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Rollos artis
( Eva Barberà del Rosal ESP )
Me abandoné al destino inusitado, pensando solamente en una canción desesperadamente.
Tremendamente mi ansia cuando descubrí que no intentaba iniciarme con un método ya aprendido.
Sufría tanto por no demostrarle a nadie nada.
Hubiera preferido inventarme unos malditos personajes y ponerme a cantar, mientras todo sucedía, lo más hermético del cántico chiflado y de la palabra aprendida, tras no saltar ni dejarse llevar; simplemente suceder lo que algún día...
Tenía razón.
No era la subjetividad del tiempo, ni el pasar de un diván a otro.
Ese estilo tan llevadero de cantar canciones camaleónicas que suenan igual.
Una pura metalurgia anclada en lo más verde del disfraz perfecto.
No intentaba quitarle razón a lo que no la tenía.
Me encontraba caída redonda en medio de un huracán poseída.
Me desnudé de recelos y desperté hallada muerta ante la puerta de un edificio sin nombre.
Estaba tan sola, tan poco desenvuelta en mi atadura de loca quizás por haberle dado a alguien un soplo final.
No trataba de fingir, tal vez me arrinconaba en el suelo porque fingía que no era posible, que no existía la tristeza.
Ese sollozo que me animaba a continuar viviendo como un látigo en las caderas que danzan como preciado amuleto de vaivén.
Mis cejas mis pómulos y el arte de vivir...
Todo era más rítmico que ecuánime, más prestigioso que adecuado.
Poder palpar el pensamiento de un cuerpo apocado mientras la canción se escucha de fondo.
Todo oídos ante este secuestro que es volcarse delante de una mirada eficaz, que hace dormir mientras te vas.
La música ingenua que tiene alma.
Escucho.
Y sujeto la armonía de la ilusión, la fugacidad de la pernoctación.
No he encontrado un sueño que me halla hecho eterna aún...
Tras un breve relámpago se iluminó la casa con pocas palabras y nudos en la garganta.
No arremetía el silencio. Quizás la noche enmudecía.
Era tarde para trasnochar. No me aquejaba de ninguna dolencia, pero sufría por un fracaso irresoluto.
Me habían hecho sentir cobarde ante el pasado-futuro.
Me había sentado enfrente de mi y no conseguía despegarme de lo que yo misma me había despojado, mi piel.
Era la emotividad que se dibujaba palpando los adjetivos y adverbios sin ardid.
Disimulé que estaba convencida de algo o de casi todo, pero no hallé un significado a mi palabra.
Puede ser que anduviese veloz el carro de los secretos.
No traía ninguna sorpresa esta vez. Nadie venía a verme. Como siempre.
Y es que esa tristeza se notaba y se percibía, lograba hacer tantos hechizos sobre mi piel, sobre la misma esencia de mi espíritu.
Latía cada célula de mi cuerpo, tratando de fingir un número modelo para imitar.
No era erróneo que después de todo, me sentase a tomar unas copas y divagase.
Necesitaba evadirme.
Era trivial que me inspirase con los jazmines de mis niños que jugaban en el patio porque hacía ya calor.
Nunca hubiera acabado de narrar lo más pretencioso que me sucedía.
La existencia.
Preferiría no tener que hacerlo, someterme al hecho.
Debiera ser para algunos demasiado crudo.
Pero era conmovedor gozar de la compañía bella de pequeños que amaban el tiempo sin sentirse persuadidos por la copiosidad esponjosa de la cordura insana en falsas ocasiones.
No podía arremeter con la cifra del miedo, con el color del sendero, con el semblante de la eternidad fingida.
Me lamentaba.
Pues tenía que levantarme todos los días, como se elevaba el Sol y decapitar la noche. Soñar con lo vivido y destrozar la máscara maternal que era como nos habían criado.
Ya en la ancianidad la calma me hastiaba.
Lograba disfrutar con cuentos y refranes. No me inventaba nada que no fuese ya inventado.
El arte era silenciar lo que aún me sofocaba, la tristeza.
Me inundaba esa bajeza vil de la monstruosidad con que nacemos para vivir, pernoctar en esta duda cabal.
Me perderé todavía más y lograré averiguar qué significado tiene del todo esta aventura tan común infatigable para tantos.
No estaba convencida de que debía ser feliz, pero sin embargo dudaba de que no lo fuese desde este ángulo o esta perspectiva.
Estaba deshecha.
No sabía si seguir este paulatino andar y atravesar lo más negado del ser como es el misterio.
Me hallaba.
Pero si me ponía a pensar podría empezar a sentirme ridícula, pues mi vida había cambiado.
No era el hecho de que yo lo había deseado o lo quisiese, en el fondo era el único devenir y el último que me esperaba.
Una sonrisa cálida la despertó.
Era un perrito.
Tanto sufrimiento si nos vamos a morir después.
¿Narrar para qué? ¿Qué sentido tiene el cuento? ¿la novela?
La poesía era fugaz, pero el alma tenía un doble sentido. No hubiera pensado jamás en transgredir lo vacío, los recuerdos que quedaron nublados en el arca como una fuente sin agua.
Yo caí desplomada por enésima vez al lado de mi misma.
Nadie estaba ahí para sujetarme. Me desplomé redonda en el suelo con las piernas torcidas y blanca como la pared.
No estaba muerta aún.
Todo había surgido por un descuido. Nadie había llamado a un médico.
¿De qué hubiera servido?
Claro.
En serio.
Todo tiene un sentido.
Sí.
Pero esto no es lo ideal, que la gente muera sin más.
No hay más beatos en una Iglesia porque las puertas den más cabida...
Es obsceno tener que compartir sin pensar que ya eres hombre muerto cuando vienes a parar a este mundo, un sujeto de la perdición.
Esta mirada que me ciega. Cuando resulta que no veo nada.
Que nunca he observado ni el cielo que miraba a mi madre.
Me revolcaba entre pensamientos, los míos y no apostaba por acertar si en el futuro tendría más cabida mi pasado que la irrealidad.
Era todo un símbolo debido arrastrar la impaciencia ante resistencias inmorales que luego lanzarían un desfile de piratería porque no se apostaba por lo más alto.
Esa sencillez que te lastima el coraje, porque piensas que ya se ha terminado todo, y sólo queda lo que nunca se necesitó para construir, para hablar tranquilamente como se esperaba.
Era tan abominable esa desesperación, llorar por no sentir la comunicación que me congojaba.
Torturada no necesitaba gesticular para arrodillarme e incorporarme. Me había sentado casi en el suelo, con las rodillas en genuflexión. Estaba muy rota, muy impura, muy sola allí en el umbral de la castidad.
Los árboles cantaban victoria. Al fin servían para algo, para comunicarse conmigo, para mirarme, para acompañarme en esta fiesta tirana.
No sabría decir qué pintaba todo esto en esta especie de deseo atípico.
Ni los niños fingieron acordarse de mi.
Era un largo divagar, un mecido viento que me angustiaba.
¿Por qué me debía dejar la vida a mi que no lo merecía?
Yo no me iba, llegaba...
Vencía el porvenir y me irritaba.
Mi falta de poder se apoderaba. Era como una lámina que se oponía al frío gélido de una estampa, mi intención.
Sentía que se acababa el desorden, que volvía la normalidad.
Mi tez se tiñó de alegría, pero estaba enloquecida sollozando. No tenía arreglo.
Este mundo no era la solución.
¿Pero es que si lo piensas bien, para qué están hechos los relojes?
Un árbol es el mejor reloj, un cielo el mejor corazón.
No sé.
Yo no oigo a nadie cuando miro al espacio, escucho.
Veo el tiempo. Susurra a mi lado y logro tocar la armonía de mi cuerpo por instantes y no me aburro porque soy feliz.
¡No puedo soportarlo!
Es un problema compartir lo que nunca se nos dio, el amor de verdad. Un problema que iracunda la salud y mina al verso.
Un despojo de flores que pululan como acero en el viento de la perfección.
Pero es necesario decidir, es imposible quedarse pendido como una rama sin fronda, es más que un deber que el poeta decida, que el artista se quiera como nadie lo hará por él.
Es tanta requerida acción, tanta necesidad de ilustrar.
No creo que me enjaule si tengo que aparecer ante la dignidad, buscando un haz de color de luz para no tener que aburrirme mientras se dispara el corazón abierto como un chispazo divertido.