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EL BIEN Y LA FELICIDAD Oswaldo ROSES

 

 

Está claro que el bien lo desencadena nuestro comportamiento, luego es algo vinculado a nuestra relación con el entorno. Si se beneficia –si se beneficia al entorno- estamos en realidad permitiendo un equilibrio con él –aun cuando no sea perfecto, sin duda ya vamos por la dirección para que se consiga, para que sea cada vez más perfecto ese equilibrio-.

Así es, pero ocurre que esa relación se modela con nuestras acciones, se decide con nuestra voluntad dado que sólo ésta decide por nuestra parte; correspondiendo a ser, sí, el único instrumento relevante para ser correctamente usado. La voluntad en la medida de lo posible reprueba lo que está perjudicando, tanto para uno como para otros; o sea, debe ser crítica como también debe ser autocrítica para que trascienda lo útil o el cambio mejorado.

Con estos términos, el “bien en sí mismo” se deduce de la “eficacia” del sentido más crítico y autocrítico de la voluntad (rebatiendo a Aristóteles que lo tenía esto confuso). De aquí se desprenden los sentimientos –las valoraciones subjetivas de libertad, justicia, amor y paz-, pero todos ellos son un resultado de lo predicho objetivamente: el “bien en sí mismo” es una mejoría que ha conseguido nuestra voluntad siempre por su capacidad lo más crítica y autocrítica.

Por lo tanto, el medio es por intelección responsable del fin, corresponde a un fin y lo ratifica un hecho o unos hechos en concreto.

La vida contemplativa “ve” el bien que hay, el que ya hay, pero no hace otro bien –no añade-, esto es, no hace el bien que no hay –viendo el bien que no hay, el cual debe advertirlo o darse cuenta lo más conscientemente de que falta-.

El ser contemplativo se resiste a las acciones de bien del que no hay y sublima desmedidamente –quizás egoístamente- el que hay, el que ya se lo dieron hecho, como regalo; pues obedece  la máxima dogmática de que no hay que hacer más bien del que hay conforme a que, ése que hay, suficientemente le beneficia a él, sin más, sin pensar mucho en los demás.

En el trasfondo de todo, el facilismo intelectivo y su comodidad  -lo que hoy llamamos alineación- es el gran enemigo del bien. Si Bush –o cualquier loco- dice que la guerra es buena, al momento  le siguen millones se seudocristianos copiando lo mismo. El "seguidismo"  sin alguna autocrítica no, no advierte si lo que se hace o se apoya está bien, no se detiene a pensar si perjudica a alguien, si conlleva muertes de inocentes –lo que significa el delito de asesinato-; pero, ¿qué juez se atreve a juzgarles para meterlos en la cárcel donde sin duda merecen estar en igualdad a otros que deciden o apoyan matar?

Frente al bien se mueve la felicidad. Cierto es que si el bien fuera el que se debe considerar todos serían felices o todos serían casi en la misma proporción felices; sin embargo en el mundo transitan  muchos intereses o bienes exclusivamente particulares y, en adecuación a eso, se maltrata a la misma felicidad o se establece lo que podríamos decir “avaricia del bien propio o para uno”. Aquí, "hacia el beneficio de uno" se corrompe o se justifica toda ambición sin ver las consecuencias –de daño ajeno- que tal procedimiento comporta. Aquí, se es feliz –egoístamente- no con el bien para todos, para el bien común, sino con el que acumula como seudobién en uno –a expensas de que otros pueden carecer de un mínimo bien-. Por ejemplo: La necesidad de medicinas es un bien para todos -común-; empero “cabezonamente” unos las derrochan, las acumulan o las tiran, sin ver que otros las necesitan. Así, para uno de esos que las derrocha supone algo de felicidad al mismo tiempo que excluye de ese sentimiento el que, por derrocharlas, otros quizás morirán por ello. Tan campante diría que es inocente cuando, en verdad, está haciendo un mal, un daño.

En Internet -ahora mismo- cientos difunden pornografía sin son, porque les gusta por vicio o porque negocian con el sexo; y no, no es eso lo más grave, sino que millones de niños conectan en ese medio de comunicación que ellos ya se los ofrecen vulnerado: sin escrúpulos algunos utilizan todos los correos electrónicos e, incluso, los nombres de intelectuales o famosos para llamar la atención. Sí, malas bestias tienen que ser al no considerar que uno de esos niños, víctima ya por la violencia, ya por la pornografía, podría ser uno de sus hijos.

Por lo tanto, los procedimientos injustificables de la felicidad poco deberían importar en su seudofunción de hacer el bien; lo que sí los procedimientos que conducen a que uno mismo y los demás obtengan un beneficio imprescindible que puede ser el reconocimiento de tal esfuerzo en quien lo realiza –para no negarle su dignidad-, la donación de lo que sobra, la colaboración o el apoyo a los que aclaran las cosas, la franqueza y la comprensión de las situaciones del “otro”. Aclarar, ofrecer, comprender y tolerar deberían ser pilares del que quiere ser feliz en el contexto del bien común. Porque, en la dirección contraria, uno caprichosamente siente infelicidad al no poseer un chalé, otro al no poseer aire acondicionado, otro al no poseer un campo de golf, otro porque no acepta o no tolera un defecto de su hermano (los hay que nunca reconocen los esfuerzos de sus padres o de sus hermanos, pero “pijamente” al momento les reprochan un mínimo defecto), otro porque trabajando no gana más dinero que el vecino, otro porque no quiere tener ninguna enfermedad, otro porque no posee dos coches, etc.

La base, la única base esencial del bien, es no negar la dignidad a nadie; pero demasiada dignidad para unos significará quitar o negar la dignidad debida a cada uno.

También, cualquiera tiene derecho a sentirse infeliz –pues, ¿no hay derecho a cualquier sentimiento, incluso al desamor si de verdad es así?- si no se le reconocen o se le valoran sus esfuerzos -de lo contrario, sería negarle su dignidad-,  si le han maltratado sus padres u otros, si ha sido explotado, si carece de comida para alimentarse, etc. Dejémonos de tonterías, un ser humano debe ser legal y consecuente consigo mismo, no encubrir que le han tratado mal, o que carece de algo imprescindible. Los psicólogos pueden apuntar esto con tinta muy bien visible, que se vea, que se vea qué es la realidad.