www.domist.net/esp cuentos sf - ciencia-ficción

EL SÍNDROME DE BIN LADEN

( Eliude Santana BRA - tra. Eva Barberà del Rosal )

 

 

 

 

Estamos en el 11 de Septiembre del 2011. Exactamente a diez años del atentado terrorista de las Twin Towers.

El abogado Allan telefoneaba a la compañía aérea americana Airlines para confirmar la reserva de su vuelo.

Cancelados los vuelos de Boston-Los Ángeles para ese día, es la respuesta que obtiene.

 Allan están desesperado. Desea llegar a casa a tiempo par acompañar a su mujer Catherine al hospital.

Pide transferir la reserva a los EEUU para una hora después, vuelo Boston-Los Ángeles.

 

Han pasado 10 años del atentado a las Torres gemelas, pero existía aún en el corazón de cada americano el síndrome de Bin Laden.

Contra la mala suerte o por precaución. Allan iba proveído de un kit anti-efecto “The day after” que va de las “nuke-pills”, las píldoras que limitan los riesgos para la tiroides en caso de exposición a las radiaciones de los identificadores de difusión radioactiva y de las máscaras antigas. El creía que la próxima jugada de Bin Laden no sería otra que un ataque químico o biológico. Hoy aniversario de aquella terrible tragedia podía ser una fecha favorable para un nuevo ataque terrorista.

Había cosas importantes que hacer ese día y no entraba en sus programas volar justo en esta fecha, pero en algún momento recibió una llamada de su suegra para informarle de que Catherina había comenzado a tener los primeros dolores. Los médicos estaban tratando de controlar las contracciones para aplazarlo a otro día, pero no estaban muy seguros. Allan deseaba enormemente estar presente en el nacimiento de su hijo primogénito.

Había comprado ya la telecámara digital para grabarlo todo y regalárselo a su hijo el día en que cumpliese 15 años.

“Caramba, nacer justo el 1’11 de Septiembre es la más mala suerte que se podía presentar” o el niño ha querido anticipar tres semanas su nacimiento, ¡maldición!

Llegó al aeropuerto y pronto comenzó a dar caza a presuntos talibanes. Buscaba por todas partes signos de objetos sospechosos, rastros de bombas, sondando cada ángulo debajo del asiento y en los baños.

Debía sucederle precisamente a él, tener un hijo nacido el 1’11 de Septiembre. Era un augurio pésimo.

A bordo del avión se veían más agentes federales y hombres de la CIA que pasajeros. El se sentía más seguro. Pero era consciente de que si aquí hubiese uno de aquellos locos de Bin Laden, ninguno podía hacer nada para impedir cometer una acción terrorista.

Se sentó al lado de un chico con la tez un poco oscura. ¿Tal vez eran las lentes de sus gafas? ¡Bah! En la duda cambió de sitio vigilando siempre a este tipo. No se sabía nunca.

El avión despegó sin problemas. Los agentes federales hicieron un largo control bajo los asientos de los pasajeros, en las maletas y en los baños.

El abogado Allan no alcanzaba a contenerse. Les persiguió. Podría ser útil para individualizar cualquier negligencia o evaluación en la parte inferior.

Los agentes comenzaron a sospechar precisamente de él. Allan continuó su cacheo independiente sin darse cuenta de que estaba bajo control. Juzgaba necesario tomar la vía de la urgencia.

Después de un poco se percató de que algo no funcionaba. Parecía que aquellos agentes estaban sospechando. Intento no crear pánico para no confirmar una suposición infundada.

Baja del avión y hace un giro dentro del aeropuerto para despistarlos. Tiene la sensación de que alguno le sigue. Seguro que no son los agentes de la Cia. Tal vez son ellos, los seguidores de Bin Laden como había temido.

Sale. Hace frío y ya está oscuro. Hace una señal a un taxista desde la otra parte de la calle. 

Mientras atraviesa un coche a gran velocidad que le llama la atención, haciéndole girar de un salto. Sin tiempo para tomar el aliento, otro avanza con los faros apagados hacia él. El instinto de conservación le hace temblar y comienza a correr con la esperanza de apañárselas sin comprender bien la gravedad del problema en el cual se ha metido. Si se detenía para razonar el asunto para protegerse corría el riesgo de ser atropellado. Corre a lo largo de la calle sin pensarlo demasiado.

Escucha el zumbido del motor siempre más cercano y tiene la plena sensación de que la población se hubiese volatilizado, parece estar solo en este planeta, con un coche asesino detrás suya.

Pocos segundos después un choque lo hace volar en el aire una decena de metros más hacia delante. Permanece aturdido, no alcanza a comprender qué diablos quieren de él. Pero no hay mucho tiempo para pensar que el monstruo de acero se está avecinando aún. Le falta el aliento pero comprende que debe reaccionar rápidamente antes de ver llegar al mundo a su niño por fin encontrado. Con un golpe se desplaza algún centímetro apenas a tiempo de evitar milagrosamente el golpe final. Mientras se giraba vio dos nombres escritos bajo la matrícula: NEDAL NIBA MASO. Aquellos tres nombres permanecieron en su mente como una impronta. ¡Qué cosa quiere decir esto!

 

Casi no alcanza a sentir las piernas pero el pensamiento de ver llegar al mundo lo más querido le da la fuerza para arrastrarse hacia aquel taxis detenido. Cuando llega encuentra al taxista medio dormido y le pide llevarlo rápido al hospital. Percibe su cabeza fajada y la barba descuidada, parece bebido o era un vagabundo que trataba de buscar refugio en aquel coche abandonado. Debía razonar rápidamente, antes que los locos de Bin Laden le alcanzasen. Sentía que le faltaban las fuerzas, se estaba casi desmayando.

El instinto y la adrenalina tomaron la delantera. No sería fácil liberarse de aquel vagabundo. Reunió todas las fuerzas que le quedaban, apretó la mano sobre la cabeza y con el codo le dio un fuerte golpe directo al cuello. El vagabundo cayó sobre el sillón.

Allan se arrastró fatigosamente y tomó el mando del taxi. No sabía donde andar. Perdía mucha sangre y tenía necesidad de auxilio. El hospital más cercano distaba más de 4 kilómetros, pensaba que no podría llegar. Escuchó una sirena de un coche de la policía que venía hacia él. Pensó que lo más acertado hubiera sido pedir ayuda a la policía. Se arriesgaba ser encerrado en prisión por un equívoco de los agentes generales, pero era de cualquier modo mejor que ser capturado por los seguidores de Bin Laden.

Se detuvo. Aquellos nombres martilleaban su cabeza: “NEDAL NIBA MASO...  NEDAL NIBA MASss...  Su vista se oscureció, después no vio nada más.

Se despertó en la cama del hospital con las piernas enyesadas y tres costillas rotas.

Pero la sorpresa más grande fue cuando abrió los ojos y encontró a los agentes federales que registraban el avión justo delante de él. “Me han pillado”, pensó amargado. Se desvaneció la esperanza de ver llegar a su querido hijito.

Estaba a punto de decirle que era una tergiversación, que él era un buen y respetable abogado, que no era un militante de la jihad, era por eso que los seguidores de Bin Laden querían su cabeza quién sabe por qué razón. Era un inocente perseguido por las fuerzas contrarias, (cosa de locos). Y pensar que su único delito fue dejar la posibilidad de trabajar para estar junto a su mujer en aquel momento de magia, cuando un ser se enfrenta a la luz del mundo... ¡pequeña inmensa presunción de cada padre!

¡NEDAL NIBA MASO!

Antes de que abriese la boca los agentes se acercaron sonriendo y le prometieron la suma de 25 millones de dólares, la recompensa por la captura de Bin Laden, el enemigo número uno del planeta.

“¿Qué diablos está sucediendo?” exclamó sin comprender nada.

Después supo que este vagabundo taxista era nada menos que uno de la familia de Bin Laden en carne y hueso, y él inconscientemente le había entregado en las manos de la CIA.

 

Llegó a la sala de parto en una silla de ruedas con la videocámara digital en una mano y en la otra un letrero escrito con NEDAL NIBA MASO, este sería el nombre de su hijo, porque no alcanzaba a tocarlo con la mente. Fue el ángel custodio de su hijo quién se lo inculcó en la mente, no podía ser otro.

 

El espejo enorme de la sala de parto le daba una amplia visión para registrar el nacimiento de su primogénito. Al lado de él estaba el letrero escrito: NEDAL NIBA MASO.  Comenzaba a encontrar simpático aquel nombrecito, antes que todo era el nombre del hijo de un héroe, el hombre que un día por ironía del destino entró a formar parte de la historia no sólo de los EEUU sino de todo el mundo.

 

Dos semanas después, mirando lo filmado, Allan tuvo un sobresalto. El nombre que le dio el ángel custodio de su hijo desapareció y en su lugar surgió una blasfema. ¿Quién ha sido el responsable de esta broma tan horrible? Alguno debe haber puesto este nombre aquí por una tomadura de pelo de mal gusto. En el lugar de NEDAL NIBA MASO se leía: ¿¿¿OSAMA BIN LADEN??? ¡¡¡¡Oh, santo cielo!!!! ¡Ahora estaba esto! De debajo del coche de aquellos locos le alcanzaba la vista para leer el nombre de Osama Bin Laden al revés.

 

Ahora ha puesto una denuncia judicial para que cambien el nombre de su hijo, también aunque debiera costarle 25 millones de dólares.