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ORILLA
(
Me tiendo en la arena,
el dorado soplo del viento
acaricia las plácidas y rubias olas.
Esta lejanía tiene semblante de soledad,
cielo que respira pálidas nubes sobre mi cabeza.
Tengo el cuerpo poseyendo la severidad varonil;
músculos de los brazos, lamidos
por la sal empapada, las piernas extendidas
en las gotas marmóreas de la espuma.
Mis manos atrapan el viento azul,
rico de transparente corporeidad,
del yodo savioso que exhalan las eternas marejadas,
que sirvieron a las huellas de Colón y de Ulises.
La piel del poeta está cubierta de bronce,
semejando la estatua, un sol en plena carne.
Los ojos se me llenan de lágrimas en luz,
como diamantes que sudan de mis mejillas al cuello,
y los cabellos ejercen las fantásticas curvas
de la brisa viajera, que tiene todas las razas
y los colores y los siglos del aire, y el crepúsculo
ya está cubriéndolo todo con un vino pausado,
de báquica quietud; carmín, gaviotas
brillando una rígida sangre de rubí.
El bello silencio del crepúsculo, los rojos furtivos;
horizonte que urge su purpúrea cadencia a lo lejos.
Le concedo mi trato; juego con el aire de saladas
especias, exudo mi voz
entre la arena que está suplicando la luna.
Me callo al fin, solamente espetado
por el crujir del oleaje; aguas blancas y negras;
la noche y las estrellas,
que la espuma bebe junto mis pies.