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Con tinta y sangre
( Daniel Alejandro Gómez ARG )

 

 

 

                                         Noche de silencios                                       

 

El sol baja hasta mis ojos,

pupilas que titilan fuegos. Queman

el otoño que a los árboles seduce,

que las veredas mojadas aman

en la muerte de sus hojas tostadas.

Mis pies cesan la melancolía,

la mañana suspira en mis pulmones.

Huyen los rosados…; callejones del universo,

estrellas coquetas de lápiz de carmín,

flores tristes y rojas como el sexo,

que las lluvias riegan con sus cielos

de jardines en crepúsculos. Muere

la noche en mis brazos. Le di vida

con mis ojos abiertos de par en par;

le obsequié tus cartas: blancas de luna,

de tintas en silencio, del alba

que se derramaba en los renglones.

Ahora mis pasos van pensando

lo que mi carne no sintió.

Los rostros cargados de relumbre; árboles,

de cuyo costillar desvergonzado,

se dejan sudar con luces de narcisos…

Tumbas bajo las suelas de mis zapatos

bañadas de flamantes colores…

Laberintos. Geometrías de cementos

burlones. Grises florestas que revientan

en miradas de cristal. Las lentas horas

esperan; están en mi mirada,

en mis ojos. Derriten su luz, oro

es lo que lloran; y la noche

aguarda mis insomnios: el recuerdo

de no recordarte. Y la luna blanca

sobre mis cartas.

 

 

                                         Desnuda ciudad

 

Las luces civiles, perros de ojos tristes

que lamen mi tristeza, canción

de nubes llorando ceniza, música

de lejanas praderas, gatos que miran

con miel untada de polvo. Te busco

cuando me busco. Te pierdo

cuando me encuentro. Canción

de calles solitarias, de voces neumónicas,

de labios que mendigan todos los besos

que los otros labios dejan de besar.

Rayaduras de cemento, respiración de metal,

tintineo de adoquines bajo mis zapatos.

Bailo con tu sombra hacia las sombras

que han meditado en mi pluma. Bailo

sombras, sonrío luces. Y mis ojos

duelen a gotas…

Canto de pueblos

que caminan cada cual en cada vereda;

gorrión que agita sus alas de jaula,

que te palpa los dientes dorados.

Él derrama nuestros bares

en la ansiosa memoria de la poesía.

Tienes todavía tu catártica piel de leche;

donde la luna se acuesta a dormir,

y mi cuerpo todavía está quemándose,

y mis silencios siguen callándonos.

Donde mis labios te han recorrido…

 

A ti: universo.

 

 

                                                    Vuela paloma

 

Vuela paloma al cielo,

pico de olivo, plumas de paz,

sangre de cáliz,

venas que llueven mis ojos.

Tus manos la han librado,

tus manos la tocan. Mis manos

en tus manos. Blanca sonrisa

de las nubes, alas que susurran:

Besos de plata en su pecho.

Vuela paloma:

Tu espíritu en las nubes de crema,

luna de piel nacarada; paloma,

en cada sol tu nido; ojos de oro

miran en tus miradas. Vuela

como las alas impalpables de

mis Cupidos biliosos. Podrás verla.

Tiene tus mismos dientes,

la estricta tintura de tu carne.

Llórale tus olivos. Vuela paloma,

vuela. Que te recoja como a una niebla,

que te de las monedas de sus ojos,

o sus cabellos de sortijeos espumantes…

Y tus alas:

déjate amarlas por su alma,

si es que así

amarme me concedes.

 

 

                                         Cuando los prados…

 

Cuando los prados

se visten con la luz del alba;

cuando la espuma del mar,

se muere sobre las orillas;

y los árboles conquistan el cielo

en la gris derrota de las nubes;

y en los caducos labios de la luna

se ha prendido el oro

de un rayo de sol…

Las plazas, avenidas, fuentes,

las ciudadanas cuadrículas,

tienen entonces esos vagidos de belleza.

Ello sucede también, sí, en los oxígenos

mestizos, en la reglada suciedad

de crepúsculos escuetos. Morada

ventana de un bar que reluce sus otoños.

En las piedras nocturnas

de plazas escritas en cincel.

En las mañanas de brillos lacónicos-

el estricto dosaje de una luz presidiaria-.

El azúcar que abraza la humildad del café,

el sencillo goce de las luces eléctricas

flotando en la fuente estatuaria.

Pero no es suficiente.

A lo lejos, el campo acerca sus dedos

cargados de arco iris; su labio

empapado de apetitos vinosos;

sus ojos que exhalan

inmáculos pulimentos solares…

Todo ello sobre la ciudad:

Sobre el café de cada mañana,   

el periódico de chismorreosas tipografías,

en el sucio centelleo de las monedas

que circulan

como la sangre de nuestras venas.

En el ébano industrioso del cielo;

bajo el cual soñamos seguir nuestros sueños,

despertar de lo que despertamos a medias.

A lo lejos, en los prados…

En los pájaros, en las forestas, flores,

abejas, ciervos… en la osadumbre nudosa

de los catedralicios boscajes de los árboles,

aún hay todavía ciudadanos,

y acaso una verdadera ciudad.

 

 

                                         Lo que el viento me dice

 

El viento entona sus poetas.

La copa de las lágrimas bebe poemas.

Degusto los ojos del cielo;

pupilas de estrellas palpando

la soledad enorme de la luna.

Hay poetas en cada verso;

hay un verso que toda tinta espera;

que toda sangre sabe, late, tiembla.

Tristes están las nubes,

que bañan de sombra mi sueño.

Me duermo como los astros duermen:

Austeras bellezas, sobrio estelado celestial.

Rimas que ascienden a meditar,

pensamientos de cosmología literaria;

pues los océanos me escriben en la arena;

llevan el agua azulada

que los dioses pudieron haber amado.

Quiero amar- comprender- este viento.

Que sopla en las ruinas, en las musgosas cruces…

En las matrices plenas

que agregarán universos al universo…

Todo átomo de tiempo se esconde en los relojes.

Ah, las alturas; que han sollozado sus mares.

Y el océano me inspira la pluma en las orillas;

resopla y resopla desde allí,

derrama poetas por todas las poesías.

Quiero amarlo. Debo amarme;

ya que ello, quizá, sea una creencia:

Es amar el amor.

Pues el viento,

en las migajas de los relojes, en los cielos,

acaso también me esté rezando.

 

 

                                         Crepúsculos de la razón

 

Sensaciones tardías, crepúsculos.

Rezando nubes mi tiza sobre el papel.

Pasiones amables en mi cuerpo.

Mis manos hundidas en la soledad.

A lo lejos, el tiempo chorrea eternidad.

Las horas turbias del reloj;

los umbros silencios de lo nocturno:

Crepúsculo en mi rojo corazón.

Tintas desesperadas erigen vocablos

de ásperos castizos; lenguaje de ansias,

aprensiones; diálogos de amarga literatura.

Ah flores blancas en los relámpagos;

ramilletes de estelas platinadas, coronando,

en mi cama, a un inquieto Morfeo desdeñoso.

Sensaciones que tiñen blancuras en la piel.

Sudores rosados en mi tacto regado de sol.

Es un día nuevo, largo como un instante.

Letras que sollozan unos verbos agradecidos.

Ah los restos de la tormenta

gimiendo ojos en las ramas.

Bajo el cielo, la mañana ríe

la floreal desnudez. Arbóreos cantos

de las ramas orando sus jilgueros.

Un plasmático poema

ambula en mis manos,

llena mi pecho de sangre musicada. 

Hilos de venas caen de mis ojos.

El tiempo que cavila los crepúsculos…

Nubes de tiza tatuadas en llanto.

Ahora creo que llueve.

Y los poemas bajan de un cielo

que escribe mi vida en mitad de la muerte.

 

 

                                                    Venas en la boca

 

Del cielo bajan tus dientes.

Me muerde la espuma de nube;

la boca que respira fuelles de besos.

Tu costilla de mármol labrado duele,

y dejo caer mis cabellos en tus ojos.

Los miras chorreando pupilas…

Lenguas inundadas de lágrimas…

Los ojos de tu amor son cristales

en los rubíes de mis labios.

El arduo azafrán que siembras

en mis músculos cálidos de sudor.

Sí, aquellos relámpagos se recrearon

en tu alba carne.

La luna se ha aparecido en tu risa;

sol que baja hasta tus dedos insaciables,

que soplan lacadas brisas a viriles jardines.

Vientos en tus palabras, tormentas.

Y mi corazón se espesa con tus venas

que derramas de tu boca a la mía.