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LA MENTIRA PERFUMADA
por José Repiso Moyano

 

Si hay algo que motiva a una persona mínimamente coherente  y además sensible es el comprobar que, cierta parte de la sociedad, no reconoce la realidad -aunque no le guste- y sin reparos le da las espaldas, como si nada, indolentemente.
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A todos los efectos las injusticias sociales no caen del cielo,  y no son así por así, sino son creadas socialmente; cada uno de nosotros somos creadores de injusticias, por no reconocer algo, por impasividad, por patrocinar con nuestro voto electoral a quienes acumulan privilegios y consienten -porque lo consienten- que unos se mueran de hambre ante la contemplación de aquellos a los que les sobra demasiado.
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En España, la mentira de los políticos ha sido constantemente perdonada por la gente y ésta la ha aprendido, incluso la ha premiado, incluso la ha justificado en aras de que se conserven unos privilegios, para unos tan sólo.
El uso partidario de la lucha antiterrorista, el uso partidario de los medios de comunicación -para la mentira-, el eludir responsabilidades en el desastre del Yak-42 o del Prestige, la falta de consideración por las manifestaciones sociales, la adhesión a la intervención unilateral en Iraq -sin esperar la aprobación o la última resolución de la ONU-, el querer desacreditar o condenar a todo un partido o a un pacto político por la indecencia personal de Carod-Rovira con una ética de dos varas de medir, el amañar consecuciones electorales -como en la Asamblea de Madrid-, la justificación mísera de la especulación inmobiliaria o de una contratación laboral desahuciante e indigna para un progreso, atenta contra un mínimo sentido común; aún por poco que sea.
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En cualquier país el mayor esfuerzo político siempre está localizado en aquellas zonas más desfavorecidas y, si éstas resuelven sus necesidades extremas, eso infiere a un equilibrado progreso en general; y es meritorio.
En España estas zonas más desfavorecidas -Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía- han estado empujadas por unas políticas menos conservadoras y más arriesgadas para conseguir una dignidad ciudadana o unos derechos que han sido claramente postergados por el centralismo precedente; y es meritorio.
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Pero en España se apalea a la razón, se atiende al servilismo que inmoviliza las mentes o al seguidismo de no mirar más que las musarañas del poder; o también de patrimonializar el progreso para los que más rápido piensan -porque ellos están bien o le han convencido de ello- y pisotean.
Esto, ¿hasta cuándo?
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José REPISO MOYANO