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El asiento

(Carlo Trotta ITA - la panchina - trad. Eva Barberà del Rosal )

 

  

 

 

 

Ya me siento viejo en este banco siempre confidente y único, capaz de ayudarme en las tardes lejanas eternamente.  Aquí al lado, en este bioparque murió anciano mi padre, y me gusta acordarme del momento, el cual medito cada vez que paso bajo esta cúpula de vidrio.

Mi padre me contaba siempre cosas de cuando era pequeño, del maravilloso cielo azul y de las estrellas de la noche.  Sabía que no volvería a verlo, por lo menos podía oír hablar de él a algún anciano pariente suyo, pero la fuerza de sus historias era increíble y estimulaba mi fantasía adolescente hacia viajes románticos en una naturaleza ya desvanecida.

Hablaba de animales maravillosos, de miles de colores, de pájaros que volaban bajo un cielo clarísimo, de perros y gatos que vivían junto a nuestra casa y de hombres y mujeres que sonreían, hablaban, cantaban.

A nosotros nos queda en el pensamiento, pero todos dudamos que los otros los usen, ninguno más escribe, pocos hablan de verdad, y la única naturaleza que conozco es esta área de árboles de plástico, el único lugar, donde gracias a la cúpula se nos puede erizar la respiración.

Mi padre me hablaba durante horas de los sabores fuertes de la caza, del olor de la tierra mojada, de la alegría de correr libre, de los niños que jugaban.

Yo tengo un hijo, pero no le hablo casi nunca de ello.

A mi padre se le consideraba un loco, alguien que perdía el tiempo lleno de extrañas ideas y poniéndose en cura sino es gracias a la paciencia y al sueldo de mi madre.  El venía a menudo aquí y los árboles de plástico plantados en la tierra lo ayudaban a pensar.  Murió aquí, bajo esta tierra siempre seca, donde no ha llovida nunca nada sino una lágrima de dolor de un pobre viejo sorprendido por un ataque al corazón.

La unidad de socorro nos llamó rápidamente, y yo fui el primero de la familia en llegar.  Ver a mi padre muerto, tendido sobre aquella tierra verdadera me impactó de un modo inimaginable.  Grité y desde entonces comencé a tener yo también el deseo de contar historias fantásticas a mi hijo para separarlo de toda esta mediocridad.

Pero no lo hago.

Vuelvo de vez en cuando a esta zona, a mirar los árboles de plástico y tengo siempre en mi estudio un tazón lleno de tierra verdadera, de tiempo en tiempo le vierto agua, la huelo, meto los dedos en ella.

Mi hijo no debe enterarse.  Es justo que al menos él no lo sepa.