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El Alcalde de la ciudad del Silencio
( Marco Milani ITA - Il sindaco della città del Silenzio - trad. Eva Barberà del Rosal )
Parece una montaña,
alejada del mundo.
En un desierto vacío,
gris y eliminado por el viento.
Un rojo irreal
circúndale los contornos,
destacado en el cielo
como una línea en un folio.
En la cumbre una casa,
que desentona... ardua,
en medio de lo salvaje,
cayendo el hocico
desde la prehistoria permanecida.
Delante de la casa
he plantado un cartel,
símbolo vulgar
de aquello que está en contra de la naturaleza.
Está escrito ciudad.
Publicado con el fuego,
ennegrecido por el tiempo.
La ciudad es la montaña,
aquello que permanece...
También la muerte desaparece
en la ciudad del silencio.
Una puerta se abre
empujada por el viento,
sus herrumbres básicas,
con los vidrios rotos.
Se rompe de la madera
que está ya carcomida por los años,
mientras la ira del mundo
está a punto de repartir.
Contra el último obstáculo,
para retornar pulido,
la tempestad prepara
su venganza completa.
La madera rota
por un sentarse curvo,
final morada
de un esqueleto desconocido.
Gafas de sol
sobre las órbitas vacías,
con las lentes rotas
del hielo pasado.
Huesos movidos
o junto al brazo que cae,
un fusil arañado
para hacer de guardia al final.
Macabra risa.
Y en el lagabro cráneo
oculto por un vasco,
blanqueado y con friso.
La batalla empieza
contra los restos del hombre,
tremenda naturaleza,
que al final siempre derrota.
Vuelan los aires,
entre ases podridos,
ya cenizas hechas
aquellos despojos mortales.
No más ciudad,
no más montaña,
mientras la pólvora reina
sobre aquello que polvo ha sido.
Alabanza al final,
en su inútil gloria,
a aquel que fue alcalde
de la ciudad del silencio.