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EL CENTRO Y EL PRINCIPIO José REPISO MOYANO

 

 

En la escuela de Mileto se acuciaba la búsqueda del “principio último” porque ahí estaría la causa “eterna” de lo material. Por su parte, Parménides de Elea sostuvo que el ser es eterno, uno, continuo e inmóvil, pero algo material, algo derivado o propio de la naturaleza. Sin embargo, Platón fundamentó lo existente en Ideas luminosas que activadas como arquetipos sobre o en la naturaleza pueden ser alcanzadas por el intelecto o por la razón. Entonces, en ese sentido, prevaleció la tozuda polémica del monismo: la existencia de una sola sustancia (la de la materia o la del espíritu). La filosofía plotiniana se dirigía hacia el Uno consistente en la unión de las almas con Dios –ejerciendo, así, como núcleo de todas las cosas-. Por otra parte, para Spinoza es Dios el centro y la única conformación que, con sus atributos de “pensamiento” y “extensión”, se manifiesta.

Bien, al hilo, Aristarco irrumpió con el sistema heliocéntrico del mundo; Homero y Hesíodo dieron una antropomorfología a los dioses ya como representantes directos del destino del ser humano; aún más, acercándonos a nuestro tiempo, lo característico del pensamiento de Pascal se "fijaba" en el antropocentrismo –su creencia de que el ser humano se adecuaba a algo especial, a lo sutil divinizado, a lo más frágil con capacidad de “sentirse”-(1). La cuestión indefectible, pues, se aunaba en eso, en tal "obsesión": en la búsqueda de un origen, de un foco o llama que ilumina lo que existe, de una sola ontogenia de la cual todo depende, o sea, que cualquier cosa es emulativa o emulada a partir de ella o que es dirigida por ella.

De hecho, el equilibrio -lo que es o lo que conduce a que lo sea- significa repartición del centro, des-concentración, desaparición o tendencia a la desaparición del centro. El equilibrio, con claridad, de un contexto cualquiera supone, sí, la compensación por obligado de los entornos, de los extremos, para que sea posible -en realidad- la orientación del equilibrio como tal, el autotelismo inevitable de lo que ha de ser el equilibrio (2).
Entonces algo sigue -se deja equilibrar, "se proporciona" con respecto a "su situación"- a un orden, al orden ése de su contexto existencial por lo que, así, “su todo” le corresponde, circula funcionalmente eximido de su inercia y vinculado, a su vez,  a unas interacciones características de “su contexto”. Por supuesto, algo actúa análogo a “su contexto”: por una analogía de atribución, por una analogía de proporción y, además, por otra de proporcionalidad. Basado, claro, en “su consistencia directa” algo es análogo al equilibrio que le pertenece, que depara “su contexto”, por lo cual es correspondencia y, asimismo, ocupación de “su funcionalidad”.
Así pues, el centro tiende –es proclive- a dispersarse o a repartirse en lo complejo (se extiende), en lo continuado. El centro, sin duda, no puede ser activo aisladamente, sino que ha de ser inherentemente fluctuación, homogeneidad hacia los extremos (lo contrario de reducirse a su centro imaginario o intencionado o de inducirse a lo alejado). Digamos que cada principio en “circunspección” –en interacción mejor- es lo apriorístico, es decir, lo más directo a su continuidad o las interacciones más próximas o directas.

Por lo tanto, frente a la Teoría del Caos que determina un todo interaccionando sin más, habría que considerar las siguientes contradicciones: Decir que todo está interconectado con todo sería decir -de modo arriesgado- que todo está interaccionado con todo directamente, homogéneamente, y no es así; desde luego, porque ese todo como supuesto concepto generalizado no presenta una base racional al, por evidencia, carecer directamente de “su contexto” o de una delimitación – puesto que la razón, tal instrumento, es en esencia un delimitar-. Despejando errores, no, no es que ello no sea posible, sino que no está, sí, en un presente al alcance racional o argumentativo; en otras palabras, que no posee los suficientes elementos de “probación”. Teniendo en cuenta que cualquier interacción puede y sólo puede ser decisiva en virtud de unas circunstancias, de las más directas, de “sus circunstancias directas” que, en efecto, luego desencadenarán otras (pero esas primeras, las que sean, serán las que conseguirán o no el que sean decisivas, antes que nada).

De manera que la utilización del “todo generalizado” conduce no a la pormenorización, no a la especificación o a lo que es racional, sino a lo inexpresable o a la confusión dado que, igualmente, podría hablarse del todo del todo vinculado a ciclos diversos, o del todo que integra elementos desconocidos o inexistentes, o del todo ése que contiene aquello que nunca la razón en definitiva puede manejar o disponer.
Por ello, es precisa racionalmente una contextuación; de modo que se hable del “todo de algo”, esto es, que en verdad se atribuya a algo que existe o que ya está interaccionando existencialmente. Como ejemplo: existe el “todo de la Tierra” y, desde ahí, se reconoce “su equilibrio”, su interconexión contextual.

Sin restricción, también la sociedad adquiere “su funcionalidad de equilibrio” en la medida de que no se dirija nunca hacia una concentración. De sobra saben muchos políticos qué significa esto, pues la concentración o la centralización de cualquier poder político o de medios de comunicación implicaría paulatinamente la extinción de un modelo o de la necesaria referencia común o de una administración equitativa y de una información imparcial; también -lo que no debe quedar al margen-, la unificación o la acumulación de riquezas crearía sin remedio una servidumbre o una clara o evidente discriminación de los que carecen de recursos por los gobiernos o "sociedades" que eso defienden. Sobre todo porque, tales estereotipos administrativos o conformaciones de centralización, “ya conllevan” unas barreras de taxativas desigualdades, de realidades de desigualdad; y porque, incluso hipócritamente, atienden y atenderán –a pleno riesgo para todos- a una competitividad “injusta”: la que empuja desde los "sistemas" de los países más desarrollados (lo que hacen los que ahora poseen más armas lo harán los que luego posean más armas, o gastarán los recursos inútilmente por lograrlo).
Sin tapujos, la centralidad "ya" es injusta; mas fue, ¿cómo no?, injusta cuando se hizo, en cuanto que benefició -de una forma directa- a unos cuantos. Y para mayor error, desde la centralidad se pretende ahora crear principios de justicia; bueno, pero beneficiarán siempre a los que la han montado  o actúan "desde ella" para beneficiarse -lo reconozcan o no- prioritariamente, aunque por caridad o por “efectos colaterales” repercuta en algo a los demás.

Por ello, lo común, lo que sirve para todos -en el contexto total de los seres humanos- es, en efecto, lo des-centralizado: lo que se homogeniza, lo que de veras “se  extiende” como justicia o como equilibrio común, sin exclusiones. Sí, una política común remedia o "congenia" al mismo tiempo las necesidades personales y las sociales en tanto que dispensa –ofrece- los recursos eximiéndose de las crispaciones o de la “insolidaridad de fondo” que, en realidad, implica la formación de estructuras privilegiadas con un inexcusable pero inevitable sometimiento.

Sí, por supuesto, con el uso de los centros políticos o culturales, además, se imposibilitarían unas mismas “reglas de juego”, referencias comunes de trato o de convivencia válidas en la práctica para aquellos que no se encuentran en esos centros, por lo que se ven obligados –para sobrevivir- a competir con ellos, a emigrar hacia ellos o, en definitiva, a desequilibrar una situación mundial mientras se comprueba que aumentan cada vez más las diferencias entre los “elegidos” por esos centros y los que inevitablemente se encuentran alejados -excluidos por sus normas constitucionales- de ellos.

 

(1) Necesario sería aquí señalar la visión geocéntrica y teocéntrica de la Edad Media.
(2) Reflexiónese la correspondencia entre descompensación y desequilibrio, o entre desproporcionalidad y desequilibrio.