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IMAGINARIO

( Sandro Battisti ITA – IMMAGINARIO – trad. Eva Barberà del Rosal )

                                        

 

 

 

No era suficiente con dar la vuelta o proceder  por las longitudinales y a veces tortuosas excavaciones para encontrarlo acurrucado silenciosamente.  Aquel hombre era un recluso que se escondía inconscientemente de si mismo y había estado sepultado en aquel subterráneo – el de la metrópolis, retenido por locura, acaso peligroso, seguramente misántropo.  Ninguno en realidad lo había culpado de un modo bastante preciso y considerable, pero el deber hiperconsumista de aparentar una perfección – él seguramente no era así – a los ojos del prójimo parecía ser el verdadero motivo de su estado más allá:  estos eran viejos businessmen demasiado interesados en sus asuntos para mirar hacia el interior espiritual de los hombres, podría ser el nuestro.

El recluso así silencioso e introspectivo estaba atrapado en ese agujero con una buena disposición de ánimo.

Le gustaba la idea de aislarse para concentrarse mejor mentalmente, para gozar de esas oscuridades tan espectrales que tanto influenciaban su imaginación.  Sentía gran placer iluminando los ambientes con simples candelas, aunque tuviese la oportunidad de disfrutar de las derivaciones de las fibras ópticas.  Aquella energía la utilizaba sin embargo para alimentar un ordenador portátil, logrando con esto mantener los contactos con el exterior a través de conexiones  a bancos de datos neuronales, unidos directamente – por medio de terminaciones sintéticas – a la “inteligencia” de la Comunidad.

Ya sepultado desde meses había comenzado a asumir las descripciones de ese calor opresor y húmedo, que había aquí abajo;  si alguno hubiese vivido junto a él lo habría calificado de sofocante, indeseable también por su afección, que aumentaba a los espacios oscuros interiores, por esa cierta búsqueda de sensaciones lo que generaba estas mismas, que le provocaban como explosiones de una infinitud de imágenes afluidas en su psique restituida y tan fértil como para una paranoia o un fantasear.

Desde hace algún tiempo atrás había tenido un modo de vislumbrar un bagaje que llevaba casi inconscientemente y con la seguridad de que no le serviría, lo necesario para simular de algún modo experiencia virtual de gestión por ordenador.

El software requerido por el recluso era entre otros el más sofisticado existente en el mercado, ya que se basaba en parámetros causales:  bastaba dar al input en la elaboración, al cual acudían proveídos algoritmos de cálculo siempre diverso, que se generaban en el interior de sus circuitos de ambientación y situación virtual nunca predecibles.  El prisionero había descendido así de un modo gradual pero constante los grados de su dependencia de aquel mundo irreal, contraponiendo sólo inicialmente su fértil imaginación a la fantasía del software mismo.

Pronto en efecto estas dos formas de creatividad aprendieron a andar juntas, dándose la espalda la una a la otra y tocando puntos notables de expresividad, dejando el poder forzado siempre más a la merced de los pensamientos que no podía contar a nadie.  Realmente parecía que fuese presa de una dosis de drogas psicodélicas;  su vida estaba ahora toda en su cabeza porque toda las actividades se concentraban en la mente.

Algunas veces sus propias ambientaciones íntimas se hacían etéreas, livianas, mientras la virtualidad les oponía imágenes terribles, llenas de oscuridad y figuras enigmáticas maléficas;  otras veces sin embargo se verificaban sobre las mismas idénticas visiones.

Una vez o quizás más había ya perdido el recuerdo de todas sus “escenas”, él había vivido de manera plasmada y evidente episodios soñados y explicados por situaciones surrealistas:  todos los personajes interpretados de aquellas historias habían sido creados por el software que preparaba los diálogos con frases evocativas, sobre todo de estados emocionales similares a la telepatía.

El físico del prisionero estaba decayendo. 

No más curado ni pulido experimentaba un enorme decaimiento en cuanto a fuerza y salud, y cada nuevo “viaje” lo alejaba de la vida real y lo hacía precipitarse en unos momentos de profundo terror, vividos pero totalmente ilusorios, no sólo físicamente sino mentalmente.

Aquel día, aquella noche, qué sentido tenía a la luz de una candela y de un visor el momento de la jornada, él estaba perfectamente encerrado.  Digitó sobre el teclado VIAJE.

 

II.

No hubo ninguna sensación.

No percibió ningún cambio.

Miró alrededor y vio a través del perenne crepúsculo la paredes solas irregulares de roca.  En la piel sentía la misma sensación de adherirse, de calor húmedo que le cogía en la garganta, le quitaba la respiración.

Se levantó dejando el puesto delante del ordenador y se fue hacia los estrechas hondonadas.

La sensación de que sus piernas se moviesen era extraña y en el justo momento presente se había olvidado ya de tenerlas.  Su cabeza, su mente  paulatinamente dominaba el resto de su cuerpo.

Avanzó durante un tiempo que no supo calcular, distraído como estaba por pensamientos lúcidos y concretos sobre sus deseos corpóreos, el hambre que tenía insistente, las necesidad de lavarse...

Se paró improvisadamente.

Una masa indefinida lo esperaba detenida majestuosa en su presencia no perfectamente visible.

Se acercó y vio con gran sorpresa que se trataba de un hongo, un hongo tan alto como él y de la forma –ahora más nítida – inconfundible a sus ojos de experto:  se trataba de Peytol.

Se quedó paralizado y se puso a estudiarlo, ignorante en cuanto al temor de encontrarse de frente a una cosa tan grande y totalmente fuera de lugar.

Improvisadamente esta forma sin movimiento lo abarcó casi del todo:  tuvo la sensación de estar fagocitado por él.

Los sueños comenzaron violentamente de un modo instantáneo.  Se reencontró en una Casbah rodeado de odaliscas que se movían locamente con un ritmo silencioso y conocido solamente por ellas:  era impresionante verlas moverse juntas, sincronizadas con el tiempo batido en el mismo instante en cada una de aquellas mentes.

En torno a ellas las estrellas:  arriba, abajo, los astros que brillaban de forma poco natural, y de tanto en tanto el pasaje de satélites artificiales recordaba al prisionero su época tecnológica, su destino de cárcel.

Así como venían las danzadoras desaparecían sin notarse, y un jardín de flores a su lado a la luz de la luna.  Se veían plantas nacidas altas, bajas y hombres que inexplicablemente las cortaban y las enterraban bajo la arena del desierto:  Era todo para hacerlas reflorecer mejor, se dejaban comprender intuitivamente.

Ninguno hablaba o reía, una enorme impresión de seriedad era esparcida alrededor como una imprevista nevada lenta sobre todo aquello que se encuentra.  Y la nieve inexplicablemente vino y después la niebla.

Las huellas del recluso desaparecieron apenas formadas sobre el manto blanco ya consistente, y rumores, dulces rumores salían alternativamente a diestro y siniestro, originados en un punto creado por una multitud de coníferas.

Por un lado él se encontró liberado en el aire:  vio muchas naciones, muchos pueblos, y pasando velozmente conseguía absorber todas las peculiaridades de las mismas.

Todavía sueños más violentos y convulsos.

Ahora se encontraba al lado de una casa, y la noche que la tenía prisionera le amenazaba:  esa escena tenía un sentido siniestro, quizás por la quietud forzada de alguna cosa que escapaba a la razón.

Se abrieron las ventanas de par en par, y del interior vapores que arrastraban tomaron ventaja sobre cosas inanimadas anulándolas.  La gente huyó hacia el tiempo, hacia la barrera del tiempo donde quién sabe, había una brecha.  Después el mismo tiempo floreció, al principiio como pequeños brotes después más decididamente;  todo había comenzado a acelerarse:  el vapor sobre todo, mientras el prisionero se cubría y se aferraba desesperadamente con sus dos grandes manos todavía lejanas a aquel extraño humo.

Al final la atracción ejercida de la acción lo venció:  resucitó y apenas más allá de la barrera encontró confusamente delante de si gente y lugares distintos aparentemente no compatibles perfectamente con el periodo temporal.

De esta manera vio a Julio Cesar que se debatía para huir de una explosión nuclear, también batallas navales entre venecianos y genoveses, desarrollándose dentro de diques artificiales parecidos al Coliseo, mientras locos expertos de la informática seleccionaban las variables de las cuales dependen los tipos de contendientes.

Todo giraba a una velocidad siempre más vertiginosa.  Después hubo risas demoníacas y orgías satánicas, misas negras difundidas a través de satélites y sobre todo aparecían visiones de aquellos que bajaban a los subterráneos, personas indefinidas encadenadas.

La vorágine se hacía insoportable, todos los países del mundo desfilaban por delante ante los ojos del recluso.

 

III

El estruendo fue tremendo.

Toda la galería se derrumbaba por el sobrepeso de la metrópoli.  El recluso, sentado aturdido delante del ordenador, captó las últimas sepulturas, cómo se materializaban en torno suyo.

Tan sólo en el último instante comprendió que durante el viaje él había  permanecido siempre aquí, no se había movido nunca de su silla frente al ordenador.