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EGOÍSMO Y DESPRECIO  por José Repiso Moyano
 

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Todos estamos enmarcados en lo social, en la sociabilidad, somos una síntesis del hecho natural y social; por esto, tenemos dos "dimensiones" o fuerzas primordiales que mueven nuestro comportamiento: el ego -más general del que consideraba Freud, es decir ya junto al "ello" y "super-yo" y su condicionamiento social, su "predeterminación" a inhibirse socialmente.

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El ego es la fuerza del ser, del sujeto que interioriza -en el caso humano- la fuerza social, y en él prevalece un sentido de fijación de lo que acontece socialmente; no obstante, esta fijación la delibera atendiendo a lo que le va a proteger gracias a una elección o selección -necesaria- de defensas,  esto es, se decide a determinarse por un comportamiento  autoprotector.

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Como resultado el ego adquiere su propia personalidad,  pero su ansia autoprotectora le hace sentirse sempre "incompleto", en alerta de insuficiencia, en alerta de perder -o a sentirlo insuficiente- su sistema de interiorización -para el que sólo trabaja directamente su confianza o su psiquismo-.

Es decir su interiorización la presiente siempre incompleta y, en ello, aceza una "dimensión" devorante por experimentar y experimentarse; así se salvaguarda ininterrumpidamente, así también instintivamente preserva su territorio.

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Pero, en su acción, todo lo que fija con criterios de protección repercutirá de seguida en su modelización social; tanto si son fobias o paralogismos que subestimen al otro en su dignidad, ya que la fijación puede ser alineadora o atávica, cerrada.

No es vano decir que el ego exonera -o se inclina a hacerlo- del análisis y de la reflexión a las maneras que a él les va bien, que a él les han protegido privilegios -más allá de lo ético-, es decir lo que está con él le conduce al sentimiento de  aprecio; sin embargo lo que es lo demás le queda estructurado para la sospecha, para la alerta e, irremediablemente, para el desprecio.

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El desprecio es la raíz o la base de la crueldad; por él pasa la carencia de empatía, la incapacidad de aceptar soluciones comunes, la incomprensión de que el otro sea igual en  derechos, la justificación de un sistema desigualitario (1) y la inamovilidad de privilegios, la soberbia, la intolerancia, etc.

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Sale siempre inconscientemente, en cuanto el otro tiene otro gusto, en cuanto el otro tiene otra ideología, otra cultura, otra forma de amar; en cuanto el otro no reivindica lo mismo, no se somete a entregar hasta la última gota de sangre por una patria en concreto -y no de personas-; en cuanto el otro no obedece al amor por la fuerza, no calla la injusticia que él calla -porque le favorece de algún modo para su propia imagen o a la que representa- o no admite  el horror que él organiza.

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Y se desprecia principalmente porque no se vincula el pensamiento a una ética clara -no confusa o con varias varas de medir-, sino a prejuzgar según  por donde se  puedan salvar orgullos, caprichos  y obsesiones, venganzas patrióticas e ideológicas; porque no se vincula a no justificar privilegios económicos mientras que otros se mueren de hambre; en fin, porque no se quiere reconocer (2) que todos, absolutamente todos, tienen los mismos derechos como personas.

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(1) Siempre lo justifica en que es el menos malo, siendo

la justificación más miserable y cruel para preservar los

privilegios de unos cuantos con respecto a los demás.

Esta justificación es la más cómodamente aplicable a todo,

en ceguedad y cobardía.

(2) Políticamente no se reconoce porque no se asumen

responsabilidades ni el dejar a otros para que las alcancen,

ni siquiera tienen el honor de dimitir -quizás el honor se haya

perdido-.

NOTA.- La lucha antiterrorista no existirá ni ahora ni nunca

mientras se patrimonialice de forma partidista, se promuevan

guerras o secreciones sociales.

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José REPISO MOYANO