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LO CAPCIOSO Oswaldo ROSES

 

Todo tiene su valor -o valores- irreducible e irrebatible por todos, incluso por mí. Así, una célula por ejemplo, tiene ¡siempre! - y no porque a mí me guste- un valor vital; bien, la luz tiene un valor energético, etc.

Pero supongan que un señor quiere -por gusto o por estado alucinatorio o por envidia o por ignorancia supina simplemente- darle otro valor a la célula, y al instante ya le da "el valor terrorista", porque sí -como advertirán no viene al caso, se lo imagina-.
Pero supongan que ese señor, llamémosle el señor Cabrones, sigue y quiere infravalorar o dar de lado a los valores y de pronto sugiere "no tener en cuenta el dolor del vecino", ahí: ya está dicho. Entonces, como consecuencia ese vecino no tiene en cuenta -aplicando las mismas reglas de su ocurrencia- su propio dolor y no lo socorrerá nunca; y los otros vecinos al ver que no lo socorre también dan de lado su dolor y el propio por extensión.

De modo que (de una neurona salió un manicomio), por la suspicacia del señor Cabrones, se puede destruir todo, todo en una cabronería sin fin en tanto que, los valores que siempre se remiten a contextos -pero debes tú tratarlos, analizarlos, y respetarlos en sus circunstancias o condiciones correspondientes- los destroza él, los hace un "cacao mental" indescriptible como el que le turba constantemente.

Por ello, con los pies en el suelo, en orden a una racionalidad, se debe aprender a valorar (algo que la naturaleza sólo enseña), a adquirir tal capacidad - digamos que lo proporciona poco a poco la sensatez y también el conocimiento-, considerando que "ya infravalorar algo" -por algún motivo o porque se descubre que carece de un valor atribuido anteriormente por atavismo- está dentro de la misma capacidad de valorar; o sea, de decir esto es así y no es asá.

Aunque por otra parte el señor Cabrones sostenía que se debía de quitar valores y ¡venga!, de excluirlos, de esconderlos, de relativizarlos como solía decir, o sea de utilizar un método de... exterminio.
Bien, sobre la base de que la vida tiene un valor de esperanza, un loco -o cualquiera- puede -por poder locamente o fantásticamente se puede todo- decir que no o relativizarlo o llevarlo al cine o intentar subirlo en la bicicleta pero eso es vanidad al comprobarse que el valor sigue como tal.
Otra cosa, sí,  es que él no quiera conocerlo, comprenderlo, reconocerlo, respetarlo y opta -por huir o por inventarse otro- en considerar que no existe o como a lo loco suele decir relativizar o a lo "vamos de caza, a quitar lo que nos molesta, eso o aquello". Pues, ¡allá él!, eso no quita nada, cada cosa tiene inquebrantablemente su valor contextual que lo hace ser distinción o diferencia, ser lo que es, nada se puede relativizar excepto en estado de total locura: todo posee para sí y para su contexto el valor indicado, el que se ha adecuado, el valor correspondiente a circunstancias contextuales.

Asimismo, en claridad, el valor de la esperanza no es exactamente igual al de otra persona porque el valor de la esperanza en el señor A se encuentra condicionado o ceñido por valores circunstanciales -u otros valores que actúan junto a ése- distintos a los del señor B.

Conque cada cosa tiene su dignidad en tener o en corresponder a los valores que le son propios y un señor confuso o que se ha pasado en unas copillas no tiene derecho -si siquiera uno en ética y en racionalidad- para sentenciar él que no los tiene, que no los tiene ¡por cojones!, porque a él le da la gana; cuando otro asunto, otro, es que despreocupa totalmente su capacidad para reconocer o para valorar lo que sí es, sí existe.