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Bienvenidos al fantástico mundo de Morgan

( Miriam Midnight  ITA – trad. Eva Barberà del Rosal )

 

 

 

 

Es un pequeño asunto maldito para la muchacha de pelo de ratón, su madre está gritando “No” y su padre le ha sugerido que se vaya, su amigo no arriesga a ver porque ella camina a través de un sueño interior hacia una  visualización mejor, se detiene ante la pantalla plateada, ya que la película es de acción total, por eso la ha visto diez veces y quizás más...

                                (Life on Mars, DavidBowie)

 

 

De repente una luz.  Boooom, de golpe se abre al parecer una ventana en su mente.  Sobre el banco del parque trataba de inventarse algo para no romper en lágrimas.  Sucedía a menudo cuando estaba sola.  No soportaba más estar en aquella casa.  Estaba solamente para dormir por la noche, sedada por cientos de pastillas multicolores.  Drogas consoladoras legalmente consumidas suministradas por modernos chamanes.  De vez en cuando lloraba sin darse cuenta.  Vertía cálidas lágrimas enormes, dándose cuenta cuando le llegaban al cuello, ya frías.

Se pregunta todavía una vez más qué significado tendría aquel sueño, porque ahora se acordaba no a fragmentos como sucedía siempre sino por entero.

Era aún él.

Ahora comprendió que se había encontrado con él en ese sueño tan repetitivo.

 

Cada año a la llegada de la Primavera, le surgía una extraña sensación.  Tenía la impresión clara de estar esperando cualquier cosa o a cualquiera.  Durante el día no veía la hora en que llegase la noche para poder dormir sin entender bien el porqué.  No se trataba ciertamente de una persona que había conocido en la vida real.  Estaba segura de no haberlo visto jamás.

Sin embargo era como si lo conociese de toda la vida.  Una persona que le era muy familiar.

En los sueños cambiaba.  Su aspecto se transformaba.  Cada vez.  Había soñado con él alto, pelo largo hasta los hombros con un aspecto nórdico, gran cantidad de pelo castaño.  La última vez tenía el pelo corto, muy oscuro y con rasgos vagamente orientales.  Pero era siempre él.  Su voz era la que nunca cambiaba.  Alegre, gentil y tranquilizadora.  Le hablaba desde lejos, algunas veces casi susurrándole al oído.  Le hablaba de cosas que mientras dormía parecían familiares, pero que al despertar carecían de significado.

El último sueño le había aportado un mensaje importante.  Su nombre.

-Me llamo Morgan- Había dicho.

-Qué estúpida, le lo habré dicho mil veces, pero nunca te acuerdas.  ¿Verdad?-

 

Esta vez lo había recordado.

Morgan, Morgan.  Qué extraño nombre.  No había conocido a nadie con su nombre.  Le gustaba, era algo exótico.  Le venía con esto a la mente los piratas.  Fascinantes piratas con pelo espeso y ojos profundos.

 

 

Me invadía el silencio sola.  Lo había percibido una tarde en casa mientras lavaba los platos.  Al principio percibí un zumbido tenue pero continuo como un vvvooooo que se escuchaba al fondo con el ruido del agua.  Se aseguró de que no había dejado encendido nada.  Ni radio, ni TV.  Lo había olvidado todo esto.

El zumbido se hizo más fuerte día a día, cada vez más.  Por la noche no podía dormir.

Comenzó así a tomar pastillas.

Gotas de solvente en un pantano de tinta.  Pero a la larga no funcionaban más y debía cambiarlas.

 

Sobre su cómoda habían de todas las clases y colores.  Pequeñas, redondas, lisas y rosadas como los emoticones de porcelana de las muñecas que la miraban desde el travesaño de la ventana.  O largas, sutiles y azules como la manta acolchada de tela que alguno le había regalado hace tiempo ya.  Eran rojo fuego, amarillo, violeta, rosa fucsia, verde y anaranjado.  En vez del  efecto o del color prefería que fuese aquella de cubierta más dulce.  Antes de tragarlas las dejaba deshacer un poco sobre la lengua.  El sabor azucarado era agradable y apacible.  El justo preludio hacia la alegría de poder finalmente dormir.

Una noche mientras sentada sobre la cama saboreaba el tubo de turno, le vino la sospecha de que Morgan pudiese cambiar según la pastilla.

Vivir sin anestesia se había convertido en imposible.  Cuando se aumentaban las dosis, los sueños eran más vívidos y podía recordarlos enteramente.

La última vez lo había encontrado de noche, en el parque.  Estaban sentados sobre un viejo asiento de hierro picado.  Las estrellas parecían estar pintadas sobre una enorme tela y brillaban como un miríada de farolillos de neón.  Capullos de rosa azul alrededor florecían y se marchitaban a continuación.  Seguía pasándose los dedos  blanquísimos sobre el pelo largo castaño y hablaba en voz baja como no queriendo hacerse oír por oídos indiscretos.  Parecía un chiquillo.  El tiempo no existía más.  En aquel momento estaba en suspense.  Le estaba quizás hablando de horas, días, semanas.

La tinta se hacía mórbida, se deshacía.  Resbalaba sobre sus piernas diáfanas, más allá hasta los tobillos, formaba pequeños charcos a sus pies y desaparecía.

 

Sonó el teléfono.  Se despertó maldiciéndose por haber pagado la última factura.  Una amiga que no veía desde hace tiempo.  Desde que se mudó.  Le musitó al oído alguna frase apesadumbrada.  Se había apenas enterado.  Dios, cuánto le disgusta.  Qué tragedia.  Le disgustaba verdaderamente tanto y esperaba verla lo más pronto posible.  Había llamado simplemente para hacerle saber que en cualquier momento que desease cualquier cosa, bastaba con llamarle por teléfono y se presentaría en su casa.  Le dio las gracias con una frase circunstancial para congraciarse.

 

Mientras caminaba por la calle buscando un poco de aire fresco, qué menos que delante del parque.  De la otra parte de la calle, junto al capullo de rosas le pareció reconocer el banco.  Sí, cierto era aquel.

Pero las rosas ya no eran azules, eran ahora blancas.  Los capullos estaban más verdes y no eran estrellas.

 

 

3

¿Desde cuándo la estaba mirando?  Entró en la librería pero no se había dado cuenta tampoco.  Lo había hecho automáticamente sin reflexionar.

El muchacho la miraba mucho, algo molesto.  Seguramente por culpa de su mirada como alucinada.  Conocía muy bien esa mirada típica de personas que toman pastillas.

 

-¿Puedo ayudarla?-

-Sí, busco un libro...-

-Bien entonces ha entrado en el sitio indicado... ¿Un libro en particular?-  Percibí un tono ligeramente sarcástico en la afirmación del chico.

-No...  justo algo para leer.-

-Tómeselo con calma.  En esta sala encontrará todo aquello que desea.-

 

La visión de tantas cubiertas coloradas y el olor de los papeles impresos suscitó en ella un extraño sentido de exaltación.  ¿Pero cómo habría hecho para elegir entre tantos libros?  Pánico.  Una historia nueva que le hiciese más liviana la existencia.  Eso era lo que buscaba.  Eran demasiados los volúmenes.

Cubiertas rosa para melosas historias de amor, azul para misteriosos viajes exóticos, amarillo para historias de detective con un acento extranjero.  Comenzó a ponerse nerviosa.

En el silencio absoluto de la habitación, turbada solamente por el débil zumbido del neón, improvisadamente algo sucedió.  Hubo un ligero ruido sordo por detrás de sus hombros.  TUMP.  Se dio la vuelta con un impulso.  No había nadie.

Esquivó la habitación con rapidez y se dio cuenta de un libro por el suelo a pocos metros de distancia.  La cubierta era negra y lúcida.  La cogió.  No había nada escrito en el dorso.  Ninguna foto o frontispicio.  El título estaba por añadidura escrito abajo, de lado, siempre en negro, pero un negro opaco que se podía leer solamente de reflejo.

 

             “BIENVENIDOS AL MUNDO FANTÁSTICO DE MORGAN”

 

El título brillaba bajo la luz de neón.  El corazón le comenzó a palpitar a tontas y a locas.  Esto era una señal.  Cierto que lo era.  No podía explicarse de otro modo.  Estuvo más segura de ello cuando vio que el empleado no podía encontrar el código de barras del volumen y al final, irritado, no sin malos humos utilizó el de otro libro.  Esto era por decir poco algo bestial, pero estaba así predestinado que tuviese ella este libro.

 

 

4

Sobre el banco del parque comenzó a hojearlo.

Pero era de una acción total... porque ella lo había ya visto, diez veces o tal vez más...

Después de media hora de lectura, decidió volver a casa.  Quizás había cometido un error.  Ninguna señal.  Sólo una estúpida coincidencia.

Al cerrar el libro, el color encendido de la última página atrajo su atención.

El escrito en caracteres góticos decía:

 

       BIENVENIDOS AL FANTÁSTICO MUNDO DE MORGAN.

               PAPELETA PARA PARTICIPAR

 

4 reglas para vivir felices:

La verdad absoluta no existe, varía según el contexto.

En el bien está el mal y en el mal está el bien, depende del contexto.

Los amigos son enemigos o simplemente amigos, depende del contexto.

Es aconsejable considerar al mejor de las personas y lo mejor de las cosas de tal modo que el peor o lo peor varíen según el contexto.

 

RELLENAR LA PAPELETA Y ENVIARLA LO MÁS PRONTO POSIBLE,

BASTA CON UNA FIRMA.  RECIBIRÉIS UNA RESPUESTA RÁPIDAMENTE.

 

 

5

Irresponsable.  Le surgió la voz de su madre en su mente.  Era el tormento del día:  “Eres una irresponsable, te comportas muy impulsivamente.  Esto es uno de los peores defectos de una muchacha.  Para un hombre puede ser molesto, pero para una chica con este defecto es lo peor...”

No le había nunca prestado mucha atención.  Sobre todo desde que estaba enferma y los delirios transcurrían durante el día.  Frecuentemente marchaba durante horas y horas diciendo frases sin significado.  O permanecía inmóvil y se limitaba a obstinarse en la ventana o en el muro.

La dejaba aquí sin tampoco dignarle una mirada.  Aparentaba que no existía.

No la reconocía más en aquel cuerpo consumido por el tiempo, grotesca parodia de aquello que había sido alguna vez.  Había sido una mujer bellísima su madre.  En un tiempo.

 

-Irresponsable-

Farfullaba.  Había veces en las que se agitaba hasta tal punto de tener que tomarse calmantes si no quería salir de su cabeza también ella.

 

-Irresponsable, irresponsable, actúas siempre antes de pensar, tal cual como tu padre, no distingues lo que es correcto de lo que es un error.-

 

Entonces como todos, se fue.

Al principio fue un alivio, pero pronto comenzó a preguntarse si esa única frase repetida durante todo el día no sería mejor que nada.      

 

Hurgando en el armario había encontrado el vestido rojo de esas ocasiones especiales.  Comenzó a preguntarse si sería genético y si en estas mismas situaciones estaba fuera de ella misma también.  No era algo común.  Había recibido el telegrama.  Lo había metido sobre la cómoda y lo miraba de vez en cuando para acordarse de que era real y para repetirse todavía una vez que en el fondo tenía razón su madre.

 

Una respuesta tan rápida no se la habría nunca esperado.  A decir verdad no se esperaba una respuesta así.  Le decía que sucedería aquella misma noche, hacia las 11.00.  Debía encontrarse pronto.  Nunca tarde.

 

Ponerse ese vestido la transportaba a diez años atrás.

Diez años antes llegaría incluso a percibir el cambio de las estaciones.  Diez años antes podría entusiasmarse por pequeñas cosas.

 

 

6

Era niña.  Debía tener 5 o 6 años.  Se contemplo como en la punta de los pies junto al portero eléctrico de casa.  La baby sitter la había dejado un instante sola mientras compraba los cigarros justo enfrente.  Volvería enseguida.  Entre tanto no debía absolutamente moverse.  Pero había pasado ya tiempo.  Comenzaba a preocuparse y quería entrar en casa.  Debía llamar a su madre por el portero automático.  Empresa no muy fácil ya que el automático estaba muy alto para ella.  Se estiro con todas sus fuerzas hacia el pequeño y odioso botoncito metálico.  Si no lo hubiese conseguido hubiera comenzado a llorar para que alguien la ayudase.  Como a través de los protagonistas de las fábulas que le leían antes de dormirse, fue contentada.  Alguno estaba llegando.  No percibía claramente los pasos fatigosos.  A medida que se iba aproximando parecían transformarse en un extraño lamento.

Era un perro grande negro de una raza no muy definida.  Debía estar herido porque cojeaba y se quejaba de un modo tan atormentado que hubiese conmovido también a Jack el destripador.  Seguramente la conmovió.

-¿Qué te pasa perrito?- Le acarició en la cabeza tratando de comprender cuál era su problema.  El animal le apoyó la pata sobre su mano y se dio cuenta entonces del clavo que perforaba su carne.  Sacárselo fue una cuestión de un momento.

 

-Gracias, gracias de todo corazón-  Le susurró el muchacho mirando alrededor.

Era cariñoso.  Tenía una cara simpática.  No muy alto, con una bella sonrisa, un sombrero de copa negro.

-Gracias, un dolor indecible mira... a bien decir no lo olvidaré.-

Aprieta el botón del automático.

-¿Te han dejado aquí sola?-

Ella se avergüenza enrojeciéndose.

-No se deben dejar solas a las niñas, especialmente aquellas como tu.-

La miró sonriendo todavía por un instante, antes de alejarse.

Fue el primer encuentro.  Después de todos estos años lo había sepultado en cualquier parte de su mente pero ahora estaba segura de ello.  Fue esto el primer encuentro verdadero.

 

Quizás había sido solamente un sueño.  O no.  Aquella noche lo habría descubierto.  De cara al espejo alargado de la cornisa de ámbar miraba satisfecha cómo su cuerpo había permanecido esbelto con el paso del tiempo, sin embargo aquello que le había sucedido no era sino lo que había comido.

Sintió el rumor de un motor.  Se asomó a la ventana de la cámara.  Un descapotable azul eléctrico estaba aparcado frente a la verja del jardín.

Morgan alzó la cabeza hacia ella.

-Hola.  ¿Entonces bajas?-

Bajó las escaleras en pendiente y salió disparada hacia el coche.

Le abrió la puerta y la acomodó.  Esta vez tenía el pelo muy largo castaño oscuro.  Ojos grandes, la piel color avellana ámbar y dientes blanquísimos.

-Hola tesoro, ¿Cómo estás?-  Le susurró al oído.

Ella no respondió.  Apoyó la cabeza  sobre su hombro sonriendo..

El chofer, un joven de aspecto andrógino, la miró desde el espejo retrovisor y sonriendo le guiñó un ojo.

-¿Hacia dónde vamos?-

-Quiero enseñarte una cosa - le respondió - una cosa que debería haberte mostrado hace ya tiempo...-

Mientras pasábamos velozmente sobre el asfalto con la brisa tibia estival escuchando la música de los Type 0’Negative a todo volumen,  pensó que podría haber pasado el resto de sus días así.

Morgan la estrechaba entre sus brazos canturreándole al oído con aquella voz cálida que había escuchado tantas veces, que la hacía sentirse tan segura.  No podía pasarle nada malo hasta que lo tuviese justo encima.

Ordenó al chofer frenar.

Habíamos aparcado al lado de una valla enorme que costeaba una finca.

-Es aquí.  Es este el lugar.-

Morgan alzó la mirada hacia una ventana iluminada.  Se entreveía una sombra caminar hacia delante a través de las cortinas.

Sus labios se contuvieron en una mueca interrogativa mientras los brazos de Morgan le ceñían la vida para empujarla hacia arriba.

Un torrente de aire fresco le corrió por las mejillas, el pelo y entre los muslos.  Sentía los pies balancearse en el vacío.

Estaba de nuevo soñando.  Debía ser así. 

 

 

7            

Estaban acurrucados sobre la ventana, escondidos entre las cortinas color marfil.  Un fuego rojo como el infierno ardía en la chimenea encendida en el centro de la habitación.  Un hombre estaba sentado de perfil a un escritorio.  Y hacía calor.  Tanto calor.  Sofocante.  El aspecto del hombre era a decir poco surrealista.  Sinuoso y débil parecía más bien un espíritu.  La cabeza completamente calva era exageradamente más grande respecto del cuerpo.

Cuando pudo tener mejor perspectiva visual, percibió que se parecía a una calavera cubierta de piel momificada.  Se preguntó cómo sería no obstante el calor para llevar ese abrigo tan bien abotonado casi hasta el cuello.

El hombre abrió un cajón.  Traficó durante un rato con aquello que parecía una jeringa y una cucharita.  Se tiró de la manga y comenzó a inyectarse algo.

-No...  no comprendo... ¿quién es este hombre, por qué estamos aquí?-.

-De este modo llego y así llegamos........- le susurró al oído Morgan.

¿Qué diablos significa?

La pregunta permanecía dudosa entre la mente y los labios enfriados, porque cuando se dio la vuelta hacia Morgan todo aquello que alcanzó a hacer fue gritar.  Gritó al ver aquellos ojos transformados en dos grandes lagos de tinta negra que se derretían ante ella;  sus uñas afiladas que le arañaban en los hombros y en el cuello y esos dientes que le mordían la carne haciéndola sanguinaria.  El dolor le impedía casi respirar, pero continuaba gritando mientras gotas de fluido negro y viscoso procedente de los ojos de Morgan le descendía por los hombros, mezclándose con la sangre que le corría a chorros por el cuello.

También el hombre gritaba.  Se dio la vuelta hacia ellos y gritaba con voz chillona.  La mirada alucinada y aterrorizada.  Se tapaba las orejas con ambas manos.  La boca, una clase de 0 constreñida en un espasmo antinatural produjo gritos tan potentes que hacían vibrar toda la habitación.  De la chimenea saltó una explosión en rojo, naranja y amarillo.  La puerta de espaldas al hombre se abrió de improviso.  Dos figuras oscuras y no bien definidas entraron en la habitación.  Una de las dos empuñaba una pistola.

Se escuchó un disparo.  La habitación se llenó de humo.

Durante la caída agarrada a Morgan pensó estar a punto de morir.  Todo aquello que vi y sentí cuando toqué tierra fue oscuridad y frío.

 

Sentada sobre la hierba húmeda del prado, se percató de que tenía un hombro y un tobillo dislocados.  Buscó a Morgan.  Continuaba sangrando, pero extrañamente tenía todavía fuerzas para escapar.  Probablemente tenía la adrenalina ahora todavía en los pies.  El jardín donde se encontraba estaba oscuro y no podía ver bien por los alrededores.

-¿Morgan?-  Llamó.

-¿Morgan?-

Ninguna respuesta.

Oyó un extraño murmullo que venía de la vecindad.  Algo se estaba moviendo bajo la ventana de la finca.  Algo negro, pequeño y lúcido se retorcía espasmódicamente.  Parecía una araña oscura y velluda, como aquellas que la ponían histérica y le daban ganas de arrojar.  Pero cuando se puso a su lado sucesivamente se dio cuenta  sin embargo que era un murciélago herido en el ala que no podía reemprender el vuelo.  Lo cogió con ambas manos y le quitó los fragmentos de cristal del ala.  En pocos instantes el animal volvió a volar.  Hacía giros regulares y rápidos sobre su cabeza.  Dando vueltas.  Todavía y todavía como una clase de danza ritual hasta en su cabeza sintió de nuevo aquella voz.

 

 

8

Se sentó sobre la cama de la mejor manera para vendarse el brazo con la mano dolorida.  Estaba cansada.  Todo aquello que deseaba era dormir largamente y de manera reconfortante.  Sin sueños.  Sin pesadillas.  Miró los tubos de pastillas de la cómoda y pensó en la variedad de colores bonitos, cada uno a su manera.  Cada uno para ser usado de un modo diferente.

 

 

El amarillo para las pantuflas............

El azul para las flores..............

El gris para los libros.................

El rosa par las muñecas................

El verde para el agua.................

El lila para las sábanas.................

El fucsia para el albornoz.............

El rojo para la sangre...................

El violeta para la noche...................

El negro para el sueño...................