| www.domist.net/esp cuentos horror |
NOCHE CLARA
( Marco Milani ITA - NOTTE CHIARA - trad. Eva Barberà del Rosal )
Era una noche clara.
Una de aquellas noches limpias y cristalinas que casi trastornan los sentidos de aquel que contempla el cielo observando el infinito peculiar. Ojalá estuviese sentado en los jardines de una escalera externa, apoyado sobre el muro pintado de grafiti de mi casa con un pasamanos por delante de aluminio opaco lleno de polvo y lluvia.
Estrellas. A millares, a millones. Innumerables para ser contadas tan sólo pocas decenas antes de perderse en aquella marea de guiños centelleantes. Para mirar la vía láctea se debía mantener la cabeza hacia atrás y batirse contra la pared tibia, alzando al límite la espalda y cuello hasta volver a mirarla alrededor del extremo de la cornisa.
Las Pléyades representaban una memoria solitaria en su extraordinaria unicidad, directamente sobre el camino del edificio inestable, viejo y sin poderse mantener. Con la cabeza relajada y con la mirada alta me hipnotizaba con su belleza natural y surgían recuerdos legendarios como de vidas primordiales o de vuelos de fantasía. La única compañía indirecta de un perro lobo, todavía un cachorro pero no por mucho.
Estaba además el recinto en red, de guardia, si así se puede decir a ese mismo edificio macilento por debajo de las Pléyades. Paseaba hacia delante y derecho con paso lento y cadencioso, la cola en movimiento Allegro para atraer mi atención. Ya nos conocíamos como buenos vecinos de casa.
Su sombra lo precedía y lo seguía, proyectada por el escudo que su cuerpo ágil y joven oponía a los rayos débiles de una luna apenas nacida abajo en el horizonte. Su semblante reluciente a destellos nocturnos saliendo de sus ojos grandes y buenos se enfadó por culpa de un gato color rosa descolorido, el cual vagando mórbidamente por la callejuela lateral protegido por la cancela de hierro lo alejaba de nuestra silenciosa compañía instigándolo por instinto a correr como un loco y a ladrar con ímpetu y potencia.
Como de repente se despertó de aquel melifluo entumecimiento, inmediatamente volvió con su peculiar comportamiento apenas el gato desapareció de su vista pasada más allá la cancela de acceso a la casa.
No lo cogió tampoco esta vez, parecía admitir el cachorro, con su pose particularmente pasada de moda después de la presa huída. ¿Y si un día lo hubiese cogido?
Se puso a mover la cola girando hacia mi, con su sombra seguida que parecía todavía más alargada que antes.
De nuevo cayó el silencio. Sólo un leve hálito de viento movía las frondas de pocos y bajos arbolillos del jardín.
Distraídos por las luces indirectas de un farol en la calle, mis ojos se volvieron a habituar a mirar el azul oscuro de puntos blancos sobre mi cabeza. Bellísima tarde. Las estrellas menos brillantes reaparecieron de una en una, al principio desenfocadas y después siempre más nítidas, precisándose a medida en las líneas y en aquellos pequeños puntos luminosos que había.
Un movimiento me distrajo al lado del garaje, diez metros alrededor de mi punto de observación. No se veía absolutamente nada, acaso había sido sólo una sensación mía. Pero no fue una bella sensación cuando un escalofrío me atravesó la espalda agitándome de golpe deshaciéndose de los más profundo mi calma total.
No estaba propiamente convencido de haberme confundido. Algo se había movido y de este modo se movía. Así al menos me lo parecía. Notaba algo pero... era imposible. Parecía una paradoja, pero estaba absoluta y completamente todo oscuro por aquí. Demasiado oscuro para un cielo tan luminoso y nocturno. Una oscuridad casi sólida, impenetrable aparentemente insana. Pensaba todavía que mi imaginación me estuviese jugando bromas negativas.
Recuerdos de brujas, muestras y hombres negros, residuos infantiles teóricamente sobreentendidos por razón de edad y relegados momentáneamente almacenados en cualquier ángulo particular de la memoria, y siempre pronto a resurgir en los primeros avisos de anormalidad.
Ya la magia de “noche clara” se desvaneció interrumpida por un disturbio inquietante por ahora desconocido e invisible. Ojalá una nadería o un golpe de viento, un animalillo sin miedo... en el caso del perro hubiese debido... ladrar!!!
¿Pero dónde se ponía el perro? Habitualmente se turbaba en cada mínima variación vital en su campo de acción. ¿Dónde se terminaba?
Lo vió...
Su forma más larga que ancha y oscura estaba acabando el giro de la casa vieja. Estaba andando con la cola entre las patas.
A lo mejor se había cansado de mirarme y rabear sin recibir ni tan siquiera una caricia o un agradecimiento como a menudo sucedía. También para él la magia de “noche clara” se había terminado, algo había interrumpido aquel idilio natural de calma y noche silenciosa de verano. Me pareció escuchar un aullido parecido al de mi amigo a cuatro patas y el batir de sus uñas sobre el cemento, típico de cuando se pone a comer.
De nuevo el movimiento casi imperceptible a los sentidos pero realmente presente.
¿Cómo es posible ver en el negro más negro? ¿Qué sea solamente un gris muy oscuro? Pensamiento inútil.
Sensaciones de intolerancia. Era siempre más extraño, me sentía diversamente extraño.
No sólo un rumor infringía aquel muro del silencio, sino fuerzas creadas por una psicosis colectiva de todo género de faunos locales. ¿Pero hasta los grillos que siempre rompían con llamadas hasta las primeras luces del alba habían decidido ponerse en huelga?
Quizás era uno de aquellos momentos premonitorios de desgracia. Tipo la llegada de un terremoto. Los animales captaban con anticipo estas cosas. Podía ser... pero sabía que esto no era así.
Estaba en alerta y apuntando como un setter de caza o un militar de guardia en su garita. No había tampoco oído ni visto nada. Me sentía molesto y me dieron ganas de volver a casa. Subir los tres últimos escalones, abrir la puerta y encerrarme dentro para sentirme con protección. ¿Pero sin peligro de qué?
Pensé que era un loco impresionable y permanecí aquí humana fortaleza heroica intentando penetrar en aquella oscuridad con un sentimiento de angustia creciente, sin embargo intenté comportarme como una persona racional.
Me preguntaba con un ímpetu rabioso como una poetisa en un instante intenso de intimidad, belleza y armonía en una noche clara pura transformación al mirar al cielo estrellado que cambia y se estropea por una distracción insignificante, incómoda y malnacida.
Fue en aquel momento propiamente al concluir que el terror tomó forma física con la rapidez de un relámpago, propagándose por todo el cuerpo temblando como fuego en un fardo de heno secado al sol estival.
Una sombra oscura (¿fue realmente una sombra?) e informe manó del negro (¿fue realmente negro?) creador de mi angustia, una sinuosidad inexistente de las dimensiones de un portón puesto detrás y a lado el garaje y zumbó hasta las escaleras y luego sobre, hacia de mí.
Yo no me movido o no fui capaz de hacerlo, quedé petrificado. No logré entender cosa fue… si fuera algo, si fuera alguien, si fuera y basta ya. No llegué a encuadrarlo. No alcancé a definirlo. Era sólo oscuro (¿o quizás negro?) No abrí la boca mientras un grito me crecía por dentro, no lo hice a tiempo. Como ni tuve el tiempo de tener miedo... ¿O quizás aquella sí?
Recuerdo solamente una cosa de un modo claro y unívoco. Resultado del último instante cuando ojos, nervios y cerebelo se pusieron finalmente de acuerdo. Dos ojos enfocados con pupilas alteradas, terribles y viscosas con unos fluidos marinos llenos de odio inhumano hacia mi, mientras tremendas fauces me mordían con tiento la garganta. Olor de materia putrefacta durante siglos de infierno. La Luna delante como una sonrisa de niño.
La continuación fue la oscuridad. Verdadera oscuridad.
Tanta jamás nunca vista ni experimentada. Exacto, experimentada.
Era esta obtusa, densa, casi palpable, parecida en la totalidad de su presencia a aquel ángulo del garaje que había dado a luz la causa de mi finalidad.
Y después de instantes de improbable longitud o de infinita brevedad, como se dijera de “sustancia corvina” y luctuosa, una luz en lontananza. Un faro de comprensión, una nota de verdadero entendimiento. ¡Luz! Familiar y estupenda como la noche clara.
Esperanzado y sorprendido avancé como a través de un túnel. Caminando, volando, pensando.
A veces parecía atravesar mullidos algodones, otras debatirse fatigosamente en el fuego, otras todavía fluctuar en la corriente de una brisa ligera.
Avancé todavía y más. No sé cómo y en qué forma continué andando adelante y... penetré en la luz finalmente. Luz vívida, sólida, violentamente profunda. Inmerso por entero, formando parte integrante de ello.
Estaba invadido por sensaciones indescriptibles, completamente ebrio de esplendor y participación. Advertí silencio y música juntos, cantos celestes y mudas notas espirituales en una fusión de todas, la felicidad que un alma espera encontrar siempre sin tener bien la mínima idea hasta el momento en que pudiese verdaderamente existir algo del género.
Al poco tiempo comprendí de lleno mi futuro, el futuro de todos, de toda la humanidad.
Soy feliz por estar muerto.
Soy feliz por poderlo contar.
Soy feliz de estar de vuelta a casa.
N.B. El cuento ha sido hallado en un cassette de música, grabado al revés y escuchado a gran velocidad. El señor M. F. (no quiere que se diga el nombre por razones obvias) en sueño ha recibido el mensaje con las instrucciones relativas para poder escuchar la grabación. La voz afirma ser un tal Pierangelo. El cassette de música es una fabricación original, el álbum “Back in black” de los AC DC.