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La afinidad no tiene sexo Eva Barberà del Rosal
Opinar es un acto social, y por tanto me atrevería a decir que todos no tenemos los mismos gustos, de hecho diferimos en algo más que en lo básico.
La palabra “amor” es un concepto o término bastante aglutinante, digamos que engulle cada una de nuestras fibras con un efecto comunicador; porque ante todo el que ama enseña o aprende...
En toda imaginación existe un sueño, el de ser amado. Y para ser correspondido es necesario dar o darte para recibir también; pero antes se debe hacer hincapié en algo muy importante: los gustos, las aficiones, los criterios juzgados.
De hecho estamos unidos no todos por igual. Nos afecta el hecho de compartir algo, como puede ser el arte, el deporte, la subjetividad del sexo o incluso el mismo interés.
No podemos compaginar verdaderamente una relación sin que haya antes un vínculo afectivo como puede ser la amistad. Sin esta se deshace el encanto o el hechizo.
Amar no tiene sexo ni edad, es algo tan abstracto y tan natural; pero tener un deseo en común, anhelar una ilusión por igual... no es necesario pactar, no es necesario medir. Es una acción el sentir que “somos iguales” porque coincidimos. Es tan maravilloso, que no hace falta llegar al momento sexual para amarse, es en sí ya placentera esta sensación de plenitud mientras dura; donde no existe una valoración ni ninguna falsa etiqueta. Surge así porque no hay que demostrar nada a nadie. Ni el hombre y su condición ni la mujer ni su condición se ven sometidas a la pura fantasía de lo que hoy se llama en la sociedad sexismo.
Está claro que no somos iguales en el momento en el que nos gusta etiquetarnos como tales, que nos gusta asumir con gusto ese rol ensordecedor y que está tan saturado ya. Es una actitud arcaica y primitiva la de marcar la diferencia no en el gesto supremo, sino en todo aquello que concede poder y cómo no status, dejando a un lado por ejemplo la voz de la evolución y su desarrollo ejemplar.
En una sociedad donde haya una uniformidad, no una ambigüedad digamos.
Estos tabúes que hoy nos hacen estar más distanciados, porque no admitimos tampoco una igualdad, pero sí una unión de semejantes.
Es evidente que se unen los clanes por intereses comunes, que el ser humano es una criatura que necesita de los demás en el momento en que viene a este planeta.
Se puede pensar en que existen seres más fuertes que otros, pero todos necesitan de su condición social como gesto prioritario. No olvidemos que nadie está solo, por más que intente perderse en una isla.
La verdad es que dentro de todo este contexto se podría mencionar que donde existe una semejanza, sin tener que aludir al sexo exactamente, dos personas pueden amarse, pueden entregarse amistosamente, con un amor hacia el conocimiento en sí. Se busca de algún modo la liberación a través del conocimiento de uno mismo y del otro, es decir, yo necesito conocerme a mi mismo primero, inclusive quererme, amarme, una emoción que podría considerarse narcisista, y que concluye en la búsqueda de una imagen que concuerde con la tuya, más o menos.
Un punto de vista que sugeriría que el amor no es más que conocimiento, afinidad, una implicación entre el ser cuyo fin no es un fin sujeto a lo más decadente, pero sí suavizado en este caso por unas normas o reglas, estigmas o huellas que dejan paso a un individuo que no siente la agresión del temor característico de la ignorancia, un ser renovado, movido por un movimiento o cambio donde el nacimiento surge sin tiempo, un momento de caos que como siempre termina en la simbiosis con la teoría del enigma.