afanoso de aire, de espacio, de luz, de libertad. Un deseo fuerte y absoluto de alejarse ante la idea de una estrecha reclusión en un lugar cerrado. Un ansia tal que te hace enloquecer.

¿- Qué hace un loco en este caso? - se preguntó asiéndose con los dedos entre el cuello y la camisa, dándose cuenta de que estaba bañado en sudor a pesar de la reducción de temperatura. ¡- Un loco en este caso grita... - y se tiró hacia abajo con todas sus fuerzas rasgándose las prendas de encima - grita y corre! -

En la oscuridad más completa se puso a galopar a más no poder. Tropezó, se alzó. Tropezó y se alzó de nuevo. Parecía un gato enloquecido encerrado en un cuarto trastero. Volvió a correr y se dio una sacudida con la cabeza en la ruda e irregular pared. - Dura como la piedra - Tuvo después un pensamiento, mientras que el dolor de las sienes menguaba de una intensidad exagerada a un pulsar soportable.

- Quizás debería no correr en la oscuridad. - constató. Se palpó la frente todavía aturdida. Algo de calor y ligeramente viscoso se colaba lentamente.

¡- Ay mi Dios! - gimió sorprendido. ¡- El terremoto! ¡Todavía! - Estaba temblando físicamente y con aquel horror de catástrofe innata que se apresuraba dentro de él; sentía sus huesos crujir con un movimiento que parecía que estos iban a ceder pulverizándose de un instante a otro. Todo vibraba, acompañado de un ruido persistente sordo y espantoso, daba la impresión de que no iba a parar pronto.

Aterrorizado siguió de nuevo con su carrera, como si su cuerpo hubiera decidido actuar de manera autónoma. El instinto animal había percibido un peligro y su subconsciente decidía por su supervivencia y le había dado la orden de ‘correr’.

Un grito le salió repentinamente cuando la tierra dejó de encontrarse debajo de sus pies.

Resbalaba hacia abajo sobre un plano desplazado e inclinado, - bastante inclinado - logró inclusive hasta sentirse un poco seguro, intentando en vano encontrar un agarradero entre la tierra y las piedras que le desfilaba por debajo.

Cuando aumentó la pendiente rodó y empezó a dar sacudidas sobre las paredes de lo que pensaba que era un túnel de un par de metros de ancho, calculados entre un golpe y otro. Las manos le quemaban por haberse restregado en la pared tan áspera, ahora de piedra sólida; y a cada golpe que su cuerpo recibía, un gemido estrangulado le salía de su boca. Adoptó la posición fetal instintivamente.

Siguió rodando acurrucado y protegiéndose con las manos la cabeza, no se sabe durante cuanto tiempo. El tiempo parecía infinitamente largo, como aquella interminable pendiente.

 

¿- Se estaba desmayando? ¿Llegaba el final? -

Una respuesta fácil para uno que se encontraba acostado firme e inmóvil y en el último recuerdo se estaba cayendo. Se sentía a pedazos, y la última tentativa de alzarse quedó así, como un intento meramente, por si fuera poco muy doloroso. Los dedos de la mano derecha fueron los primeros en contestar a los impulsos de un cerebro que parecía se hubiese desconectado, puesto que ya no recibió más contestaciones por parte del cuerpo hasta justo aquel momento. El quería necesariamente conseguir tirarse y sostenerse a cuatro patas como un gato, con la cabeza girando; se sintió tambalear como un barco sobre un río a la merced del viento. - En el Arno. - dijo, constatando que podía hablar sin problemas más allá de llegar a pensar en cosas ajenas.

- Carajos, tengo los pantalones a trozos. Con lo que me han costado. - estalló de mal humor mirándose las piernas después de haberse enderezado con fatiga.

¡- Ay Cristo! Te veo. - se asombró y reanimó de una vez - se ve... hay luz. - y su latente naturaleza oculta comenzó a procesar mental e internamente. Una fuente luminosa iba penetrando poco a poco. Le parecieron las mismas cavidades de antes de caerse, y con la antorcha en la mano, el mismo centelleo de la llama.

Ahora la luz era más temblorosa, justo como una antorcha en movimiento. ¿- Hay alguien? - dijo con un tono chillón, y la voz retumbó con una infinidad de ecos alterados.

De repente de la sombra surgió un ser fuera de lo común, sobresaltándose por la sorpresa. Mejor dicho apareció  de un lado, como si allí delante hubiese una puerta en lugar de una curva.

¡- Ay Dios! ¡Pero... es el Diablo! - En metamorfosis inmediata, de héroe atrevido a un miedoso absolutamente. Se le encogieron los hombros y se inclinó hasta casi arrodillarse, quizás esperando así encogerse hasta no ser visto. - Era entonces verdad. Era aquel pasaje y allí estaba Lucifer en persona. - Estaba paralizado de terror, con pensamientos sobre muertos horribles y tremendas penitencias eternas que lo esperaban después de aquel fatal encuentro.

El ser avanzó hacia él saliendo lentamente de la sombra. La antorcha que tenía en la mano iluminó en un primer momento un tórax oscuro desnudo y poderoso sostenido por una grandes piernas peludas y cabrunas, luego un rostro alargado y delgado, con una nariz aguileña en el centro y dos bigotes con una perilla incluida, con un aire sonriente de manera afable y cabal.

¿- Existes realmente? - Se escuchó una bonita voz, segura, cálida y de tenor.

El miedo le congeló la respuesta. Mientras tanto la antorcha como consecuencia de la estupefacción fue colocada en un soporte junto a la pared de la roca.

- Hacía bastante tiempo que no venía nadie, ¿sabes? Tiempo atrás nos hartamos de tratar con seres vivientes, era demasiado jolgorio, no podía continuar así. Siempre, siempre y siempre parecía que estabas en el mercado. -

Se sentía pequeño y sumergido por estas palabras.

- Luego han parado de venir súbitamente. Nada más que por un copioso cúmulo de tiempo. Parece un tipo un poco raro, Jeso... Jesús; tampoco tanto, pero algunos de sus compañeros o conocidos podrían haberle hablado mal de mi. Aquí no se sabe bien, pero las palabras vuelan, sobre todo aquellas malas. Bueno, bueno, sabes, comenzaba a aburrirme aquí, siempre las mismas cosas. ¿Cómo va por arriba? -

- Bien. - logro contestar con un hilo de voz todavía no recuperado de aquella avalancha de palabras, pero que dichas con un tono tan cordial y gentil le calmaron un poco.

¿- Quieres visitar el infierno? ¿Estás aquí para eso, no...? Ven, así podemos charlar como amigos. Te voy a presentar a alguna gente. -

- Sí, ciertamente. - No osó contradecirlo. Aunque se trataba siempre del diablo y  refunfuñaba entre dientes; sin embargo a primera vista pareció simpático pese al brusco impacto inicial, mas bien muy simpático.

- Piensa que hay aquí un tipo que se come el coco por nosotros y le paga a uno un sueldo porque él solo no da abasto. Otro está allí que sigue remando adelante y atrás con su barquito, porque dice que tiene que entrenarse para las olimpiadas. ¿No lo considero normal pero casi casi podríamos aprovechar también y dar una vuelta y luego... a propósito cómo te llamas? Perdona si no nos hemos presentado enseguida, pero por fin poder hablar con alguien que no sea sólo un alma muerta condenada y que te quiebra la cabeza, me ha hecho perder las buenas costumbres. Yo sería Lucifer. -

- Pero seguro, Lucifer. - Se sintió ya más cómodo.

- Ah, sólo una cosa - se adelantó antes de que pudiese decir otra cosa - por favor, no me llames Lucifer o Diablo, llámame Virgilio, me gusta más. Escucha como suena de bien... VIRGILIO. -

- Sí cierto Luc... Virgilio. - Lo vio agarrar la antorcha sacándola del estancamiento de la roca. Luego se acercó y la asió con el brazo, encaminándose por la calle de la cual apareció.

¿- Tu nombre, entonces? -

- Es verdad, perdona.  Alighieri...  Dante Alighieri. -