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Cantar de la lluvia

( Daniel Alejandro Gómez ARG )

 

 

 

 

Desciende lluvia como un pensamiento,

como el espíritu de mistéricas fuentes

que sopla hálitos poéticos en mi cerebro.

Caes sobre los cántaros de las calles;

los árboles tienen las ubres de tus gotas,

que mueren en la ansiosa copa de las rosaledas.

En la montaña llevas blancos ojos

que miran las cumbres con hielo y plata;

relumbras en los peñascos, cincelas

el marfil frígido en los riachos furtivos:

la leche exaltada del oleaje, los frutos

platinados de las uvas imberbes…

Detienes tu camino en las robledas forestas;

las testas de los pinos enraizan

a tus pálidos cabellos de anciano.

Y el agua no respira:

exhala frías savias de rígidos sabores.

Cuando llueve en el sol, pues, el fuego

esponja los licores de Midas, la púrpura

hinchazón del viñedo, las manchas de durazno  

que le brillan como su oro alcoholizado.

El astro tiene penas, gime relámpagos

cuyo venoso azufre espeta a los cielos.

Peces en los ríos, blanca y azul agitación

del arco iris en sus escamas propiciatorias.

Se hunden entre las algas lucrativas,

disienten la oscuridad. Su cuerpo polícromo.

Sí, los colores descansan en el manantial

de la tibia fluidez de los rayos;

y el duende dejó su cerveza de colores;

las ollas cargadas de cabelleras naranjas,

empapadas. Llueve sobre los trigos.

El rezo de las mazorcas elevadas

en plegarias, las hojas gruesas y nutricias,

que desahogan savias verdosas, y las riadas

del arado, embarazado de semilla; del polen

cortando el cordón umbilical a la flora;

a poemas, a pintores. El arte tiene gusto a flor.

El flexible pétalo inclinado en la grávida

huella del rocío dorado, matutino…

Barro formado en los huecos de las calles,

silenciosa mezcla de nubes y tierras,

de dioses y diablos: ellos bajan sobre mí.

Las cascadas, la húmeda boca de los cielos.

Mis manos tienen raíces rojas;

el corazón exuda los tóxicos del amor,

empaña la sangre melosa, derrama

en la tierra los corpóreos preciosismos;

y los brazos

me extienden la carne por los huesos.

Respiro jugosos pulmones:

el ritmo pautado del agua sudante,

el soplo tímido, fugitivo, rico de sonancias

extrañas, magia hábil que embruja mi sueño…

Llueve; ubico los pensamientos sobre mis pasos,

camino bajo la tempestad; las alturas giran.

Cosmos que extiende su albo chorro…

 

Lluvia.

A ella debo mi inspiración, ella me adeuda

la suya, pues me está sollozando.

Solloza mis mudeces, mi desaseado bagaje

lírico. Me da palabras, acaso las mismas

que duelen en mis aguadas pupilas.

Idénticamente escritas en las noches:

poemas de vocabularios raquíticos,

silabarios de malignas músicas, afónica

lira, encordada de mustio laurel.

Páginas que llueven de mis manos.

Dolor, en fin, en los ojos que descienden

la oscuridad y la plata;

que me chorrean desde las nubes…

como las cenizas y las lunas y el silencio.