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EL CANTO DE LA SIRENA
( Marco Milani ITA - IL CANTO DELLA SIRENA - trad. Eva Barberà del Rosal )
“Juntar metódicamente los adjetivos repulsivo con pérfido o bello con bueno y con gentil es un error que en ciertos casos no se puede repetir dos veces”.
J.
- ¡Es una sirena! Mira, es de veras una sirena. -
La agitante y sinuosa forma que se entreveía en la oscuridad iluminada apenas por rayos de una luna pálida en el primer cuarto daba la impresión verdaderamente de ser mitad mujer y mitad pez. Aunque él aún no alcanzaba a vislumbrarla.
Durante más de una hora Fred estuvo apoyado contra el hierro que lo dividía por un salto en aguas gélidas del mar del Norte a al menos sesenta millas náuticas de la costa más vecina.
La voz melodiosa que salmodiaba parecida a un instrumento acorde lo atraía hacia sí mismo lentamente y de un modo constante con su timbre bello e hipnótico.
- Tom, mira. Es ella al fin. -
Fred señaló sin tan siquiera darse la vuelta hacia el pequeñísimo escollo apenas florecido en el agua insólitamente calma, sonriendo como un niño impresionado agitándose juguetón conmovido por una dulce locura.
Tom lo observaba con los ojos fijos y abiertos de par en par. La boca estaba abierta con una mueca que comunicaba una muerte adjunta muy dolorosa y retardada.
Permanecía aquí de lado a la puerta de la cabina atravesado por el arpón de Fred que le agujereó el estómago clavándose profundamente en la madera dura sin problemas además, con la misma facilidad con la cual se espeta un clavo en una tapadera de corcho.
Fred se movió como una molla hacia el timón del minúsculo casco girando hacia la derecha para poder cumplir su amado y codiciado deseo de aproximarse a la Sirena.
Volvió veloz contra el parapeto. No quería más ni por tan sólo un instante apartar la mirada de aquella forma perfecta que también se sombreaba por el continuo vaivén de nubes atrayéndolo hacia ella con aquel tono tan estupendamente único.
- Ven a verla Tom. Es bellísima... y me quiere. ¿La oyes? Me llama... Daría el cuerpo y el alma por ella. - Sus ojos grandes e hinchados parecían querer huir fuera del rostro hacia delante sobre el hombro izquierdo apuntando al pavimento lleno de su sangre negra coagulada en una gran piscina a sus pies.
La sangre por una parte de la herida no se extendió más en desmesura por el peso del cuerpo robusto exánime bloqueado por el arpa incrustado entre el costado y la columna vertebral.
El arpa estaba inclinado hacia abajo y a la derecha con el fin de que el cadáver no se colocase definitivamente inmóvil y grotescamente sentado.
A través de las carnes laceradas el viento se filtraba por el agujero del tórax saliendo por la espalda en un susurro terriblemente obsceno, desfilando por las forzadas hendiduras entre el cuerpo apoyado y la pared de la cabina.
Cambiando de fuerza la posición del cadáver, el viento usaba el cuerpo torturado como un instrumento musical espeluznante alternando tormentosas notas y silencios en una macabra sinfonía mortal.
Fred no lo sentía, no podía sentirla aquella efímera sonata. Su mente estaba ocupada, agobiada y trascendental.
La figura esbelta e irreal estaba ya a pocos metros de él, y aún no alcanzaba a distinguirla plenamente por culpa de una nube fastidiosa que lo hacía fracasar con sombras molestas.
Si el tramo que lo dividía de ella hubiera estado en tierra firme, hubiera saltado del lento barco y hubiera corrido al encuentro. Pensó.
¿Pero... por qué no? Nadie se lo impedía ni lo retenía. No debía caminar, solamente nadar.
Tom había intentado detenerlo, pero él no podía comprender. No se había lanzado al mar porque estaba aún distante de ella y no sabía orientarse sobre donde podía efectivamente estar la fuente de aquella gentil, anunciadora y prometedora voz.
Pero ahora... ahora estaba aquí, al lado... y la barca estaba lenta... ¡Demasiado! No se la esperaba. Con pocas brazadas de nado potente la hubiera alcanzado antes y hubiera podido finalmente ofrecerle él mismo y su corazón como una prenda de amor y para siempre.
La voz era ya fuerte, resonaba clara y en el mismo momento persistió indiferente. Parecía provenir de alrededor y le llenaba la cabeza incesante y armoniosamente posesiva.
El corazón acelerando batía ritmando los cambios de entonación en sincronía con las sienes, martilleando todo su ser en una total y disentida obsesión.
Se zambulló buscando la liberación de una posesión indescriptible. La quería y estaba aquí y sobre todo era ella quien quería a él. Ella lo invitaba... Ella anhelaba entregarse a él...
El agua gélida amplificó de otra manera su ya gran deseo, como si apartándose de la barca hubiera cortado el cordón invisible que lo frenaba. Nadó veloz, agitándose sin coordinación en las prisas y moviendo los brazos como las aspas de un molino con toda la fuerza que tenía en su cuerpo.
Las mandíbulas del tiburón se cerraron en su terrible bocado. Un grito de dolor indecible se disparó sin ser oído mientras la pierna izquierda de Fred, cortada a mitad del muslo se desviaba hacia el fondo del mar.
- ¡Ayuda! ¡Tom, ayuda! - Mientras gritaba presa absolutamente del miedo, Fred se dio cuenta de que había sido traicionado, bellamente engañado, atraído por una trampa de ella. Tom no podía ayudarlo, había muerto porque lo había asesinado. Tomó conciencia del acto, la mente no se le salió más de sí, de la realidad de los hechos cuando el tiburón le volvió a atacar. Su último instante de vida.
El reclamo se enfrió en un gorgoteo de borbollas sobre la superficie del mar no más inmóvil, destrozada por una serie de círculos concéntricos en expansión.
Después de haber despegado por completo el torso a la altura de los riñones, el tiburón se precipitó con una ferocidad inaudita sobre el tronco superior del cadáver de Fred confinado por las ondas del agua libre de iones, con un gesto ahora pacífico con la boca abierta de par en par, fracturándose las costillas del pecho haciendo salpicar hacia fuera los pulmones como reducidos apretando un tubo de color. Peces blancos, rosas y avellana se dispersaron sobre el agua, acunados por el movimiento de las ondas en fase de aquietamiento.
La voz continuaba resonando, cantando melódica, entonada impertérrita, fluyendo de la boca casi inmóvil de la Sirena. Ella comenzó a moverse lentamente sobre aquel minúsculo tramo de sólida sustancia como fuera de lugar en aquella fluida relajación. Parecía un gesto de danza el suyo, con movimientos lentos, afectuosos e incitadores, despreocupada parecía de todo aquello que estaba sucediendo.
La cabeza del esqueleto salió del agua prepotentemente al lado del escollo y avanzó hacia él un poco para llegar casi al lado de la admirada figura mitad mujer mitad pez. Cerró las fauces.
Continuando con su magnético canto, ella alargó el brazo delgado entre los dientes grandes y agudos como piedras esquirlas, cogió algo que parecía moverse, pulsante y con un movimiento delicado y armónico se lo llevó a la boca.
Se puso a cantar y el tiburón se sumergió ruidosamente, dejando después de la corriente inicial el agua detenida y tranquila como estaba al principio de su llegada.
Un silencio espectral se impuso en aquel ambiente vacío con un manto tétrico y alienante. La pálida luna llegó a ser penetrante a través de la fastidiosa nube que se estacionaba delante para iluminar el rostro de la mitológica y agradable criatura, la misma sobre el minúsculo escollo.
Una cara dulce y agraciada contorneada por unos largos cabellos rubios y lisos, con un reflejo blanco y delicado ante el rayo maravilloso, con los labios sutiles como una línea de lápiz bordeados de rojo oscuro.
Dos débiles fuentes de sangre le goteaban a los lados de la boca proporcionándole una particular sonrisa triste, mientras masticaba satisfecha lentamente. Llevó de nuevo la mano frágil con los dedos largos y ahusados hacia la boca con un movimiento agraciadísimo dando un pequeño segundo mordisco a la masa roja oscura grande como un puño.
El corazón de Fred o aquello que quedaba se puso a latir sobre la palma abierta.
La Sirena acentuó los labios en una tenue sonrisa lenta con una delicadeza de gestos indescriptiblemente gentiles, prosiguió y finalizó su comida, mientras las nubes se disiparon completamente y la lánguida luz lunar se posó sobre ella, haciéndole resaltar justamente su encanto surrealista.
La conmoción viva le bajó más allá del cuello condensándose en manchas más oscuras y pardas.
Se salpicó ligeramente el rostro con el agua salada y después se dejó resbalar mórbidamente en el mar, fina y delicada, tanto como para no encresparlo, mientras en el horizonte un primer rayo amarillo y naranja salía inclinado dividiendo el mar del cielo.